Estambul y el regreso a casa

Mi fin de semana en Estambul fue bastante relajado y totalmente fuera del circuito que rodea a los turistas. Comenzó cuando me recogió el Turco en el aeropuerto. Fuimos a su nueva casa, la cual está en medio de un bosque en una urbanización llamada Kazaba de puro lujo merillein. Es un sitio espectacular y que más bien parece sacado de una película americana. El Turco tiene ahora un chabolo como la Preisler y con piscina, cabaña para que juegue su hija sobre los árboles y un montón de polladas más. Cada vez que los visito tienen una nueva mucama y la actual parece que viene de Uzbekistán o uno de esos países con nombre raro y la pobre luce un bigote tan tupido como el de la Pantoja, aunque si le miramos el lado positivo, no hay que comprar estropajos ya que la mujer se apaña perfectamente. Almorzamos en el jardín junto a la piscina y por la tarde nos quedamos paseando por el lugar, rodeados de árboles y con tortugas de tierra enormes que se cruzaban con nosotro porque aquel es su hábitat. Por la noche cumplimos el único requisito que pongo a mis visitas y que no es otro que ir al cine juntos. Ese día la temperatura era de casi veinte grados, absolutamente deliciosa. El sábado desayunamos en el jardín en una mañana increíblemente soleada y cálida, hice Pannenkoeken para acompañar las delicias turcas y aprovechando un día tan espectacular nos fuimos al mar negro a pasar la jornada en la playa. Fuimos a un lugar llamado ?ile, totalmente fuera del circuito turístico para extranjeros y al que no se puede llegar a menos que tengas coche o hables turco y te puedas mover con su transporte público. Como todos sabemos que hay alguno que se pirra por un vídeo, os pongo uno en el que se puede ver la playa cuando llegamos:

Sobre el decimoctavo segundo se puede ver al Turco caminando de espaldas acompañado por su primera esposa y su hija. Nos ubicamos en uno de los bares que dan a la arena y pasamos el día allí, disfrutando del solito, la brisa marina que sale del fondo del agua del mar y charlando y riéndonos. La línea histórica que me une al Turco se remonta al año dos mil y aunque estamos a unos miles de kilómetros de distancia, se ha seguido fortaleciendo con los años. Ambos tenemos un sentido del humor macabro y retorcido y Turquía es perfecta para reírnos de las desgracias ajenas.

Como alguno igual no puede ver el vídeo por problemas incomprensibles para el común de los mortales con su navegador, os pongo una fabulosa foto hecha en el modo panorámico de mi dispositivo mágico y maravilloso en la misma playa. A la derecha y junto al puesto de vigilancia tenéis a mi amigo, su hembra y su hija.

Playa de ?ile en Estambul

Playa de ?ile en Estambul, originally uploaded by sulaco_rm.

Por la tarde fuimos a cenar a uno de los restaurantes más exclusivos de Estambul, en las montañas, en el bosque cercano a la casa de mi amigo. El restaurante está en un hotel boutique y bueno, ya cuando te recibe el camarero con ramalazo sabes que te van a meter una clavada de rescándalo. Por suerte a mí no me dejan pagar 😉 o me veo fregando platos hasta que salga el octavo libro de Harry ChapaPotter. Hay fotos del plato principal y del postre en esa otra bitácora mía que todos sabéis. Tras la cena nos sentamos a disfrutar de la tarde en el jardín del Turco.

El domingo comenzó preparando un brownie para acompañar el desayuno y como ese día estaba frío y nublado, optamos por quedarnos bobiando en la casa y para almorzar nos fuimos a una zona de tiendas llena de opciones de entretenimiento para la niña. Estuvimos allí hasta las seis de la tarde y a partir de ese momento dejamos a la hija con la madre, me despedí de ellas y mi amigo me llevó al aeropuerto. Tengo claro que este año volveré a Estambul en septiembre, seguramente acompañado por el Rubio que quiere juntarse con nosotros. Ya les he explicado a ambos que si pasamos un fin de semana los tres, será ?PICO y seguramente acabaremos en una cárcel, rapados, tatuados o Dios sabe qué.

Al entrar al aeropuerto teníamos el primer control de equipaje y en el que prestan atención a las emburkadas, esos objetos animados totalmente cubiertos de trapo negro y que solo tienen al descubierto los ojos. Un grupo de cinco que viajaban juntas se puso delante mía y chico, que quieres que te diga, que Rexona debe haber abandonado su barrio al completo porque el hedor tumbaba a diez metros de distancia. Esos chochos hieden como jareas al sol. Te quedas encerrado con dos de esas en un ascensor y mueres envenenado. Recogí mi tarjeta de embarque y pasé el control de pasaporte y mi segundo control de seguridad, un poco más exhaustivo. Después aproveché para comprarme un bollo turco de esos que están cubiertos de semillas de sésamo y que siempre que los veo en la calle los quiero comprar y mi amigo no me deja porque dice que no sabe con qué agua los hacen e igual caigo muerto o me voy por las patas pa’bajo con la diarrea tan grande que me entra. Cuando fui a la puerta de embarque, noté que la zona estaba llena de Sadam Hussein. Hasta ayer yo creía que los americanos lo habían finiquitado pero ahora tengo mis dudas. Conté por lo menos cuarenta Sadames, todos con el bigotón ese tan famoso y los trapos de ropa. Casi todos llevaban una emburkada a su lado. Inmediatamente me temí lo peor y pensé que iban a volar el aeropuerto, ya que nunca se puede esperar nada bueno de una combinación de Burkas y líderes asesinos pero no, me equivoqué y en realidad esperaban un vuelo de las líneas aéreas iraníes para regresar a su país. El avión solo llevaba cinco horas de retraso, algo al parecer muy normal en esa compañía y que no provocaba ningún tipo de ansiedad en los pasajeros, que esperaban pacientemente contaminando la atmósfera a nuestro alrededor.

Embarcamos con el habitual caos y la piloto dijo que saldríamos un poco antes ya que todos estábamos dentro. El avión volvía a ir petado y yo me sentaba en la parte delantera. Siempre se me ocurren boberías y en esta ocasión, cuando ponía mi mochila en los compartimentos sobre los asientos veía que una de las azafatas llevaba un trolley mastodóntico. Digo yo que para qué coño llevan eso si viajan y regresan a su casa en el mismo día, si su trabajo no difiere mucho del de cualquier oficinista y no tiene la magia de la época en la que lIberia, líneas aéreas huelgáticas, tenía azafatas a las que se podía catalogar como follables allá por los setenta …

Después de despegar me centré en apurar los últimos episodios de la serie de los Lobos de antena triste y cruzar los dedos para no aterrizar en el puto Polderbaan, la pista esa que está a una purriada de kilómetros del aeropuerto de Schiphol. No hubo suerte y aunque tomamos tierra antes de tiempo, los veintipico minutos de paseo en tierra cruzando autopistas hicieron que no desembarcáramos hasta diez minutos pasados de la medianoche, justo la hora a la que salía la última combinación chachi de trenes para regresar a casa. Me tuve que conformar con ir en el tren escoba de las doce y veintiséis, uno que para hasta donde no hay paradas y que viene llegando a Utrecht a las dos menos cuarto. Después recogí la Mili o Vanili y pedaleé a mi casa, entrando en la misma pasadas las dos.

Aunque hoy estoy agotado, ha merecido la pena.

4 respuesta a “Estambul y el regreso a casa”

  1. Pues si va por mi, te jodes, porque he visto el video perfectamente, los subidos a Youtube los veo sin problemas, son los que no se suben al You con los que tengo o tenia problemas.
    A mi esas playas que yo llamo “tipo maricas”, sin olas, no me gustan ni mijita…
    Salud

  2. Virtuditas, el Turco no me dijo nada porque ni los vio. Su mujer se los comió en un intervalo de pocos segundos, uno detrás de otro sin dejar tiempo ni a que se le asentaran en el estómago.

    Genín, pillamos un buen día. Según el Turco, en esa misma playa en verano se ahogan cuatro o cinco por semana y el año pasado en una ocasión cayó una familia al completo, ya que todos saltaban al agua a ayudar a los demás y acabaron todos ahogados. Hay unas corrientes del copón que no se notan en la superficie.

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