Dios y el hombre

El otro día iba en el tren camino de Bruselas desde Gante hablando con mi tío y una señora que está sentada junto a nosotros comienza a prestar atención y resulta que habla español, aunque mezcla palabras en inglés. La mujer se mete en la conversación y se queja de la mala calidad de la sanidad belga, sobre todo comparada con la americana y más concretamente con la sanidad pública norteamericana, que parece ser increíblemente buena y gratis, todo basándose en que a su hermana le han hecho dos operaciones en las manos. La hermana de dicha señora dio el pepinazo el día que se descubrió que el dispositivo que le habían puesto para no tener hijos era mala cosa y con el juicio y la indemnización correspondiente se pasó años sin trabajar, viviendo la vida hasta que se le acabó el dinero que le dieron. Ahora está en la más rotunda de las pobrezas, pero como la operan de gratis, sigue contenta. También está contenta porque en América se puede sacar dinero en esos juicios. En Europa hubiera sido pobre toda su vida, o la habrían dejado morir en el hospital. Parece que nuestros doctores europeos carecen de escrúpulos y practican el digno y sagrado oficio de matarifes.

La mujer nos cuenta todo esto en un trayecto de media hora. También le da tiempo a quejarse del sistema judicial belga, basado en la corrupción según ella. Parece que tiene un problema con alguien, aunque no me queda muy claro cual es el problema, solo que sus abogados son menos poderosos que los del otro y que por eso no podrá hacer nada. Está un poco amargada y resentida con el sistema. Sigo sin entender muy bien de qué va la cosa. De tanto en tanto nosotros lanzamos algo de información al ruedo y eso parece ponerle las pilas. Así sigue hablando y hablando, aprovechando para desahogarse. Nos cuenta que viaja a los Estados Unidos todos los años para ver a la familia y que consigue billetes muy baratos. Un montón de información en la que no estoy interesado pero que no puedo evitar recibir. Es mi sino el cruzarme con gente rara y cuanto antes lo asuma, mejor.

En un momento dado se sale del sendero marcado. Mete a Dios por medio y pasa a la Biblia, libro en el que está todo. Nos cuenta que las religiones tergiversan la verdad y la alteran, que el diablo está entre nosotros haciendo su trabajo y que tenemos que hacerle frente y luchar. Pone mucha vehemencia defendiendo esta tesis. Yo aún no entiendo como hemos podido pasar de hablar de juicios y médicos a filosofar sobre el bien y el mal. Imagino que me despisté en algún momento y ella metió el tema que realmente le interesaba. Esta nueva línea argumental no me agrada demasiado. Por suerte el tren está casi en la estación y ella reconoce que es testigo de Jehová, esa plaga que nos acosa, junto con la de los mormones. Yo me desentiendo de la señora completamente y me preparo para salir del tren mientras mi tío sigue rebatiéndole sus argumentos. De pequeño tenía un amigo que era testigo de esos y recuerdo que siempre que iba a su casa a jugar me endosaban una Biblia con dibujos. También recuerdo que su abuelo, que era el barbero que se encargó de mi cabezón hasta los quince años tenía Biblias semejantes en su barbería. Nunca entenderé estas religiones extrañas. Eso de que no te puedan hacer transfusiones de sangre me da mal rollo. También las reuniones en esos salones enormes en los que se juntan todas las semanas y lo que más mala espina me da son las salidas en manada de los domingos de todos los jóvenes de ese grupo religioso. Son de naturaleza endogámica y eso nunca es bueno. Recuerdo ver en la playa de las Canteras a mi amigo y su hermana, Rubén y Patricia se llamaban, amparados en la manada de los suyos. A veces nos saludábamos. A la barbería de su abuelo dejé de ir cuando le entró el tembleque en la mano. Me daba mal rollo que ese hombre me cortara el pelo con aquel meneíllo. ?l no parecía darle importancia pero en un año tuvo que cerrar porque quedó sin clientela.

Volviendo a la mujer, llegamos a la estación de Bruselas Zuid y salimos del tren. Vamos andando por la estación despellejando a aquella tipa cuando la vemos venir corriendo hacia nosotros para recordarnos que hemos de ser buenos y cambiarnos a su religión que es la única que nos permitirá la salvación. Giramos noventa grados y salimos a escape.

Una respuesta a “Dios y el hombre”

  1. Trabadas de esas desgraciadamente me las tropiezo a diario. Con respecto a las transfusiones de sangre si llegan a hacermela despues del parto no se donde estaria.

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