El día que subí en dos ocasiones al cielo

Los grandes días de nuestra vida pueden comenzar de cualquier forma. Normalmente no los elegimos nosotros sino que son ellos los que llegan y se plantan afianzando sus raíces y haciendo que los recordemos por siempre. El día que todos recordaremos de este año comenzó despertándome a las seis y media de la mañana. Por ironías del destino, volvía a los Países Bajos desde Gran Canaria. A las siete y cuarto ya estaba en la cola de facturación, el único español entre ciento y pico neerlandeses. la chica que se encargó de mandar mi trolley hacia las cuevas insondables del aeropuerto me asignó un asiento en la penúltima fila y me confirmó que la tendría al completo para mi.

En el control de seguridad solo se hablaba de una cosa, de lo que sucedería esa noche. Nuestro avión llegó a la hora prevista y salimos con precisión digital. Me gusta sentarme en el lado izquierdo del avión para despedirme de mi isla. Veo el puerto de Taliarte, Melenara, Playa del Hombre, la casa de mis padres en la Garita, la playa de la Garita y justo allí los aviones giran y se adentran en el océano dejando en mi retina la imagen de la playa en la que paso tantas horas. Siempre siento que es en ese momento, cuando miro hacia abajo y un escalofrío me recuerda que aquí queda una parte de mi vida, es ahí cuando comienzo a desenredar un ovillo que tiene un fino hilo que me mantiene conectado a mi tierra aunque viva a más de tres mil kilómetros. Después me relajé y aproveché para ver los tres últimos episodios de la primera parte de la temporada final de Battlestar Galactica, una serie que para mí es sencillamente la mejor serie del mundo, la única que me he comprado y que no me canso de ver.

Hice una pausa cuando alcanzamos el sur de Portugal y el piloto nos avisó. Miras desde allá arriba y parece increíble que se pueda ver la forma de la península Ibérica, ese mapa que aprendimos a dibujar de pequeños. Ves los ríos y sus nombres te vienen a la memoria sin hacer esfuerzo aparente, aunque detrás hay años de recitarlos, memorizarlos y aprender la geografía de un país que algunos niegan.

La torre Eiffel jugaba a esconderse entre nubes cuando la saludamos y pronto estábamos descendiendo para tomar tierra en Eindhoven, tras pasar sobre Bélgica. La morriña que se activa al dejar atrás Gran Canaria siempre desaparece cuando veo esa tierra verde y maravillosa que es Holanda. Si además aterrizas y la temperatura es de veintiún grados, esto es lo más cercano al paraíso que puede estar cualquiera en este mundo.

En el aeropuerto tres aviones de Ryanair acompañaban al nuestro de Transavia. Las maletas salieron pronto, algo que siempre me ha gustado de estos aeródromos pequeños. Me acerqué a la parada de autobús y aproveché para hablar con Waiting y ver como iba a ser la cosa. Me dio un disgusto cuando me dijo que íbamos a ver el partido con el Enemigo y no me refiero al marico hechicero ese que tanto gusta de acosar y después hacerse la víctima inocente acusando a sus propias víctimas y lloriqueando para que los cuatro mamarrachos y pela-nabos que no saben de la historia ni el prólogo salten a defenderlo y justifiquen su acoso. No, por enemigo se entiende que hablamos de fans de Alemania que se sentarían con nosotros para ver el partido, compartir mesa y comida porque a tu enemigo ya se sabe que hay que tenerlo bien cerca y a los otros, a esos como el marico hechicero que te desea todo lo mejor siempre mientras busca la forma de clavarte el puñal, a esos despreciadlos, ninguneadlos y borrad su existencia de vuestras vidas.

Después de hablar con ella le llegó el turno a mi amigo el Rubio que me pedía que fuera a su casa para ver el partido con doce holandeses, que por descontado, iban por España porque aquí, en esta tierra, España está y estará siempre por encima de Alemania.

Llegué a mi casa, dejé el trolley, saqué los quince kilos de comida que traía, recogí mi bandera española, esa que todos y cada uno tenemos en nuestra casa y particularmente los que vivimos fuera y sentimos los colores de nuestra patria en el corazón y me puse una camiseta roja con el toro de Osborne, ese que hasta los extraterrestres saben a qué país identifica unívocamente y a lomos de la Vanilly, una de las dos bicicletas de segunda mano que dan el cante y que compré para poder dejarlas en el centro de la ciudad (la otra es la Milly) salí hacia la estación de tren. Allí enganché con el tren que me llevó hasta Amsterdam y después de una combinación de transporte público que llegaba con una puntualidad fantástica llegué a casa de Waiting. Ahora que lo pienso, en el mismo día volé, fui en autobús, tren, metro, tranvía y bicicleta. Todo un despliegue para alcanzar mi destino final.

Una vez en Amsterdam, desplegamos la bandera en la ventana para que todo el mundo sepa que allí se vivía la fiesta. Mientras llegaban el resto de integrantes de nuestra quinta, nos pusimos a preparar la comida con la que picotearíamos. Yo vine cargado con cosillas para hacer montaditos y en un rato los teníamos listos. Entre los asistentes estaba Miguel Pinto otro espíritu inquieto que deja a la gente asomarse a su mundo a través de una bitácora.

El enemigo, los alemanes, se sentían algo intimidados por nuestra bulla, por los gritos y el escándalo. Ellos son más silenciosos. Cuando comenzó el partido estábamos todos tensos, sobre todo con los diez primeros minutos. después llegó el gol de la victoria y la locura, la cual se pudo oír en varias manzanas porque si la casa no se hundió, fue por los fuertes cimientos que tiene, aunque os aseguro que esa casa hoy tiene al menos veinte centímetros menos de altura porque hemos saltado hasta tocar el cielo, un cielo de felicidad y alegría que nos unió a todos, españoles y hermanos de América. Después del gol vino el sufrir y rezar para que el partido llegara a su fin, gritar una y otra vez con todas esas oportunidades que no terminaban de cuajar y una vez llegó ese pitido que pedíamos a gritos hacia un árbitro al que acusamos de todos los crímenes del mundo llegó la fiesta, la celebración, la liberación de toda esa tensión acumulada.

Volví a casa en volandas, cruzándome con grupos que recorrían Amsterdam con banderas y pitas, gritando y jaleando el nombre de España. De regreso a mi casa, con la bandera como capa, atravesé Utrecht tropezando con grupos de despistados que volvían muy tarde a sus hogares y que al verme aplaudían y rendían honor a nuestra bandera. Ha sido un día larguísimo, de casi veinticuatro horas, hermoso como pocos, el día que todos juntos subimos al cielo.

6 opiniones en “El día que subí en dos ocasiones al cielo”

  1. OLE OLE Y OLE, QUE VIVA ESPA?A !!! Y de pana que creo si es verdad lo de los 20 cms jajajajaj HOY ME SIENTO MAS ALTA EN MI CASA, o será la alegría que me invade???

    El enemigo al final durmió en mi casa, la resaca era muy fuerte, jejejeje!!!! Besos.

  2. Yo no tenía bandera, pero en el curro me han sorprendido esta mañana poniéndome una en mi monitor durante un momento de ausencia… es lo bueno que tiene ser el único español de la oficina 🙂

  3. Waiting, gracias a ustedes. No me puedo creer que aquellos se quedaran allí. Sí que se lo tomaron mal los teutones.

    Pintor, yo también soy el único español de mi empresa en los cuarteles generales. Mañana lo cuento pero puedo anticipar que ha sido increíble. Hoy me han estado abrazando todo el día.

  4. Te he leido en el blog de nuestra común amiga waiting y tuve la impresión de que escribirías una entrada interesante, no me equivoqué, como consecuencia, te meteré en el reader porque he disfrutado un montón leyéndote,  y no pude evitar descojonarme imaginándote con la bandera con el toro,  por medio de la ciudad…jajajajaLos Canarios sois la releche…¡ Bien! jajajaSalud

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