Estos días pasados

La semana pasada vino a visitarme a Holanda mi amigo Kike. Su visita duró cuatro días y en ese tiempo hicimos bastante turismo. En los días previos y en los posteriores he estado bastante liado y no he tenido mucho tiempo para sentarme y escribir, al menos no el tiempo que me gustaría dedicarle. Son los problemas de estar disfrutando de un verano fantástico. Cada día hay alguna actividad al aire libre organizada y al poner prioridades quien sale peor parado es este pequeño rinconcito. Yo lo veo como una inversión porque todas esas cosas que estoy viviendo son el semillero de futuras historias, de relatos y aventuras que tendrán cabida por aquí y no me preocupo. Intento al menos que cada veinticuatro horas haya al menos algo, ya que me gustaría llegar al nueve de diciembre sin que haya un solo día en blanco y conseguir un año continuo de distorsiones.

De los días que estuvo Kike no hay mucho que contar. Sé que soy un anfitrión un tanto estresante y que planeo jornadas maratonianas para tratar que vean lo más posible. El viernes fuimos a Alkmaar para ver el mercado del queso, un espectáculo centenario que solo se puede disfrutar durante los meses de verano y que siempre me ha fascinado. También estuvimos en Amsterdam y comimos en el restaurante chino New King, posiblemente el mejor de Holanda y uno de los cinco mejores de Europa (y me quedo tan ancho diciéndolo). Dimos el típico paseo en barco por los canales de Amsterdam, algo que he hecho en más de una decena de ocasiones y que cada vez me permite descubrir cosas nuevas. El sábado fuimos a Rotterdam por la tarde y además de pasear por la ciudad visitamos las casas Cúbicas y de nuevo tomamos un barco, aunque en esta ocasión era para ver el muelle de Rotterdam. Esta ciudad es la más rara del país y la que menos tiene en común como el resto. La culpa la tienen alemanes y americanos y la segunda guerra mundial, periodo en el que fue completamente asolada. El domingo fuimos temprano a Zaanse Schans, Volendam y Marken para ver la Holanda más típica, la de los zuecos de madera, las casas pequeñas y los molinos de viento. Volvimos a casa temprano y diez minutos más tarde llegaba mi amigo el Rubio con su adorable familia para cenar con nosotros en plan asadero. No sé ni para qué llamo al Rubio amigo, es familia. El lunes Kike se volvió a casa y yo retomé las tareas que había dejado pendiente. Con los calores mi jardín requiere mucha atención, particularmente de alguien que jamás había cuidado cien metros cuadrados de árboles, plantas y flores. Acabo exhausto día sí y día también. La cosa está mejorando bastante. He conseguido mantener a ralla varias zonas y algunas lucen muy bonitas. Mis hortensias son espectaculares, están todas en flor y lucen bellísimas. Mi higuera disfruta con estas temperaturas y ya parece haber olvidado los duros días de invierno y otras plantas reaccionan igual de bien. Esta semana he dedicado casi cuatro horas diarias al jardín, arreglando, recortando, arrancando, regando y haciendo lo que hiciera falta. Mis vecinos me miran asombrados ante tanta actividad. Por las noches riego cuando refresca y así todas quedan contentas.

El miércoles era el día del gran evento en la empresa y como anuncié, no acudí. En su lugar ayudé a mi amigo el Rubio a construir un octógono de madera que luego rellenamos de arena para que su hija juegue. La chiquilla se despertó de la siesta y se encontró con su nueva zona de juego y solo por ver su sonrisa y su alegría mereció la pena el esfuerzo. Nos pasamos el resto de la tarde celebrándolo, comiendo y bebiendo.

Hoy sábado me visitaba el Moreno con su familia y de nuevo un despliegue culinario. Todo comida fría para no recalentarnos y como siempre, la sensación son los dátiles con bacon. Algo tan sencillo de hacer y que llama tanto la atención. Eso y el flan de huevo, que bordo.

Son las pequeñas chorradas que mantienen la maquinaria bajo mínimos y que hacen que en ocasiones parezca que he perdido el interés. Para nada. Culpad a la luz, al sol y al calor. Tarde o temprano se acabarán y volverá la oscuridad, el frío y los cafecitos calientes junto al portátil y seguro que escribo mucho más. Por ahora, disfrutaré estos dones que el auténtico Dios nos ha mandado y los cuales le agradezco públicamente.