El regreso a España en Navidades

No hay peor viaje que el de las Navidades. Comienza un montón de meses antes, rastreando las páginas de todas las líneas aéreas sin parar buscando un billete a buen precio, algo que no sucede. Este año, al final resultó que lIberia Esprés eran los que ofrecían las mejores tarifas, pasando por Mandril, aeropuerto que detesto un poco menos que el de la capital de truscoluña pero que aún así no me mola nada. Con el billete comprado, en los siguientes meses comenzó el baile de vuelos. Prácticamente todas las semanas me llegaba un correo informándome de un cambio de programación, con la salida de mi primer vuelo oscilando una hora arriba y abajo y lo mismo con el segundo. En un punto determinado la cosa llegó a estar tan mal que de la hora y media de tránsito en Mandril pasé a tener quince minutos, algo imposible en ese aeropuerto diseñado por un lerdo que jamás ha sabido cual es el uso de los edificios que la gente llama aeropuertos. En paralelo a este drama y en las últimas semanas, mi hermana me dijo que comprara un par de cosas  y no entraban en mi maleta porque la caja de una de ellas es gigantesca. Por supuesto, siempre me queda la opción de la maleta Samsonite que me traje a Holanda en el 2000, pero ese mastodonte pesa casi siete kilos y es del tamaño de una portería de hockey. Comencé a preguntar y todo el mundo midió sus maletas y nadie tenía nada de las dimensiones necesarias. En una de las tiendas de cosas baratas vi una maleta que probablemente se desencaje después de uno o dos vuelos pero que costaba veinte leuros y me la compré para este viaje. Después la vida siguió, acaparé con las cosillas que iba a llevar conmigo, que fui poniendo en el suelo de la planta baja para introducirlas todas rápidamente y dos días antes y por la mágica Internet pedí un taxi para recogerme en mi puerta y llevarme al aeropuerto. Una vez, en mi inocencia, se me ocurrió mirar las tarifas de la compañía esa que monta tanto barullo. Resultó que con Uvher, el viaje me costaba noventa y nueve leuros, con la principal compañía de la ciudad me costaba cuarenta y nueve y pidiéndolo por internet, cuarenta y dos. Que alguien me explique el modelo de negocio de latrocinio de estos tíos porque yo no lo capto, aunque tampoco entiendo por qué un estúpido retardado puede entrar a un Starfak a tomarse un café malo a precio de mamada o peor aún, un pedante retardado presume de tomar bebidas refrescantes sin azúcar y después te lo topas con un Fapuchino en las manos, bebida que contiene al menos ciento veinte gramos de azúcar o el equivalente a cuatro latas de la Cola de los anuncios navideños. En fin, que el día previo a mi marcha y tras regresar a casa después de ver por cuarta vez STAR WARS, me hice unos pannenkoeken, los recubrí con plástico de cocina y por la mañana a las cuatro, tras ducharme y afeitarme, me los desayuné con un capuchino casero, hecho con mi increíble cafetera Moka Express. A las cinco menos un minuto llegaba el taxista y me llevaba al aeropuerto en poco más de media hora. 

lIberia Express es la única que parece no estar conectada a los máquinas de emitir tarjetas de embarque así que fui a un mostrador, dejé mi maleta y me informaron que por meneos circunstanciales y por la imposibilidad física y metafísica de hacer la conexión en el aeropuerto de Mandril por falta de tiempo, me habían cambiado el segundo vuelo a otro que salía una hora más tarde, con lo que tendría una hora y quince minutos de conexión, algo que yo agradecí. Después pasé el control de seguridad, mucho más petado que en otras ocasiones, compré algo en la tienda del aeropuerto con un bono de diez leuros que me regaló el Turco y busqué mi puerta de embarque. Entré básicamente el primero después de los de clase delantera y me senté a esperar al resto. Al parecer hay licencia para cargar ilimitada en navidades y la gente entraba en el avión como gitanos, cargados con bolsos y más bolsos. Obviametne el espacio es limitado y pronto se llenó. Despegamos con diez minutos de retraso y salimos para Mandril a donde llegamos más o menos en hora, aunque después y gracias a los diez minutos que nos tomó en llegar hasta la pasarela para salir, algunos esaban al borde de un ataque de diarrea. En el rato que tenía, fui por el macdonal de la terminal a tomarme un café, ya que ese restarurante tiene los precios más baratos del universo conocido. Después entré en un baño a echarme una meada y tengo que decir y digo que me cago en la puta que parió a los arquitectos de ese aeropuerto y en los servicios de limpieza. Siendo positivo, supongo que limpian cada uno de esos cuartos infectados una vez a la semana. Los baños los diseñó un totorota, con una configuración que tiene CUATRO lavamanos, DOS meaderos y DOS cagaderos. En los meaderos, no pusieron un sistema de cisternas automático y el hedor es insorportable. En los baños, lo normal es que rebosen mierda y en los lavamanos, nunca hay nadie. Este año volveré a votar por Mandril como el peor aeropuerto de Europa. Después busqué mi puerta de embarque y me senté a esperar. 

Entré en uno de los primeros grupos. El avión estaba aún más petado que el anterior y aquí las bolsas eran gigantescas. Nos pidieron que pusiésemos nuestros abrigos en el suelo y eso hice, algo que lamentaré toda mi vida. El avión despegó con un poco de retraso y seguramente un exceso de peso y enfilamos para las Canarias. Después de aterrizar en Gran Canaria, cogí mis cosas, salí y cuando estaba ya fuera del avión, me palmeé la chaqueta y descubrí que tanto mi tarjeta de embarque como mi pasaporte se habían caído. No me dejaron entrar al avión y la azafata me dijo que allí no estaba.  Esto es lógica de tontos, ¿cómo coño sé yo cual es mi asiento sin tener una tarjeta de embarque y como pasé el control de seguridad a la entrada? Hasta un lerdo truscolán seguro que sabe que para ello, tuve que entrar con ambos documentos conmigos y si no los tenía a la salida, está claro en donde se quedaron. Me dieron un teléfono para llamar y con mi maleta, cogí un taxi y me fui a la casa de mi madre. Llamé dieciseis veces durante la tarde y nunca cogieron el teléfono o daba comunicando. Al día siguiente por la mañana, en mi segundo intento, alguien lo cogió y me confirmaron que tenían mi pasaporte. Cuando lo pasé a buscar esa tarde, el teléfono estaba descolgado. Obviamente, tiene sentido que un número al que se llama para pedir información no esté disponible porque los empleados a los que se les paga para atenderlo prefieran pasar el tiempo charlando entre ellos. 

Así fue el viaje de ida a Gran Canaria navideño. He hecho algún video espeluznante que veremos en otra ocasión

3 respuesta a “El regreso a España en Navidades”

  1. Lo del aeropuerto ese de mierda es vergonzoso, los servicios se deterioran porque han echado a un montón de personal en todas partes y pretenden que los que quedan hagan el mismo trabajo por un sueldo mierdoso, así que la venganza es constante… 🙁
    Pensé que te quedarías hasta el 1 ó 2 pero claro el curro manda… 🙁
    Salud

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