En bicicleta por la isla de Duy Vinh

El relato comenzó en El salto a Hanoi

Mi última tarde en Hoi An tenía apalabrada una excursión en bicicleta por la isla de Duy Vinh. Fui a la oficina de Heaven and Earth que son los que organizan esta actividad y allí me junté con un grupo compuesto por otras siete personas, cuatro australianos, 3 franceses y un africano-español que dejó el país antes de que el expresidente ZaPatazos lo condenara al cuarto mundo. El paseo comenzaba con un viaje en barco de unos tres cuartos de hora por el delta del río Thu Bon, con lo que la excursión en barco que no hice el día anterior, la tuve ese día. En el río se puede ver como los pescadores extienden unas redes gigantes, sumergidas y llegado el momento las levantan y pillan todo lo que hay dentro. Otra forma de pescar con red parece ser aprovechando las fuertes corrientes. Se pone una red como un condón agujereado y se va llenando de peces que no pueden salir por la fuerza del agua. La gente que nos cruzábamos iba muy relajada y parecían vivir con una velocidad distinta a la de nuestro mundo.

Al llegar a la isla fuimos a la casa de la suegra del dueño de la compañía y allí, además de ver una casa auténtica vietnamita, observamos como hacían esterillas y alucinamos cuando nos dijeron que tardan cuatro horas en hacer cada una y ganan ochenta céntimos por esterilla terminada, gastándose casi dos leuros y medio en el material. Las esterillas estas las usan los vietnamitas para dormir, ya que les gusta dormir en duro y eso se nota hasta en los colchones de los hoteles, que a veces parecían hechos de madera. Creo que en tres semanas en el país, no logré dormir un solo día bocabajo y esa es mi manera habitual. La casa tenía las tradicionales tres puertas, ya sabéis, la de la izquierda para seres inferiores mayormente conocidos como hembras, la de la derecha para seres superiores con tiburón entre las piernas y la del medio para los espíritus de la familia, los cuales prácticamente viven allí ya que los ancestros están enterrados en el campo de arroz de al lado. Cuando el río sube esa casa se inunda y sus ocupantes ponen tablas de bambú en lo alto y suben todas sus pertenencias y viven allí los días que haga falta. A nadie le agobia esto, es lo que ha sucedido desde tiempos inmemoriales y les parece normal. El río, con su subida, abona todas las tierras y ellos lo agradecen.

Desde allí comenzamos a pedalear por senderos pequeños y muy folclóricos. Pasábamos junto a casas con las familias sentadas en el porche, vimos colegios en los que los niños paraban la clase y nos gritaban jelou y se emocionaban hasta las lágrimas cuando les respondíamos y hasta nos cruzamos con algún macho cabrío que nos quiso hacer frente. En un punto determinado teníamos que cruzar un puente flotante en bicicleta, aunque hubo algún cobarde que lo hizo andando. Para añadir algo más de dificultad, el puente tenía un montón de clavos que se habían salido en la zona central y había que pedalear manteniéndose en los extremos mientras el puente se movía al ritmo del agua y de las bicis que pasaban y yo cargaba la cámara. Toda una experiencia divertidísima. Además de los turistas íbamos con el dueño de la compañía, Pascal, un francés encantador y con dos chicas, una que estaba aprendiendo y la otra más curtida. Las chicas no paraban de parlotear y de tratar de averiguarlo todo sobre nosotros. Creo que les impactó la cantidad de viajes que tengo a mis espaldas.

Paramos en el equivalente a un bareto, aunque aquello era más bien como un cuchitril y nos tomamos una MIRINDA de botella. Creía que habían desaparecido del universo e incluso del mundo. Como todo el mundo sabe, la Mirinda es un invento auténticamente español y en las islas Canarias creo que todavía se consigue. Fuimos a ver como se fabrican los barcos cesta,hechos de bambú y que como todo tienen su historia. Los franceses, en su afán por exprimir al populacho al máximo, pusieron impuestos a los barcos en su época colonial. Los vietnamitas, más listos que el hambre de un obeso, modificaron el diseño de los mismos y los convirtieron en unas enormes cestas de bambú y aprendieron a remar en esos bártulos y por supuesto no pagaban impuestos ya que no eran barcos sino cestas. Después de la marcha de los franceses siguieron usándolos porque son muy prácticos. Una señora de la quinta de Matusalén nos enseñó a remar y a movernos con ellos y después fuimos a un meandro del río a practicar, algo que creo que está debidamente documentado en mi canal del llutuve.

Tras esto, seguimos pedaleando por el lugar y descubriendo nuevos y preciosos rincones y disfrutando con la amabilidad de todo el mundo y lo relajados que estaban. Paramos también en una fábrica de ladrillos, un proceso fascinante que comienza en el barro y que es para verlo y no creerlo. Allí me enteré que la cantidad que hace falta para comprar los ladrillos suficientes para hacer una casa es de unos tres cientos millones de dong vietnamitas, lo cual seguro que te deja mal cuerpo hasta que te enteras que vienen a ser unos doce mil leuros. Los empleados de la fábrica de ladrillos, un trabajo duro de verdad, ganaban algo más de un leuro al día. Cruzamos junto a campos de arroz pero esta no es la época para verlos plantando así que no eran demasiado espectaculares.

En otra parada, las cuales se agradecían porque hace demasiado calor como para estar en bicicleta todo el tiempo, estuvimos en una carpintería que hacía unos muebles de ensueños que creo que en español serían lacados (lacquerware furniture). Hacen unos diseños preciosos, vacían la madera y la llenan con trocitos de conchas de ostras y después le dan un tinte especial. En la fábrica en la que estuvimos, un negocio familiar con tres personas trabajando, hacían cosas que no tienen precio. Aún más increíble es que el artista, el que se encargaba de los diseños, era un chico minusválido, como todo crispado sobre sí mismo y con las manos junto a los pies. Daba grima verlo pero cuando veías su trabajo se te ponía la piel de gallina. Me explicaron que cuando llega la lluvia, sacan todo del lugar y lo llevan a un ático que tienen.

Nuestra última parada, después de pasar junto a un colegio en el que los niños acababan la jornada y se volvieron locos con nuestra presencia, fue ir a ver un pequeño astillero en el que se hacen barco de madera, sin clavos o metal alguno. A los barcos en Vietnam les pintan ojos en la parte delantera ya que al parecer, creen que hay monstruos bajo el agua y si le ven ojos al barco lo respetan y no lo atacan. Tras esta visita fuimos pedaleando hasta un lugar en el que llegaba una barcaza-ferry, llena de locales, con decenas de motocicletas y bicis y cuando descargó, cargaron nuestras bicis además de un montón de motos y otras bicicletas y con la barcaza petada hasta arriba, cruzamos el río de vuelta hacia Hoi An solo que esta vez estábamos en el otro lado de la isla Duy Vinh y el trayecto solo duró algo más de cinco minutos. Si entrar las bicicletas en la barcaza fue un espectáculo, sacarlas fue aún mayor, haciendo marabarismos junto al barco para no caer en el agua. Desde el lugar en el que nos dejaron pedaleamos de vuelta a las oficinas de Heaven & Earth y nuestra excursión acabó tomando agua fresca en el lugar. En resumen, fue una de las mejores experiencias de mis vacaciones y un flipe que no veas.

Ese día cené en el restaurante Blue Dragon, el cual no me pareció gran cosa aunque la comida tampoco estaba mal y por los dos leuros y pico que pagué tampoco nos vamos a poner exigentes. Al parecer parte de los beneficios se destinan a ayudar a niños pobres.

Por la noche di un último paseo por Hoi An y me acosté temprano ya que al día siguiente volaba hacia mi siguiente destino y lo hacía al alba. Si hay alguien pensando en ir a Vietnam, Hoi An es parada obligatoria.

El relato continúa en Saltando a Nha Trang

2 opiniones en “En bicicleta por la isla de Duy Vinh”

  1. No tenía pensado ir a Vietnam; al menos en ésta vida. Pero después de leer tu excursión en bici, no puedo evitar sentir deseos de vivir eso en directo. Seguramente me quedaré sin hacerlo; pero me lo he pasado divinamente leyéndolo. Creo que tuviste un día de los que valen la pena.

  2. Me ha encantado esta entrada por las cosas tan curiosas que cuentas, como los barcos-cesta, o a forma que tienen de librarse de las inundaciones periódicas.
    Desde luego, esta gente es muy especial, por eso derrotaron a los franceses y a los USA, a mi siempre me cayeron muy bien.
    Salud

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