Hazle caso

Este relato comenzó en La mensajera

Es curioso como reaccionamos ante las desgracias ajenas. Nuestra curiosidad nos puede y siempre queremos verlo todo con nuestros ojos, queremos ser testigos y dar nuestra opinión, aunque a la hora de la verdad no hagamos nada. Somos espectadores natos, mirones a los que la desgracia ajena atrae más que nada.

Con los gritos y los avisos se disparó ese sucio instinto de la gente que estaba en el centro comercial. El corrillo alrededor de la mujer caída iba en aumento pese a los esfuerzos de los agentes de seguridad, que intentaban convencer a los clientes para que se fueran a otro lado. La chica estaba bocabajo. Nadie la había movido. La ambulancia llegó pasado un rato. Comprobaron que estaba muerta, que no se podía hacer nada por ella. A su alrededor decenas de teorías eran formuladas por expertos instantáneos en el tema, gente que con un solo dato, el de la mujer muerta, montaban su teoría de la conspiración, veían sus peones negros y blancos y los movían por el tablero de la vida. Solo una persona en todo el centro comercial no parecía interesada. Ni siquiera estaba en esa planta. Mientras esto sucedía una mujer arrastraba a su hija en dirección opuesta. Iban contra corriente, aunque pasados unos metros ya nadie parecía saber lo que en esos instantes acontecía en la planta baja y se dedicaban a sus compras habituales, a mirar escaparates y probarse ropa que seguramente no comprarían.

La niña lloraba desconsoladamente. No ofrecía mucha resistencia a su madre pero tampoco cesaba su llanto. En la mano libre tenía un par de bolsas que arrastraba por el suelo. En un momento dado se pararon. La mujer se puso frente a su hija y cogió un pañuelo de su bolso para obligarla a sonarse. La chiquilla lo hizo. La tensión entre ambas era palpable.

– ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué le has dicho eso a la joven? ¿Qué es lo que te pasa? ? le gritó la madre.
– Yo no lo hice. Yo solo le dije lo que me dijeron las luces. Yo no quería que le pasara nada. Yo solo quería ayudarla ? respondió la niña llevándose las manos a los ojos mientras seguía gimoteando. Su respiración aún era agitada. Algunas personas las miraban con curiosidad al pasar pero seguían su camino sin más. Ver a una madre reprender a su hija no es algo extraordinario. Sucede todos los días, en todos lados. Forma parte de nuestra vida.
– Y deja de hablar de luces. No hay ninguna luz. Deja de decir mentiras. Me estás asustando.
– Si hay luces. Yo las vi. Vinieron y me hablaron. Son muy bonitas, como fuegos artificiales que lanzan chispas. Yo las vi ? confirmó la niña.
– No. No las hay. Basta ya. Déjalo. Se lo voy a decir a tu padre. Hoy te has pasado, has ido muy lejos ? le reprendió la madre.
– Pero ??
– Pero nada. Déjalo ya. Nos vamos.

La mujer volvió a agarrar a su hija del brazo y cuando comenzó a tirar de ella la niña se quedó completamente quieta, como absorta, con la vista clavada en algún lugar perdido. Ella intentó moverla pero sin éxito. Le gritó para que se pusiera a andar pero la niña no parecía estar escuchando, parecía estar ida. Tras unos instantes una chispa volvió a lucir en sus ojos y empezó a llorar con más fuerza.

– ¿Y ahora qué? ¿Qué te pasa? Muévete que nos vamos, deja de comportarte como un bebé.
– No. No. No. No quiero. No quiero. Dejadme en paz. Marchaos. No quiero hablar con vosotros. Marchaos ya ? decía la niña hablando con alguien que no estaba allí. La madre miraba a su alrededor desconcertada, sin saber que hacer. Una mujer la miraba con el gesto fruncido, seguramente pensando lo mala madre que era, lo mal que estaba tratando a la niña. Ella no sabía que hacer, no sabía como reaccionar. Era un mal día.
– Vamonos. A casa. Ahora ? trató de razonar con su hija. Trató de convencerla para que reaccionara y se pusiera en marcha.
– No mamá, mejor nos quedamos aquí. No quiero irme. No quiero que nos vayamos ? gritaba la niña bastante alterada.
– ¿Por qué? ¿Qué te han dicho esta vez?
– Nada. No me han dicho nada ? mintió la niña.
– Entonces nos vamos.
– No. Nos quedamos aquí. No podemos salir.
– Ya está. Ya tengo suficiente. Vamos ? y arrastró a la niña hacia uno de los ascensores que llevaban al aparcamiento. La empujó hacia el interior y bloqueó la puerta para que no pudiera salirse. La chiquilla forcejeaba y lloraba intentando escaparse. La puerta se cerró y la madre respiró aliviada.
– Vas a morir mamá. Vas a morir. Me han dicho que al llegar al garaje morirás, que te dará un infarto. Han venido a buscarte. No quiero que vayamos al coche. No quiero ? gritó la niña.

El ascensor volaba hacia su destino. La mujer miró a su hija asombrada mientras bajaban y sentía un hormigueo en el estómago. Intentó pulsar el botón para detener el ascensor. Lo intentó. De verdad que sí. En algún lugar dentro de ella algo se rompió. Nunca llegó a hacerlo. Su hija fue lo último que vio mientras caía en el piso del ascensor y la puerta se abría en el garaje. Entonces pudo ver las luces.

Este relato continúa en Un marido abatido

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