El tuerto que nos miró

Mi amigo El Rubio y un servidor tenemos un montón de cosas en común. Nos adoramos mutuamente, algo bueno ya que somos más-mejores amigos y siempre es bueno que haya una lealtad infinita y sin condiciones, nos gusta patinar sobre hielo, disfrutamos como bellacos con una buena sesión de cerveza, tenemos un sentido del humor similar y debíamos estar junto el día que nos miró un tuerto. Está claro que íbamos juntos porque si no, no hay explicación posible para que entre ambos sumemos más de veinticinco reorganizaciones de nuestras respectivas compañías a las que hemos sobrevivido. Al igual que un servidor, él también es favorito en cada nueva ronda y siempre se salva. Hoy teníamos en mi empresa la ejecución de la última en la que he estado involucrado y como siempre, era favorito.

Puede resultar increíble pero estas cosas son tan normales que ya ni merecen un comentario en nuestras conversaciones diarias y por no afectarme, no pierdo un solo minuto de sueño pensando sí estaré en la quiniela de los ganadores. Si no es porque mi jefa me lo recordó el lunes, yo hubiera hecho un montón de magdalenas para regalar a la gente de la planta baja del edificio pero ella me dijo que quizás lo debía dejar para otro día ya que el martes sería el del drama y tal y tal. Complicando aún más las cosas, ese día estaba prevista una tormenta de nieve en todo el país y todos los empleados debíamos ir a la oficina como pudiésemos. Desde el lunes por la noche sabía que salía un único tren cada media hora a Hilversum pero por suerte es el que yo cojo y lo que hice fue apurar con las abluciones mañaneras y salir para la estación con tiempo ya que un manto de unos tres o cuatro centímetros de nieve puede frenar bastante. Llegué a la estación con diez minutos de adelanto sobre la hora prevista, me senté en el tren a esperar a que saliésemos y va el conductor y llega tarde y terminamos con un cuarto de hora de retraso. Al llegar a Hilversum recorrí las calles de la ciudad con cuidado y sin llevar la mochila ya que el día anterior había llevado una enorme a la oficina para cargarla con mis cosas.

Llegué al trabajo y en cinco minutos había preparado la mochila con todo lo mío ya que yo soy de los que piensan que si te echan, cada segundo cuenta y no quiero perderlos allí. Mi correo de despedida ya estaba escrito, un texto espectacular que se merece una música de John Williams con el que espero arrancar lágrimas hasta a los cocodrilos de la compañía. En mi mochila puse las cosas que quiero llevarme incluyendo mi enorme M&M rojo, al cual le tengo un montón de cariño ya que ha formado parte de la familia al menos cinco años. En un día de despidos yo soy la persona más atareada del edificio ya que me encargo de la coordinación. En mi monitor principal tenía ventanas para chatear con unas ocho personas que me mantenían informado de lo que sucedía. En la recepción, en desarrollo, en ventas, en logística, en soporte técnico o en mi zona, los distintos informadores iban mandando sus informes según iban sucediendo las noticias y detrás de mí, pegado a la pared tenía el organigrama de toda la empresa en el que iba apuntando los cambios según sucedían. Desde las nueve hasta las once y cuarto la información volaba y la lista de los caídos iba creciendo. Acerté un ochenta por ciento de los nombres que había pronosticado lo cual no está nada mal. La gente se pasaba por mi sitio a pedir información y alucinaban cuando veían mi red funcionando en tiempo real, con mensajes llegando a las diferentes ventanas, con la información replicada usando correo electrónico, programas de mensajería y el iMessage de los iPhone. Finalmente el último nombre fue confirmado y en eso aparece un vicepresidente y yo pienso ya era hora ahora me toca a mí y me voy a levantar para darle un abrazo de pura felicidad porque por fin me echan a la puta calle y va el hombre y me da un disgusto tremendo cuando se limita a decirnos que a las dos de la tarde tenemos reunión de departamento para hablar sobre el tema y responder a preguntas.

Me fui a caminar con el Moreno, otro de los que han sobrevivido y que tiene más mérito porque en su departamento han finiquitado al cincuenta por ciento de la gente, incluyendo al hijoputa de su jefe, un tío que me caía fatal y que espero que no encuentre trabajo ni chupando pollas de leprosos que se le deshagan en la boca. Por el edificio corre el rumor que lo mío es algo que deberían estudiar ya que a esa verdad absoluta de que las cucarachas sobreviven a una bomba atómica hay que añadir que el Elegido sobrevive a todas las reorganizaciones que le echan por delante y como no me vaya de la empresa voluntariamente, es que no hay manera. El disgusto por no estar entre los seleccionados fue tan grande que le dije a mi jefa que yo me iba según acabara la reunión y me piraba al cine y así procuré echar miradas asesinas a los que querían hacer muchas preguntas y alargar la sesión de preguntas más de una hora. A las tres en punto dejaba el complejo de edificios, cruzaba con exquisito cuidado las calles nevadas de Hilversum y procuraba no hostiarme con los ocho o nueve centímetros de nieve.

En el tren aproveché para informar a los amigos y conocidos de la luctuosa noticia y una vez en Utrecht, me acerqué al cine y me fui a ver Gangster Squad para olvidar el disgusto. En fin, que tendré que seguir trabajando para que otros vivan de mí.

10 opiniones en “El tuerto que nos miró”

  1. Hoy me acordé de ti y como te iria con la bici por la nieve porque en las noticias de la tele salió tu zona completamente nevada…
    Por lo demás, te acompaño en el sentimiento por haber sobrevivido a la guillotina de los despidos, otra vez será, de momento a seguir currando…
    Salud

  2. Que mala suerte.
    Vas a tener que ir pegando tobitas a los jefes y vacilandoles a ver si de una vez se misquean contigo y te echana a la puta calle.

  3. Bueno aplicando el viejo dicho de sabiduría popular “Lo que sucede conviene” espero que te vaya bien en la empresa. Aunqe de vez en cuando a uno le apetezca cambiar, con la que está cayendo mejor estar a cubierto por un tiempo.

  4. Genín, soy un maestro del ciclismo sobre hielo y nieve.

    Montse, jamás me he mordido la lengua porque es venenosa y seguro que muero. No creo que haya un solo jefe aquí dentro que no tenga claro lo que pienso de él. Incluso al que me cae mal se lo he soltado a la cara y sabe que si tuviera un coche en lugar de la bici, ya lo habría atropellado y rematado.

    Luis, me van a tener que hacer un exorcismo porque no hay manera de echarme de aquí, soy como un fantasma pegado al edificio.

  5. que te hagan copia de la llave porque me parece a mi que te van a encargar a ti solito que eches el cierre final.

  6. Me ha encantado el comentario de tu cuñado, totalmente de acuerdo!!
    Entonces que? vuelas a Bali? (lo digo por tus excedentes monetarios, que tampoco procede morir siendo el más rico del cementerio)…

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