Elephants World

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

Aunque podía haber ido a visitar algún santuario de elefantes en Chiang Mai, a sugerencia de mi amigo el Rubio decidí posponer esa actividad hasta mi paso por Kanchanaburi. Él había estado allí el año anterior con su mujer y las tres unidades pequeñas y todos habían flipado en colores con Elephants World y me había pedido y rogado que fuera a ese lugar, que más que un parque es una especie de asilo para elefantes que han tenido una vida muy puta y que al hacerse viejos sus dueños se quieren deshacer de ellos.

En Tailandia, los elefantes siempre han trabajado con los hombres. Ya hace un tiempo que se prohibió totalmente el uso de elefantes como animales de carga y para arrancar árboles y muchos de ellos fueron reconvertidos en animales para mendigar o para dar paseos a los turistas con unas sillas pesadísimas a su espalda. El elefante asiático solo puede cargar unos cien kilos y la silla pesa cincuenta, con lo que cuando le sumas a ese peso el de los dos hijoputas que se ponen encima, te puedes hacer una idea de lo que sufre el animal. Además, para domesticarlos los torturan hasta romper su voluntad.

En Elephants World, los elefantes viven tranquilos y contentos los años que les queden. Un elefante en libertad suele tener una expectativa de vida de sesenta y cinco años y en cautividad puede llegar hasta los noventa, ya que cuando se le caen los dientes se le puede seguir dando comida blanda.

Sobre las nueve y media de la mañana me recogieron en una pick-up que iba llena de gente. En total éramos unos diez. Me sorprendió ya que en los hoteles anuncian los parques de elefantes con silla para pasear y este lugar no es muy querido por ellos ya que no tienen comisión alguna. Después de unos cuarenta minutos en coche llegamos al parque, una finca inmensa junto al río Kwai. En la introducción nos explicaron cosillas sobre seguridad e íbamos a dar cestas de frutas a los elefantes. A mi me tocó una llamada Bo que había llegado al parque un mes antes muy débil y torturada y que tiene sesenta y cinco años. En el tiempo en el que ha estado allí ha recuperado algo de peso pero todavía está llena de heridas del hijo de la gran puta truscolana que le pegaba en Chiang Mai. El animal casi no podía coger la comida (piña y plátanos) y se los tenía que meter en la boca, con una lengua enorme. Además, está ciega de un ojo por algún golpe que se dio contra algún árbol o eso es lo que creen.

En el parque ese día estaba un equipo del canal 7 tailandés para hacer un reportaje sobre esa organización no gubernamental que ayuda a los elefantes. Merece la pena comentar que el precio de un día en el parque es de 2000 Bahts tailandeses o casi cuarenta y cinco leuros a precio de hoy. Creo que en la tele me sacaron dándole de comer al elefante. Después los elefantes se fueron al río Kwai a darse el baño de la mañana y los acompañamos ara verlos en el agua. Allí me comentaron que Bo adora el baño ya que en el lugar en el que la tenían en Chiang Mai no había agua y no podía bañarse. La presentadora habló un rato subida al cuello de uno de los elefantes mientras todos cruzábamos los dedos para ver si la tiraba, pero no sucedió. Al salir cada uno se fue a su árbol favorito y es rascaban contra los mismos y después se desperdigaron por el lugar. El más viejo de los elefantes nació antes de la Segunda Guerra Mundial y el más joven es casi un niño, un elefante que rescataron después de que se lo arrebataran a su madre y antes de que lo empezaran a torturar.

Mientras los elefantes estaban ocupados con sus tareas, nosotros cocinamos “arroz pegajoso“, el cual se hace como el risotto, revolviendo sin parar hasta que el arroz suelta suficiente almidón. Por la tarde les íbamos a dar bolas de arroz a los elefantes con las vitaminas y medicinas que tienen que tomar y para los más viejos que no tienen dientes, esta es una comida muy fácil.

Así matamos la mañana y tras un almuerzo excelente nos dividimos en dos grupos. Unos se fueron a preparar las cestas con frutas para la tarde y otros (entre los que estaba yo) fuimos a cortar cañas en los campos de alrededor. No me quedó claro el uso que les dan pero igual se las comen los elefantes. Con treinta y seis grados, es un trabajo duro pero igualmente divertido. Antes de ir habíamos visto a los elefantes dándose baños de lodo y usando herramientas con su trompa para extender el lodo por todo su cuerpo. Los elefantes asiáticos se pueden quemar con el sol y por eso se cubren con el barro.

Tras cortar y recoger las cañas, fuimos a preparar las bolas de arroz. El arroz lo habíamos cocinado con trozos de calabaza y al hacer las bolas les añadimos las medicinas y vitaminas. Con las cestas de bolas de arroz, los elefantes vinieron y se las dimos. Este es un momento que a todos les gusta, tanto a ellos como a nosotros. Cuando se acabó la comida era la hora del baño de la tarde y los elefantes salieron escopeteados con sus mahuts al agua.

Cada elefante tiene un guardián / protector, un humano al que eligen. Cuando los elefantes llegan al parque, vienen mahuts de todos lados y hacen pruebas y es el elefante el que elige a la persona con la que quiere estar. Esos hombres (y una mujer) viven y trabajan allí, prácticamente sin un día de descanso y son a los que los elefantes hacen caso. Al parecer, les gustan las voces no agudas y por eso prefieren los hombres, aunque en el caso de un elefante totalmente ciego escogió a una mujer.

Con los elefantes en el agua, entramos y nos repartimos entre los elefantes, para jugar y divertirnos con ellos. Ese fue el mejor momento del día sin lugar a dudas, una experiencia única, con elefantes juguetones que nos lanzaban al agua y que se lo pasaban tan bien como nosotros. Además, nos bañamos en el río Kwai, con lo que no solo lo he visto, he cruzado sobre el puente famoso, he ido en el tren sino que me he bañado en dicho río con elefantes.

Cuando salieron del agua se fueron escopeteados al lugar en el que les dan de comer porque sabían que era la hora de la fruta de la tarde. Nuevamente, me tocó la cesta de Bo, la cual estaba agotada (por lo débil que está) y tardó muchísimo más que los otros elefantes en comer, así que algunos de los cuidadores se quedaron charlando conmigo mientras le daba trozos de piña, su fruta favorita y plátanos. Cuando acabó de comer me uní al resto del grupo y tras tomar unos refrescos nos devolvían a Kanchanaburi.

Este es el tipo de experiencia que hermana y de allí salimos todos encantados y habiendo compartido infinidad de consejos sobre los destinos de unos y otros. Después de lo que me contaron, opté por modificar mis planes y tirar para el sur del país. Ese día, por tercera y última vez, fui a cenar al Nut’s Restaurant y le pedí que me hiciera lo que le saliera de la pipa del guirre y me hizo un King Curry que no sé cual es pero que estaba de puta madre. En el restaurante había un joven europeo con un Lady Boy o eso que en la Isleta llamábamos un pedazo de maricón, aunque ahora que vivimos en una sociedad dominada por lo políticamente correcto, deberíamos denominarla como una tía con polla. Tengo clarísimo que el europeo sabía lo del rabo entre las piernas porque esa aquella no tenía una nuez de Adán, tenía el puto nogal en el cuello y unas manoplas enormes. Si vas a acostarte con un tío disfrazado de tía, al menos búscate uno que parezca una tía de verdad y no un mamarracho que no pasa por tía ni aunque te lo tropieces en carnavales y ya estés borracho.

Al día siguiente quería ir a visitar Hellfire Pass y después tirar para Bangkok. Había pensado en hacer el viaje con transporte público ya que los taxis me intentaban levantar 1600 Bahts por el viaje. Mi Ángel de la guarda estaba al loro y me empujó a ir a visitar el mercado nocturno, uno que habitualmente no me interesa. En el camino paso por un callejón obscuro en el que hay un cartel de un taxi y el precio es de 1200 Bahts. Mientras lo miraba sin creérmelo, un hombre al otro lado de la calle me grita y resulta que es el taxista. Le explico que quiero ir a ese sitio a primera hora de la mañana, yo solo y el hombre me dice que me lo deja en 1000 Bahts. Casi me da un jamacuyo de la emoción tan grande. Si me dice que le tengo que hacer un final feliz, allí mismo le cojo el rabillo y se la casco. Le dejé 200 Bahts de anticipo y quedamos que al día siguiente me recogía a las siete y media. Estando en el mercado nocturno vi que algunos de los que tenían puestos recogían a toda prisa y decidí comenzar la retirada. A medio camino se abrió el cielo y cayó el diluvio universal y terminé refugiándome en un 7eleven durante casi tres cuartos de hora, ya que por supuesto, me dejé el paraguas en el hotel. Una vez regresé, empaqueté todo, reservé mi hotel para Bangkok y compré mi billete para volar a Krabi desde esa ciudad.

El relato continúa en Hellfire Pass y viaje a Bangkok

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