El barrio Chino y saliendo hacia Singapur

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

El día final en Bangkok y en Tailandia comenzó temprano. Como mi vuelo era por la tarde, había planeado hacer algo de turismo por la mañana y regresar al hotel para ducharme y dejar las mochilas en recepción y después buscar algún lugar agradable en las cercanías para pasar un par de horas antes de ir al aeropuerto. Pasé de desayunar y fui a la estación de metro de Sukhumvit, ya que usando este medio de transporte me quedaba directamente a la entrada del Barrio Chino, el cual era mi objetivo. La única línea de metro que tiene la ciudad es muy eficiente y resulta interesante si te quedas en Sukhumvit cerca de Asok porque así conectas fácilmente con el AirLink, el tren que lleva al aeropuerto. Yo iba en dirección opuesta, hasta la última parada, Hua Lamphong, la cual está al lado de la principal estación de tren de la ciudad.

Entré en el barrio chino y nada más llegar a la zona, te topas con el Wat Traimit, en el que está el Buda de oro o Phra Phuttha Maha Suwan Patimakon que es el nombre que sus amigos le dan en la intimidad cuando están hablando en truscolán. Este Buda es la estatua de oro macizo más grande del mundo, otro recordatorio de como las religiones van contra los hombres y son únicamente organizaciones criminales para apañar y robar a cara descubierta en el nombre de unos entes que ni existieron, ni existen, ni existirán jamás y que por tanto, no hacen nada por nosotros. Para ver la estatua hay que pagar y te intentan colocar también la entrada de una supuesta exposición que es una mierda del copón, así que espabila y elige solo la opción de ver el Buda de oro, el cual está en la planta alta de un templo de tres pisos, siendo los dos anteriores la susodicha exposición cutrísima y que vale casi dos leuros y medio. Se cree que esta estatua se hizo entre los siglos XIII y XIV (equis-palito-palito-palito y equis-palito-uve), aunque otros piensan que es más reciente. Lo interesante de esta figura es que en algún momento del pasado la cubrieron completamente con una capa gruesa de estuco que pintaron para que no la robaran y la gente se olvidó que existía. El templo en Ayutthaya en el que estaba quedó en las ruinas de un templo y cuando Bangkok se convirtió en capital, el rey ordenó que trajeran estatuas de Budas de templos abandonados para los nuevos templos de la ciudad y así llegó. Después la pusieron en uno cutre que no veas. En 1955, cuando la estaban moviendo a un nuevo edificio en el templo, las cuerdas se rompieron, se cayó y entonces descubrieron que debajo del estuco había oro. Removieron la capa y el Buda apareció en todo su esplendor de oro. La estatua mide unos tres metros de alto y tiene 5500 kilos de oro. Al parecer no se podían hacer vídeos en el interior pero yo me enteré después de hacer el mío, el cual está disponible en mi canal del llutuve. Tras la visita al templo, me adentré en el barrio chino, lleno de callejones peatonales con infinitas tiendas de morralla y productos falsos. Avancé más de un kilómetro por la calle Sampeng, estrechísima y petada de tiendas que en algunos casos son centenarias. La calle, más que para turistas, es una calle de tiendas para los locales y no me crucé con ningún extranjero. Los olores pueden ser agobiantes, las tiendas bloquean el camino y los toldos lo convierten en un tunel enorme y en el estrecho paso para los clientes hay que saltar de cuando en cuando y echarte a un lado cuando llegan mercancías en moto. Las tiendas están organizadas por temas y vas cruzando la sección de juguetes falsos, de zapatos falsos, de ropa falsa, de joyas falsas, de abalorios falsos, de remedios curativos seguramente mortales, de productos para comer que oscilan entre lo repugnante y lo asqueroso y similares. Al ser un sitio tan concurrido y estrecho, creo que me tomó como dos horas el andar el tramo que hice. Después callejeé un poco más por los alrededores y comencé el regreso al hotel.

Sobre las once y media de la mañana me duché, cogí mis cosas y a las doce las dejaba en la recepción. Después me fui al centro comercial Terminal 21 y entré a ver una película, 7500, supuestamente de terror y que no me sonaba de nada. Investigando después he descubierto que ni siquiera se ha estrenado en USA, únicamente en Tailandia. Tras la peli, almorcé/cené en plan encochinamiento en la mega-sección de comida de ese centro comercial y con la barriga inflada como un globo fui al hotel, recogí mis mochilas y enfilé hacia el aeropuerto. Para viajar a Singapur opté por primera vez en mi vida por Tigerair, compañía de bajo costo propiedad de las aerolíneas de Singapur. Por supuesto añadí el seguro de viaje y la elección de asiento ya que ambos incrementaban el precio en dos leuros únicamente (cuando compré el billete, que fue dos meses antes). Facturé, pasé el control de pasaporte y recogí mi contraseña para poder usar Internet, ya que en Tailandia por ley teóricamente solo te puedes conectar si tienes una tarjeta de residencia en el país. El avión llegó puntual y salimos en hora. El viaje hasta Singapur tomaba dos horas más una de diferencia horaria y vinimos aterrizando sobre las once de la noche. Pasé el control de pasaporte, recogí la mochila y me acerqué al mostrador de transporte para contratar un asiento en la guagua que lleva a los turistas a sus hoteles por unos cinco leuros y treinta céntimos. Los empleados me dijeron que por desgracia hay una oferta especial y me cobrarían la escandalosa cantidad de un leuro y setenta céntimos por el viaje. Pagué y al poco llegó la guagua, en la que solo íbamos dos pasajeros. Antes de la medianoche ya estaba en mi hotel, situado en el barrio de las putas y las putonas, aunque yo no vi ninguna por la calle. Una cosa que tiene Singapur es que los hoteles son los más caros del universo conocido y por conocer y para que os hagáis una idea, he pagado más por tres noches en esa ciudad que todo lo que gasté en los hoteles de Tailandia, que creo que fueron unas veinte tres noches.

El relato continúa en Paseando por Singapur

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