Encontronazo

Mi rutina de transporte público para ir al trabajo y regresar a casa es una maquinaria perfectamente engrasada y que puedo hacer hasta sin tirarme peítos. Son dos bicicletas, en dos ciudades distintas y dos trenes y desde el origen hasta el destino, si la parte del transporte público sale bien lo hago en algo más de media hora en la ida y en unos cuarenta minutos en la vuelta, aunque seguramente podría rebañar cinco minutos en ese segundo trayecto si llegara a la estación con menos tiempo de espera, algo que añado porque el aparcamiento de bicicletas no está del lado de la calle por el que llego y a veces el tráfico en la zona es muy intenso. Ayer la maquinaria funcionaba perfecamente, con los trenes saliendo y llegando con precisión fabulosa y al volver a casa, en el punto en el que llego a la estación final, salí del tren y comencé a caminar hacia las escaleras. Todos sabemos que yo no estoy enganchado como las perras esas que ya solo miran a la pantalla de su móvil y por delante de mi iba una y detrás de ella y a corta distancia, se posicionó un chamo cabeza-de-queso, de esos de metro noventa y pico, tamaño muro y que seguro que tenía ese color de ojos tan chungo que es o verde o azul. En el sistema ferroviario holandés, como en los metros, hay que pasar la tarjeta de transporte por un lector al comienzo del viaje y de nuevo al final para que calculen la tarifa. Existen dos tipos de lectores. En las estaciones grandes, como en Utrecht Centraal, son portones que al pasar la tarjeta, se abren brevemente para dejarte entrar y si ese es tu punto de destino, cuando sales de la estación vuelves a pasar la tarjeta y el portón se abre hacia el otro lado para dejarte salir. En las estaciones más pequeñas, como las mías de origen y destino, en lugar de usar los portones solo tienen el lector, normalmente ubicado cerca de las escaleras o las rampas de acceso y tú, casi sin reducir tu velocidad, pasas la tarjeta cerquita del mismo y gracias a algo mágico y maravilloso llamado comunicación de campo cercano o NFC en la intimidad, el sistema la detecta y te pita una vez con un sonido agradable para informarte que todo salió bien o te pega un horrendo pitido doble para llamar tu atención. El chamo muro pasó su tarjeta, yo pasé la mía, unos dos metros por detrás de él pero la chama que estaba enganchada como una perra a su telefonino no lo hizo y avanzó a las escaleras para salir de la estación. Comenzó a bajar y después de unos escalones se dio cuenta del garrafal error y se paró en seco y se giró ciento ochenta grados en una maniobra brusca. El chaval, vio que la tipa lo encaraba y levantó las manos hacia la cabeza añadiendo un efecto sonoro con un ¡Eeeey! El gesto tiene que ver con la lacra esa del jashtag mitú, ya que después de la movida aquella que organizó la penca esa que después de descubrió que follaba adolescentes y se quejó porque ella se ofreció a putiar con viejos para medrar en su profesión, pues bueno, después de eso, todos hemos pagado y la educación y la caballerosidad han acabado en el baúl de los recuerdos, en el mismo en el que echamos los pantalones de pata ancha y los teléfonos fijos en las casas con botones para los números y sin pantalla. El chamo redujo su velocidad pero como la pava no había desviado sus ojos de la pantalla en ningún momento, chocó contra él, que estaba con las manos en la cabeza como si un poli gringo lo confundiese con un negro y le fuera a dar candela de la peor. La lerda esa chocó con él, perdió el equilibrio y por si hemos perdido el hilo, aquello es una escalera, así que se fue hacia atrás. El chamo es mi nuevo héroe porque en ningún momento bajó las manos de la cabeza, para que quedara claro que no pretendía hacerle un jashtag mitú de esos y magrearla. El resultado fue épico con la hostia que se dio la pava mientras yo lo veía todo desde una posición privilegiada porque estaba unos escalones por encima y me cagaba en todos los muertos de puerkagón y su puta rumana por no llevar una cámara soldada al cráneo grabando la escena para ponerla en el blog y descojonarnos de aquella bosmongola. Como las reglas del jashtag mitú son muy específicas, tuvieron que ser otras portadoras de hachazo las que se lanzaron a ayaudarla, aunque ella estaba más preocupada por el estado de su telefonino que de saber si se quedaría renqueando para los restos. Tuvo un montón de suerte porque en ningún momento soltó su telefonino, ya que las escaleras están sobre un canal y si se le llega a caer, existía una probabilidad bastante alta de caer y acabar a unos metros de profundidad.

Lo triste de esto no es que no la ayudemos porque ahora está mal visto, lo triste es que la acarajotada esa, la próxima vez que salga a la calle, seguirá con la vista clavada en la pantalla, que el gen del aprendizaje parece que lo han perdido por completo en algún cambio evolutivo de nuestra especie.

3 respuesta a “Encontronazo”

  1. Pobrecita, que raro que tu no te lanzaras a todo galope con tu corcel a socorrerla cual Quijote enardecido…jajaja 🙂
    Salud

  2. Eso no es cosa de mujeres, es pandemia mundial, lo de caminar mirando la putes pantalla, digo…

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