Hoi An

El relato comenzó en El salto a Hanoi

Mi tercer día en Hoi An tenía planeado hacer turismo en el poblacho por la mañana y una excursión en bicicleta por la tarde. Como siempre, el día comenzó desayunando temprano, concretamente a las siete de la mañana. Tras llenar el estómago, me eché a la calle para patearme de nuevo el casco antiguo de Hoi An y entrar en varios de los edificios. El sistema que se han sacado de la manga es muy ingenioso. Te venden una entrada por 90000 Dong o el equivalente a tres leuros y pico que te sirve para entrar en cinco sitios a elegir, si quieres ver más, compras otra entrada. Casi todas las casas, asambleas y templos que merece la pena visitar están incluidas en este sistema, unas pocas son gratuitas y las restantes esperan que uno les deje una donación. Para aquellos más curiosos, la ciudad de Hoi An fue en los siglos XVI y XVII (o equis-uve-palito y equis-uve-palito-palito) un lugar de mercadeo internacional. Aquí llegaban los barcos de otros países y hubo colonias japonesas, chinas, holandesas y de otras tierras. El lugar es una fusión de arquitecturas que por un milagro inexplicable, sobrevivió a las guerras que asolaron el país en el siglo XX (equis-equis).

Con mi entrada, avancé por Nguyen Thi Minh Khai para cruzar el Puente cubierto japonés de día. Ese puente, pequeñito y precioso, es lo más fotografiado de la ciudad y una pequeña joya. Lo han reconstruido varias veces pero siempre con el mismo estilo, es el problema de trabajar en madera, que acaba pudriéndose, sobre todo cuando tienen un río al lado que cada año puede subir varios metros. La razón del puente es que en japón hubo varios terremotos y los expertos en el tema dijeron que el problema es que bajo la tierra había un bicho malo con la cola en la India, la cabeza en Japón y el corazón en Hoi An. La única forma de acabar con los temblores era hacer un puente cuyas piedras fueran como una espada que cortara el corazón de la bestia. Dejando el misticismo, dentro del puente, en un lado hay dos estatuas de monos y en el otro lado del puente de perros, al parecer porque se comenzó en el año de uno de esos animales y se acabó en el del otro. En el centro tiene un pequeño templo taoista.

Tras pasar por el puente, llegas directamente a la Sala asamblearia Cantonesa. Ese erea uno de los lugares que quería visitar así que entré. Tiene un jardín lleno de plantas y fuentes y algún que otro dragón y un edificio muy folclórico. Seguí hasta la casa Duc An, un edificio levantado en 1850 por una familia que vivía allí desde hacía doscientos años. En su época fue una librería, después se convirtió en un negocio de medicinas chinas y durante la época colonial francesa fue la sede de la resistencia. Ahora lo tienen decorado como una antigua casa y su visita es muy interesante, aunque te tratan de vender de todo y se empeñan en contarte un rollo macabeo para que les des propina, aunque en mi caso no funcionó ya que me negué a esperar por la explicación, la cual tenía en mi guía y paseé a mi antojo haciendo fotos para mayor enojo de los trabajadores del lugar, sobre todo porque ni miré nada de lo que vendían. Más interesante resultó la Casa Tan Ky, de dos plantas y muy bien conservada, una casa de finales del siglo dieciocho y tardaron ocho años en hacerla. La distribución de la casa era con espacio para tienda en la parte delantera, un pequeño jardín en el centro y otra parte de la casa por detrás con acceso directo al río. En la planta alta se guardaba todo para proteger las mercancías de las crecidas del río. En la parte delantera de la planta alta hay un dormitorio exquisito. De nuevo trataban de llevarnos como ovejas pero apliqué el cuento del ninguneo y vi la casa sin que me molestara nadie. Por toda la casa, el trabajo de carpintería es fascinante.

Continué con mi ruta y entré al Museo del comercio de cerámica, supuestamente el más espectacular. Obviamente esta gente nunca ha estado en un museo de verdad, ya que aquello era otra casa (muy bonita por cierto) con unas pocas cerámicas y documentos. Lo mejor del museo, la casa, sobre todo la segunda planta. Continué a la Sala asamblearia China, la cual es gratis total y se construyó en 1740. Tiene un altar, clases para enseñar el idioma chino a los niños y un precioso jardín. Después de la victoria de los comunistas, en 1975, obligaron a cerrar la escuela y no permitieron que se reabriera hasta 1990. Estuve también por el mercado, con sus acusados olores y esa multitud que se empeña en venderme carne o pescado pese a la pinta de turista y después pasé de refilón por el mercado de la ropa, ya que si por algo es famosa Hoi An hoy en día es por sus sastres, que te hacen una copia de cualquier traje de marca en un meneo del nabo. Los occidentales van allí a aprovisionarse de falsos Armanis y similares. Para terminar con mi ruta, además de fotografiar todo lo habido y por haber en las calles, entré en la Capilla de la familia Tran, de doscientos años de antiguedad. Primero nos echaron un rollo sobre la familia y el edificio en el que procuré desconectarme y que si aguanté fue porque estos eran más listos que el hambre y lo tenían todo a oscuras hasta que ellos te llevaban al lugar. En el altar tienen un montón de cajas, una por cada miembro de la familia muerto, en cuyo interior hay una tabla con su nombre y detalles biográficos. Muy bonito, muy folclórico y tal pero lo que realmente querían era que pasara por la tienda, lo cual no hice.

Tras tanto empape cultural había liquidado más o menos lo más relevante de la ciudad y decidí volver al hotel, no sin antes parar a comerme un helado y un dulce espectacular en el Club Cargo por poco más de un leuro y como la excursión en bici la tenía por la tarde, me relajé en el hotel hasta el momento de ese evento y ahora mismo mi gandulismo me puede y continuaré con la segunda actividad del día en el próximo capítulo.

El relato continúa en En bicicleta por la isla de Duy Vinh

4 opiniones en “Hoi An”

  1. Vistes fotos de la entrada al mismo de noche, de día, desde el lado en el que se aprecia que está cubierto y por si fuera poco, todas están en el increíble vídeo con el resumen del viaje.

  2. Dices que es una “pequeña joya”, y yo me imaginaba un puente muy chiquitito, pero despues de leer la descripción y todo lo que tenía, se me rompían los esquemas, tambien me picó la curiosidad como a Genín.
    Estoy deseando leer la excursión en bicicleta de la tarde, sobre todo por enterarme si te atreviste a serpentear esas calles atestadas cual kamikaze…..

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