El día de la Galleria Borghese y un regreso algo accidentado

El relato comenzó en Llegando a Roma

El domingo comenzó con madrugón de escándalo. Tenía cita previa para la Galleria Borghese en el primer turno, ya que este museo solo se puede visitar si has apañado la visita previamente o tienes suerte y hay huecos disponibles en el momento en el que tú quieres ir. El domingo, en lugar de desayunar en el B&B, me dieron un cupón para comer en una cafetería cercana que abría a partir de las siete y antes de las ocho yo estaba allí sentado papeando. Después tomé el metro y fui hasta la parada de Spagna que no te lleva al país fundador de la Alianza de las inCivilizaciones del ex-presidente ZaPatazos sino a la zona en la que están las escalinatas. Desde allí avanzas por un túnel que te lleva hasta el parque en el que está la Galleria Borghese. Sobre las ocho y media estaba en el lugar y ya había unas cuantas personas. Recogí mi entrada y esperé haciendo fotos alrededor del edificio, sobre todo porque no te permiten entrar con cámaras en el museo. Este museo tiene además otra limitación, una de caracter temporal. Las entradas son en ciertos momentos del día y la duración de la visita está restringida a dos horas. No es un museo muy grande y se puede ver perfectamente en ese tiempo, además parándote un buen rato a disfrutar con los tesoros increíbles que tienen.

A lo que vamos todos allí es a llorar de pura felicidad con las cuatro obras maravillosas de Bernini que tienen. Apolo y Dafne, el rapto de Proserpina, David y la cabra Amaltea, son cada una una obra maestra. Mi favorita es Apolo y Dafne con gran diferencia. Si existe la perfección, debe pertenecer a la misma categoría que esa obra. Es fabulosa. En el lugar también está la pintura de Amor sacro y amor profano de Tiziano, autor con el que me volví a cruzar en Venecia. La Galleria Borghese es fabulosa y salí de allí flipando en colores. Regresé a la Piazza di Spagna, hice fotos por allí de día y después me fui en metro hasta la parada San Giovanni. Primero entré en la archibasílica de San Giovanni in Laterano, una auténtica pasada. Para llegar crucé por la Porta San Giovanni. Después seguí las Murallas Aurelianas hasta la Basilica di Santa Croce in Gerusalemme. Al parecer se construyó en el lugar en donde estaba el palacio de los emperadores Romanos y es una de las siete iglesias de la ciudad que tenían que visitar los peregrinos a pie (y en el mismo día).

Por supuestísimo, en esta basílica tienen trozos de la Vera Cruz, que fue la cruz que usaron para crucificar a uno de los ladrones que acompañaban a Cristo y también tienen la esponja empapada en vinagre, la corona de espinas, clavos y la famosa inscripción INRI. Por supuesto yo apuesto a que nada de esto es cierto. Bueno, regresé por donde mismo vine y seguí hacia la basílica de Santi Quattro Coronati. El lugar se ve antiguo y rústico y supone un descanso después de tanto lujo. Al salir regresé caminando a la pensión, recogí mi mochila y fui en metro a la estación de tren de Termini ya que mi vuelo de vuelta era por el aeropuerto de Fiumicino con EasyJet, compañía con la que volaba por primera vez. Perdí el tren por menos de diez segundos y tuve que esperar media hora hasta el siguiente y eso complicó un poco mi regreso ya que agotaba todo mi tiempo de seguridad. Al llegar al aeropuerto en el siguiente tren corrí como loco por pasillos y pasarelas hasta llegar a la terminal de costo bajo bajísimo que usan las aerolíneas baratas y me puse en la cola de seguridad, la cual era gigantesca y se paraba por las frecuentes peleas y dramas de la gente cuyos trolleys gigantescos no pasaban los controles y tenían que pagar. Algunas de esas personas o se merecen la paga de subnormal por estúpidas o un Oscar por sus interpretaciones. Cuando crucé al otro lado era más o menos la hora a la que comenzaba el embarque y corrí y corrí con las botas desabrochadas buscando mi puerta de salida. Llegué sin resuello cuando ya anunciaban la última llamada. Este era un vuelo con los asientos reservados y me senté en mi sitio. Cerca de mí había un grupo de italianos y entre ellos destacaba una pava de esas insoportables que merecen que la despescuecen. La tía era una marrullera que no veas y controlaba a todo su grupo a grito pelado. Además tenía el síndrome y antes de despegar ya chupaba como una desesperada de un cigarrillo de esos sin humo para los aviones. Daba pena y los estragos de la nicotina ya se empezaban a notar. La tipa se bajó varios de esos cigarrillos durante el vuelo. Se reía de uno de los chamos que viajaban con ella y al que al parecer calentaba pero yo y el resto del pasaje tenemos claro que si ese quiere mojar algo, mejor se pide una ración de chocolate con churros porque lo que es con esa no lo logrará, ya que la palabra calientapollas va acompañada de su foto en la wikipedia. Aterrizamos en hora y como no tenía equipaje facturado, salí directo a la estación de tren que está bajo el aeropuerto de Schiphol y tomé un tren para volver a casa. El último tramo lo hice en bici y así terminó mi escapada de cuarenta y ocho horas a Roma para ver los Museos Vaticanos y la Galleria Borghese. Tengo claro que regresaré a esa ciudad porque aún me queda un montón por ver.

5 opiniones en “El día de la Galleria Borghese y un regreso algo accidentado”

  1. Virtuditas, como repito todo el tiempo, para descansar me quedo en casa. Si voy a hacer turismo a algún lugar, lo rastreo al máximo.

  2. Ay qué ganas de ir a la Galería Borghese me han entrado al leerte. Me encanta Bernini y Apolo y Dafne es sublime.

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