El malaje

No creo haber contado lo que sucedió el primer día que la Dolorsi fue conmigo a Hilversum pero si lo he hecho, entonces has tenido mala suerte porque es de lo que voy a hablar hoy. Sucedió en Diciembre del año pasado. La Dolorsi me la habían entregado el día anterior, un miércoles y yo la tenía como a una reina, limpia como el oro y reluciente. Por la mañana salimos de casa con tiempo para ir a la estación porque no sabía el tiempo que me tomaría con la nueva bicicleta ya que estaba acostumbrado a la Macarena y su velocidad única. La cosa fue mejor de lo esperado y llegué en menos tiempo, gracias sobre todo a las siete velocidades que me permitían aprovechar mejor el esfuerzo mecánico.

Ya en la estación me dirigí al andén número 1, desde el que salen los trenes para Hilversum y me quedé esperando cerca del lugar en el que sé que para un vagón con entrada para bicicleta. Recogí a la Dolorsi para no perder tiempo y según vi que llegaba el tren tomé posición cerca de las vías. A mi lado se presentó una soplapollas rubia con un carcamal enorme y mal cuidado que pretendía meter en el tren. Teóricamente no se pueden llevar esas mierdas antes de las nueve de la mañana ni de cuatro a seis, solo pueden viajar fuera de horas puntas o en fines de semana. Es una forma de evitar que cuando los trenes van más llenos las salidas estén bloqueadas con bicicletas, solo se permiten las que se pueden doblar, como la Dolorsi. Nuestro tren partía a las 8.58 así que en principio lo que aquella zorra zarrapastrosa iba a hacer es un delito y puede ser penado por multa. No sería la primera vez que un revisor expulsa a alguien del tren por ello.

Entré y mientras subía noté que la gilipollas con bici estaba metiendo la rueda de su bicicleta entre los radios de la mía sin importarle un carajo. Me paré, la miré, bloqueé el paso de todo el mundo y hasta que no la retiró no continué andando. Me coloqué en la zona reservada para nosotros, un rincón con asientos abatibles. A mi lado se sentó una joven y la tiparraca que entró el carcamal lo largó sobre la puerta del otro lado del vagón y se marchó a desayunar dejando su bici allí. Según arrancó el tren y comenzó a cambiar de vía aquel armatoste se fue al suelo, golpeando a una señora y casi rozando mi bicicleta. La zorra de su propietaria vino tranquilamente, la levantó sin disculparse con la señora, la colocó en el mismo sitio y se marchó. Al llegar a la primera parada el tren se detiene del lado en el que ella había bloqueado la puerta. Nadie movió su bicicleta y la guarra asquerosa no estaba allí. Uno pulsó el botón para abrir la puerta y esta comenzó a deslizarse arrastrando la bici hacia afuera. En ese momento la vimos venir corriendo y muy molesta porque la gente no quitaba su asquerosa bicicleta, la cogió de mala hostia y la empotró entre la chica que estaba a mi lado y yo, manchándole a esta chica los pantalones y no diciendo nada. Se marchó tan contenta.

A partir de ese momento tenemos diez minutos hasta la siguiente parada, que es en Hilversum Sportpark, el lugar en donde está la sede corporativa de Nike en Europa. Aproveché que estaba bien pegado a su bicicleta para sigilosamente alcanzar los tapones, aflojarlos y soltarles el pitote. Las ruedas comenzaron a perder aire suavemente, algo muy sutil, que tomaría un cuarto de hora o veinte minutos en manifestarse. Se lo hice en ambas ruedas. Era un regalo a posteriori, uno de esos que no tendrás el placer de ver la cara de quien lo recibe pero que seguro que ella sabe quien se lo ha hecho.

Al llegar a la siguiente parada se bajó. Fue una pena porque si hubiera seguido hasta Hilversum Centraal la habría seguido con la Dolorsi para ver su rabia cuando se quedaba tirada y tenía que seguir a patita. Al salir vino de nuevo a lo bruto para arrancar su bicicleta del lugar en el que la había largado pero esta vez estuve más listo y fui yo quien le arreé una patada disculpándome inocentemente mientras la miraba a los ojos y la obligaba a bajar la vista y tragarse su queja. Funcionó y no dijo nada. Se marchó y estoy seguro que cinco minutos más tarde se iba a encontrar con la sorpresa y sabría quien se lo había hecho.

Dudo mucho que esa zorra aprenda la lección pero al menos esta vez recibió un pequeño castigo y no se fue de rositas y la Dolorsi vio que quien le hace algo, lo paga.

5 opiniones en “El malaje”

Comentarios cerrados.