Hoy aquí, mañana vete

Hoy aquí, mañana vete
El día comenzó como cualquier otro día. Tras el susto producido por el despertador se quedó mirando el techo un par de minutos, confiando en que sea un sueño dentro de otro y poder seguir durmiendo un rato más. Nunca es así.
Tras levantarse, ducha, desayuno frugal y coger la bicicleta para ir al trabajo. Diez minutos de paseo (o tortura según la temperatura y la estación del año) y llegó a su empresa. Un edificio amplio y vetusto que parece tener nostalgia de los años pasados, un lugar fuera de tono en esta ciudad tan futurista.

Como siempre el aparcamiento de las bicicletas está lleno. Nunca deja de sorprenderle la cantidad de gente que aún teniendo coche prefiere venir a trabajar en bici. Encuentra un hueco moviendo unas cuantas y empotra la suya entre ellas. Sabe que a sus dueños no les gustará lo que ha hecho y sólo espera que no sean de los que se desquitan desinflando las ruedas o aflojando los frenos.

Entra en la oficina en donde todo el mundo parece muy ocupado. La secretaria, que lo ve llegar, le da las buenas tardes, con su deje cínico, restregándole en la cara que venga a trabajar tan tarde. Le corresponde piropeándola, llamándola vieja de una forma sutil, aunque sabe que ella es incapaz de detectar su desprecio.

Entra en su despacho. Su jefe lo está esperando. No es buena señal. El jefe espanta a su compañero invitándolo a que se pierda unos minutos en los laboratorios. Otra mala señal. Sólo nos separan de la manada cuando hay malas noticias. El adopta un sufrido aire de indiferencia y se dedica a conectar su portátil en la base. Con la mejor de sus sonrisas, aprendida tras horas frente al espejo, mira a los ojos a su superior.

El hombre le rehuye la mirada. Mala señal. Le dice que se siente. Un sutil cambio de color comienza a modificar la tonalidad de su piel. La sangre se refugia en el interior y un barniz pálido lo cubre completamente.

– ?¿Recuerdas la reunión que tuviste la semana pasada con los Comerciales??? – le preguntó directamente.
?Sí. Fue sobre el nuevo proyecto?? – se quedó en guardia.
?Bien. No sé como pudiste hacerlo, no sé como dijiste aquello, pero tuviste que meter la pata??. El reproche fue crudo y sincero. No lo acompañó con frases vacías ni con gestos superfluos. ?nicamente la información relevante.
?Pero …?? – comenzó a defenderse aunque su jefe lo paró en seco
?No hay pero que valga. No quiero volverte a ver. Vete y no vuelvas más??

La frase sonó tan fúnebre y definitiva que ni se molestó en plantarle cara y optar por defenderse. En su lugar se quedó quieto, mirándolo a los ojos. Era la única defensa posible. El otro le rehuyó la mirada por segunda vez.

?Todo pudo haber sido perfecto. No sabes el daño que nos has hecho?? – las palabras del hombre sonaban a disculpa.

Su cerebro trataba de centrarse en algo. Enfocó la vista en los lápices y trató de aclararse las ideas. No parecía funcionar. Un odio irracional lo embargaba. El color volvía a su rostro. Un exceso de color. Del pálido estaba pasando a un rojo airado. Un pequeño tic comenzó a levantarle el labio.

?¿Me puedes dejar solo unos momentos??? – preguntó, aunque se temía la respuesta.
?No. Me quedaré contigo y te acompañaré a la salida. Aquí tengo el formulario que hay que rellenar para los burócratas de Recursos Humanos. Si no te importa me gustaría ir verificando todos los puntos de la lista que me han dado??.

Se sintió humillado. Ni siquiera le permitían el desahogarse a solas. Se tuvo que tragar las lágrimas porque no quería darle el gusto de verlo llorar. Sacó fuerzas de donde pudo y colaboró para acabar lo antes posible la vejación.

Cuando salieron al pasillo había un corrillo en la máquina de café. Miraban descaradamente hacia ellos. Supo que lo sabían. Todos lo sabían. Les lanzó una mirada despreocupada acompañada de una sonrisa cínica. Eso pareció descolocarlos. Ellos se esperaban verlo acabado, hundido, perdido y en su lugar lo veían sonriendo y triunfante. El corro de buitres se enfrascó en murmullos para analizar la nueva información.

Avanzaron hacia la salida. La secretaria le dijo Adiós. Ni se molestó en responderle. Su desprecio por ella salió a la superficie y la mujer se vio reflejada en él, vio lo que él pensaba de ella y de su forma parasitaria de vida, inmiscuyéndose en el trabajo de los demás y corriendo con los chismes a los jefes para medrar y mantener el puesto. Ese era su trabajo. Ese y el de poner folios en la fotocopiadora.

En la puerta, entregó el pase de seguridad y se marchó. No miró atrás. Llegó al aparcamiento y de una patada tiró todas las bicicletas que estaban alrededor de la suya. Salió sin rumbo fijo, sin saber a donde iría.

… y no sé como pudiste hacerlo
no sé por qué dijiste aquello …
pero lo nuestro ha terminado
no quiero volverte a ver …