Dos días después

Dos días laborables gastados en el nuevo y fastuoso entorno en el que nos han metido en nuestra empresa y el odio por el ambiente del trabajo y el aislamiento ya han comenzado a proliferar. Ir de un edificio con despachos en todos lados, con gente que puede hablar, discutir, agruparse y dividirse como guste a otro en el que estamos en grupos de veinte personas, sin intimidad y apretados como sardinas en latas, ha sido traumático. Ahora, en todos los lugares predomina el ruido, las distracciones, el enfado y la productividad parece haber caído en picado. Entre los desarrolladores, los equipos que existían y que estaban muy unidos han desaparecido, ahora hay salas enormes en las que nadie habla, con gente frente a multitud de pantallas de ordenador y nadie desviando la vista de las mismas. No se quien fue el lerdo que se inventó lo de los espacios abiertos para trabajar pero no funcionan bien en todos los casos. Han logrado lo impensable, tanto mi jefa como yo nos ponemos auriculares, ella de pobre con cable y yo inalámbricos con Bluetooth y nos aislamos del resto. Mi teléfono descansa en modo de silencio perpetuo y ni lo miro, ni atiendo llamadas, con lo que me he subido a mi particular nube de Podcasts con los que genero el ruido que necesito para concentrarme y ni siquiera soy consciente del flujo constante de gente que viene y va porque el único e insuficiente baño de la planta está muy cerca. Por la tarde tiene pinta de baño de bareto de zona de marcha después de varias horas de uso, algo que se consigue con empleados pleistocénicos que parece que mean más por fuera que por dentro.

Por todo el edificio se ha extendido una capa de mal rollo, con toda la gente de mal humor, enfadada con la empresa y con los compañeros, forzada a convivir con otros, escuchar sus estupideces, sus paridas o sus súbitos cambios de humor y tras dos días, todos hemos comenzado a desarrollar un nuevo e increíble poder, el del ninguneo. Nadie te mira y a nadie ves. Ya le puede dar un infarto a un panoli en mi sala y yo seré el último en enterarme, probablemente hasta salte por encima de él si está tirado en el suelo y ni me plantee el ayudarlo, ya que va contra todas mis reglas perturbar su espacio. Los eventos gratuitos en los que regalaba conocimiento a terceros, esos en los que alguien me contaba un problema y yo lo solucionaba porque o conocía la respuesta o sabía quien la podía tener, han terminado. Al no hablar con otros, no hay atajos para sus traumas y unos cuantos ya lo han empezado a sentir. El reparto de comida también ha acabado. Entre las estúpidas reglas está el que no se puede comer en la sala, así que como yo usaba la comida como herramienta de interacción social, he cortado por lo sano con el asunto. Ahora, quien quiera comida, que aprenda a cocinar. Como siempre hay un equilibrio, mi vecino está flipando en colores con la lluvia de comida que les está cayendo, en forma de magdalenas, lacitos, galletas y suspiros.

Llama la atención también que los jefillos, los defensores de las oficinas abiertas y los grandes espacios ahora quieren que forren los enormes cristales que los separan con plásticos para aislarlos ya que quieren intimidad. Parece que no les gusta que todos vean que ellos también se pasan el día consultando y actualizando su página en el CaraCuloLibro. Hasta este momento, la lista de ventajas para no buscar un nuevo trabajo había pesado siempre más que la de inconvenientes pero parece que la balanza se ha igualado y está a punto de oscilar hacia el otro lado. Mi jefa lo sabe y me mira aterrorizada. Sabe que el día que decida que quiero irme, mi ángel de la guarda moverá hilos y encontraré algo inmediatamente, como ha sucedido en todas las ocasiones anteriores. Si tengo que pasar un tercio de mi tiempo diario en un lugar, espero que sea agradable.

En fin, que julio del año 2014 lo recordaré no solo por cumplir catorce años de mi vida en los Países Bajos sino por ser el año en el que me obligaron a trabajar en un entorno hostil.

5 respuesta a “Dos días después”

  1. La gente es la misma, pero hemos pasado de tener paredes y compañeros que pueden llevar contigo años en el mismo despacho a una sala común en la que tu espacio personal es, si descuentas el de la mesa, de unos dos metros cuadrados y a tu alrededor hay otras diecinueve personas. Yo estoy en el medio así que desde mi mesa veo a diez chamos, a mi lado hay una pava (la única de mi cuarto) y detrás de mí hay ocho chamos.

  2. en mi empresa paso lo mismo pero a lo bestia, tenian que meter 1600 personas mas sin construir o alquilar ningun edificio nuevo, asi que quitaron todo, paredes escritorios, etc. y de una oficina con 10 personas ahora somos 35, con escritorios en los que tienens gente delante, detras y a los lados, por lo que ocurre justo lo que dices tu, todos nos ponemos los auriculares y vivimos aislados de los demas, yo es que no soy social para nada, pero ahora es infimo el contacto que me apetece tener despues de estar apelotonados todo el dia…

  3. Que mal rollo…
    Esta es una de las muchas veces que uno se alegra de estar fuera de lo laboral, aunque signifique lo que significa… 🙁
    Salud

  4. Vaya tela con las modernidades y los espacios abiertos. Sólo hace que quieras aislarte todavía más. Qué pena de cabezas pensantes.

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