Génesis capítulo 3

Me desperté como todas las mañanas, con la habitación completamente iluminada por culpa de la luz que se cuela desde las cuatro y media de la mañana y a la que terminas por acostumbrarte. Mientras me tomaba los veinte segundos necesarios para que mi cerebro recupere el nivel de actividad mínimo necesario para moverme en mi barriga los subprocesos automáticos hacían su trabajo.

Mi primer destino era el baño, como siempre. Me senté en el trono y tomé aire antes de despedirme de esa parte de mi que me deja cada mañana. No sucedió nada. Las ganas estaban ahí pero sin resultado. Después de un par de minutos me aburrí y decidí dejarlo pendiente. Me duché y bajé a desayunar antes de irme al trabajo. El día transcurrió normalmente y ni siquiera volví a acordarme. Salí con unos amigos a cenar y entre pitos y flautas nos dimos un atracón. Al llegar a mi casa, reboté de espacio en espacio con esa conciencia alegre que te produce el exceso de cerveza en la sangre y cuando agoté la energía me acosté a dormir.

Por la mañana abrí los ojos y la habitación volvía a estar completamente iluminada. Durante los veinte segundos de arranque mi barriga se agitaba inquieta, mandándome un mensaje claro: ¡Ahora SÍ!

Salí con paso ligero para el baño y me senté en el trono convencido que esa iba a ser la definitiva. Después de unos instantes y pese a que el cuerpo quería, no estaba de suceder y no sucedió así que desistí y me di la ducha de rigor antes de desayunar e irme al trabajo. Durante todo el día me sentí incómodo, como si el extraterrestre que llevaba dentro estuviera a punto de dejar su cápsula y me pateara buscando el lugar por el que salir. El viaje de regreso en bici no ayudó demasiado, mientras pedaleaba sentía mis tripas quejándose y enviando mensajes al resto del cuerpo para que hiciera algo. Entré en mi casa y me fui directo al trono, con una guía de viajes de Estambul y el iPhone por si tenía que echarme alguna partidilla o quería mirar mi correo.

Cada escalón que subía el sistema incrementaba las revoluciones y mis tripas pujaban con fuerza para abrir hueco a los futuros y decir adiós al pasado. En el último escalón ya tenía gotas de sudor perlando mi frente. Me agarré a la puerta para no desmayarme y me senté en el trono como buenamente pude. Cada uno de los músculos encargados del sagrado arte del jiñar estaba funcionando al ciento treinta por ciento, todos sincronizados, todos ejecutando esa danza mística que acaba con el alumbramiento de aquello que ya no queremos. Sin embargo algo fallaba y yo ya no podía controlarlo. La fase final, la más crítica, se negaba a arrancar y el resto incrementaba la presión sin conseguir ningún resultado salvo dolor y sudores mientras una prensa interior comprimía más y más la substancia que debía salir de las entrañas. Comencé a respirar como en las películas para ver si eso ayudaba pero no había manera. Un mecanismo de precisión increíble y sin embargo una pequeña parte de la cadena parecía haber perdido la sincronización. Pujaba más y más, cada vez con más dolor y no pasaba nada. Me agarré al trono con fuerza mientras en mi cabeza, un médico de película de terror me decía que fuera valiente, que siguiera así que lo estaba haciendo bien. Yo apretaba los dientes, respiraba y presionaba pero no lo lograba, no salía nada y tras unos momentos, cuando el dolor era brutal y pensaba que reventaría por dentro y me encontrarían allí, cubierto de mierda, en ese instante grité a ese médico que me daba consejos: ¡La epidural! ¡Quiero la epidural YA MISMO!

Algo se desplazó, algo encontró su lugar, algo buscaba la luz y asomaba la cabecita y en un solo instante largué una de las jiñadas más espectaculares que se recuerdan. Me quedé como vacío por dentro y al mismo tiempo con una paz interior tan grande que si llego a ser fumador, me enciendo un pitillo allí mismo y me asfixio en mi propio humo. Sin lugar a dudas una de las labores más dolorosas que he hecho nunca y una que recordaré por siempre.

En ese momento me acordé del capítulo tercero del Génesis, ese en el que un capullo con mala hostia le dice a una pobre desgraciada que solo quería comerse una fruta que hay ciertas cosas que tenemos que hacer con dolor.

7 opiniones en “Génesis capítulo 3”

  1. Esta vez, le doy la razón al Genesis. El que viaja tanto al final sufre las consecuencias intestinales…. dolorosas.

    Te ha castigado dios por la cantidad de viajes que te haces y los demás, pobres de nosotros, salimos una vez y quedándonos pelados para el resto del año.

  2. Menos mal que solo cagaste, que de eso el Génesis no dice nada…Imagínate lo que tiene que ser parir, con ese tamaño que tiene que salir…
    Hace tiempo que no leía algo con tanta angustia para descojonarme de risa al final…jajajaja
    Salud

  3. Actualización: Sigo vivo y en Estambul. Hay que ver como se reproducen los terroristas musulmanes, esta ciudad es enorme. Igual vuelvo a escribir algún día algo sobre el Turco, su mujer me ha dado piezas de información muy buenas.

  4. ¿Cómo se llama? ¿Es dura o blanda? ¿Cuánto mide? ¿Sin puntos de sutura o una ruptura total del perineo? Sea lo que sea, ánimo, ya verás como dentro de un año ni te acordarás, mucha fruta para recuperarse y que no vuelva a suceder.

  5. En Turquía no he tenido ningún problema. De hecho, he lanzado un par de misiles al Bósforo que no sé si los podrán reciclar. El turco me está encochinando.

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