El Primer Avistamiento primaveral

El momento en el que para mí se declara abierta la temporada de la primavera es el día del Primer Avistamiento. Es en ese instante supremo cuando todo mi ser y gran parte de mi espíritu se percata de la vuelta del espíritu primaveral, del retorno de la Luz, los mosquitos y las cosas aún más buenas que tiene la vida. Aquellos capaces de usar el buscador de esta bitácora seguro que podrán encontrar esas anotaciones y aquellos que llevan años leyendo las boberías que escribo saben que siempre va de lo mismo, que alguien tan modesto y sencillo como yo no se complica demasiado ni se preocupa por repetirse cada temporada. Sé que el 90% de los lectores suelen llevar menos de un año por estas tierras y también sé que muy pocos de ellos son capaces de escarbar entre miles y miles de palabras así que volvamos a recorrer el círculo y narrar el Primer Avistamiento.

Este año en que estamos batiendo todos los récords en cuanto a temperaturas hemos comenzado mucho antes de tiempo. Con más de veinticinco grados anunciados para el pasado fin de semana estaba claro que iba a pasar el sábado y el domingo tirado en la calle. Para el domingo organicé una sesión turística intensiva con un americano que después de pasar tres semanas en el país solo había visto Amsterdam. Igual hablo un día de estos de la odisea de ese día porque es como para contarla. El sábado me levanté peleón y salté directo a mi jardín a arreglar las plantas y darles unos cuidados básicos. He terminado por aficionarme a esto de recorrer mis dominios con las tijeras de podar, los guantes y buscar malas hierbas y arrancarlas de cuajo. Es una actividad relajante. Este año estoy viendo como todo crece día a día, controlo mis tulipanes, jacintos, hortensias, margaritas, perejil, cilantro y los veo como avanzan día a día tratando de alcanzar el cielo. Aproveché también para hacer unas cuantas fotos y ya sabéis lo que sucede, sea en mi casa o en el Keukenhof es siempre un escándalo. Mi vecino no se lo podía creer cuando sale y me encuentra tirado en el suelo, con trípode, cámara, objetivos y demás tratando de conseguir una foto decente. El hombre me miraba con curiosidad mientras ponía aire en los neumáticos de sus bicicletas lo cual me recordó que mi amigo El chino tenía mi fuelle. Lo llamé y pasé por su casa a buscarlo. Como siempre tenía todas las persianas y cortinas bajas, según él para que el calor no entre en la casa. Se ha trabajado a pulso lo de friki y en el barrio lo miran con recelo. Entre el cabezón que se gasta y que parece que tiene algo que ocultar a la gente no le hace mucha gracia. Yo colaboro esparciendo rumores sobre el colega y extendiendo su leyenda, algo que los asiduos ya conocen.

Después del mediodía la temperatura era de veintipico grados y le puse aire a las ruedas de mi bicicleta de montaña, la cual llevaba desde finales del verano esperando que volviera a sus brazos. Esta bicicleta es la Poderosa o De Machtige y surca los caminos rauda y veloz con una elegancia solo menoscabada por la oronda figura que la cabalga. Una vez estaba preparada cogí mi GPS, el mapa de bicicletas del Suroeste de Utrecht, la mochila de la cámara y algo de agua y me puse en ruta. Ese día hice cuarenta y cuatro kilómetros y pasé por Houten, corrí varios kilómetros junto al Amsterdam-Rijnkanaal que es uno de los pedazos en los que se divide el río Rin al entrar en Holanda, pasé junto a ‘t Goy, Wijk bij Duurstede y en la vuelta por Cothen, Odijk y Bunnik.

Fue en el regreso y recuerdo perfectamente que estaba en Langbroeker Dijk admirando las fastuosas residencias que lo jalonan y haciendo fotos de todas ellas. En el mapa las señalan como castillos pero para mí son más bien mansiones. Así y todo hay que reconocer que el lugar es idílico, los mosquitos son como abejas y mientras respiras puedes oler la mierda de las vacas y esa naturaleza que no ha llegado a dormirse porque no hemos tenido un invierno apropiado. Iba feliz y dichoso cuando a lo lejos veo un punto negro que fue creciendo poco a poco, una de esas bicicletas holandesas sin marchas, contrapedales y muy altas que suelen comprar las ancianas. Al acercarse el punto negro se convirtió en una mezcla de negros y blancos, con un blanco inmaculado que se meneaba y que deduje serían sus piernas. Efectivamente, al poco podía ver que lucía unas piernas infinitas y lavadas con blanco nuclear que impulsaban toda aquella masa sin esfuerzo aparente. Cuando estaba cerca vi que mientras pedaleaba iba erguida y hablando por su teléfono móvil con una mano y sosteniendo un cigarro en la otra, el típico alarde holandés de excelencia en la conducción de bicicletas. Era rubia, con una melena larga y de pelo lacio que corría detrás de ella acariciada por el viento y dejaba ver unas orejas saltonas. Sus uñas no estaban pintadas y sus brazos eran tan blancos como sus piernas. Llevaba una blusa celeste y bastante etérea que al ser presionada contra el cuerpo revelaba unas tetas pequeñas, del tamaño de flaneras individuales y con unos pezones bien marcados. Más abajo se podía ver su ombligo que asomaba desafiante y blanco.

No sé si a lo que cubría la parte inferior lo podemos llamar minifalda aunque atendiendo a la definición de nuestro espléndido diccionario sí que lo era, ya que parecía ser una falda corta que quedaba muy muy por encima de las rodillas. En realidad estaba tan por encima que no lograba tapar aquello que supuestamente protegía, la flor, el potorro, la pipilla o como queráis llamarla. Las piernas se movían y con tanto sube y baja allí se le veía todo a través de unas minúsculas bragas que querían pero no podían ofrecer la protección debida. Yo derivé hacia el centro de la carretera para hacer una pasada rasante y mi vista y todos y cada uno de mis otros sentidos se concentraron en aquel bodegón espléndido, aquella oferta de carne fresca con la que la madre naturaleza anunciaba la llegada de una nueva estación. La chica me vio y fue perfectamente consciente de la dirección de mi mirada pero con ambas manos ocupadas y pedaleando como iba no pudo hacer nada por evitarlo y se limitó a lanzarme una mirada de odio infinito de la que ni siquiera fui consciente porque no era precisamente su cara la que me interesaba en ese momento en que en mis oídos sonaba la canción con la que abre el juego Kingdom Hearts y que es la música que escucho en esas situaciones majestuosas.

Fue cosa de unos pocos segundos, los suficientes para recordar que la primavera de este 2007 comenzó en algún lugar perdido y cuando pasó tuve que pararme a coger aire y dar gracias al gran Dios por permitirme año tras año ser testigo de estas cosas.

4 opiniones en “El Primer Avistamiento primaveral”

  1. Pues no se la causa de la cara de odio con que te miró, si vas con el chichi prácticamente al aire en bicicleta no te extrañe que te lo miren , vamos, digo yo…

  2. Jajaj…ahora entiendo porque los chicos holandeses se revolucionan con lo de la primavera y siempre dejan muy claro que eso supone la entrada en acción de las minifaldas. Lo remarcan con tal insistencia que se me hacía raro..ahora se han despejado mis dudas. 😛

  3. Virtuditas, yo pienso como tú. Si no quieres que te miren el membrillo, tápatelo.

    Life’s traveller, hay bares que tienen terrazas estratégicamente situadas junto a carriles bici en los que te sientas para ver esos chochos al sol y en mi antigua calle en Hilversum, en la Havenstraat, los días calurosos que llovía por la tarde, todos los vecinos nos poníamos en la calle para ver las tías apuradísimas porque se estaban mojando y sin pararse a proteger la Flor.

    Para vosotras también hay materia. Una vez vi pasar un tío en bici con pantalones cortos y unos huevos como campanas que le colgaban por un lado. Lo flipamos con el colega.

  4. Me pregunto que haces leyendo los archivos. Esto lleva mes y medio publicado.

    Off-topic: Aprovecho este comentario para anunciaros que ya voy camino de Roma, la Ciudad Eterna, la reina de las Ruinas, la capital del Imperio Romano y todo eso. Que no cunda el pánico, cada día habrá´dos instantes memorables como suele ser habitual, uno por la mañana y otro por la noche.

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