Keukenhof 2009

Ya dice el refrán bien clarito que quien algo quiere, algo le cuesta y esta es una de las grandes verdades difíciles de negar. Este fin de semana ha sido poco menos que de locura. Se me acaban los segundos antes de irme de vacaciones y aún queda tanto por hacer que dudo mucho que lo consiga. Por culpa de una mala planificación y de problemas logísticos imposibles de explicar sin violar la clausula de confidencialidad que hay sobre la vida de mis amigos, este año mi visita al Keukenhof se fue complicando y eso que ya tenía los cupones descuento que conseguí usando Air Miles, un truquillo que te permite ahorrarte diez euros. Por si algún despistado lee esto y piensa en aprovechar esta oferta, decir que sólo es válida para ciudadanos residentes en los Países Bajos y que canjeen 1000 Air Miles a cambio de un cupón de descuento de diez euros.

Al final, la única alternativa para ir al parque era éste domingo y el tiempo no parecía estar a nuestro favor. Aún así, decidimos seguir adelante con el evento y quedé en Schiphol con el colega que iba conmigo alrededor de las ocho y veinte. Un domingo por la mañana la ciudad de Utrecht es un lugar muerto, sin vida y a las siete no hay ni guaguas que me lleven a la estación así que después de levantarme a las siete menos veinte, me vi sobre una de mis cuatro bicicletas pasadas las siete de la mañana recorriendo la distancia que separa mi casa de la estación central en una soledad completa, sin cruzarme con nadie ni ver actividad alguna. Era como en las películas esas en las que alguna desgracia acaba con la vida humana y las calles quedan como monumento de nuestro paso por el planeta. A mis espaldas llevaba kilos y más kilos de material fotográfico, con mi CANON EOS 50D, el objetivo 24-70mm, el 70-200mm, el 90mm de macro, los anillos extensores, el flash, dos baterías, 26 gigas de memoria el trípode, un par de bolsas de basura y Dios sabe qué mas. La bicicleta casi hacía el caballito de tanto peso que llevaba a mis espaldas. Cerca de la estación me crucé con el otro único ser vivo que parecía estar activo a esas horas, una joven que seguramente volvía a su casa después de haber dormido en cama extraña y que por el rictus de felicidad extrema que portaba en su cara se deducía que le habían hecho un servicio completo con extra de comida del chichi. Probablemente sean imaginaciones mías pero yo diría que iba cantando el Yo soy esa de la Pantoja, que es el himno oficial de las jóvenes casaderas rebosantes de felicidad.

Al llegar a la estación compré mi billete y el tren estaba allí, el primero de la mañana y aún con más de diez minutos hasta que llegara la hora de partir. Me senté en un vagón totalmente vacío a navegar por Internet con mi Iphone y mirar la predicción meteorológica, la cual no prometía mucho. En Utrecht no llovía pero una nube monstruosamente grande parecía venir desde Bélgica en nuestra dirección. A las ocho menos veinte el tren arrancó y mi amigo me confirmó que llegaría al aeropuerto a las ocho y cuarto y esperaría por mí allí. Yo tuve que hacer un transbordo en Duivendrecht y en el minuto y el segundo que indicaba la página de la compañía ferroviaria comencé a caminar por el aeropuerto. Nos encontramos en la zona de salidas, un lugar lleno de actividad porque esta semana mucha gente la ha tomado de vacaciones y nos vamos todos del país, algunos a destinos más exóticos que otros.

Desde el aeropuerto fuimos en el coche de mi colega y antes de las nueve ya estábamos entrando al Keukenhof, justo en el momento en el que comenzaba a llover o más bien a diluviar. Decidimos comenzar por uno de los pabellones cubiertos con la esperanza de que el chaparrón fuera rápido pero consultamos el Oráculo en mi iPhone y tuvimos que asumir que aquello iba a durar hasta el fin de los días. Después de unas cuantas decenas de fotos optamos por salir al parque y cubrir nuestras cámaras con bolsas y aquí es donde la bolsa de basura que llevé se volvió muy útil ya que le hice un agujero, pasé un poco del 70-200mm a través del mismo y la enganché en el protector de sol. Era como una cámara de esas de finales del siglo XIX (19 para los incultos) y con ese pequeño truco pude hacer fotos sin problemas y además con la ventaja que da no tener una luz fuerte y con las flores bien mojadas, que el agua les da cierto encanto y en otras visitas me he tenido que llevar un pulverizador para rociarlas con agua y conseguir el efecto.

Durante las siguientes cinco horas y media caminamos todo lo que pudimos por el parque, hicimos cientos de fotos, descubrimos nuevos tipos de tulipanes y aguantamos las impertinencias de los curiosos que siempre creen saberlo todo y te dan consejos de lo que tienes que hacer con tu cámara. El Keukenhof sigue siendo uno de los lugares más hermosos del universo, un sitio que seguiré visitando cada año y del que espero no cansarme nunca. Tengo más de mil quinientas fotos en mi colección tomadas en ese parque y no me parecen bastantes. Ayer además era uno de los días óptimos, con el setenta por ciento de los tulipanes en plena floración, los campos de alrededor del parque simplemente bellos y pese al clima, la visita mereció la pena y la aprovechamos al máximo.

Acabé totalmente empapado pero feliz y tan cansado que tuve que cancelar una cita con un amigo para ir al cine y a cenar juntos. En lugar de eso, volví a mi casa, a donde llegué sobre las cuatro y después de casi dos horas de siesta me puse a trabajar en todas las fotos que hice, descartar casi cien de ellas y no solo arreglar las restantes, sino elegir los tulipanes que algunos lectores de esta bitácora verán bautizados con sus nombres próximamente. Así fue mi visita al Keukenhof en este 2009, he perdido la cuenta pero debo haber estado en el parque cerca de veinte veces desde que me mudé a Holanda, cinco de ellas el primer año y después a una o dos visitas por temporada.

Río de flores en el Keukenhof

4 opiniones en “Keukenhof 2009”

  1. En lo único que difiero es en que la comida de chichi sea algo extra, hoy en día por estos lares, tanto ese manjar, como la comida de nabo, van de serie…
    Salud

  2. Todavía no he visitado el Keukenhof, ya va siendo hora y debo darme prisa antes de que las flores pierdan su esplendor.

    Sobre la foto, parece tomada desde un avión, planeta imaginario. A saber cómo es el avión 🙂

  3. La elegí a propósito porque muestra el río de Muscari realmente como si fuera un río, muy desenfocadas porque se agitaban por la lluvia y el viento.

  4. Parece una pintura, muy bonita por cierto. Ya tenía mérito que nos fueses a “regalar” un tulipán, pero encima despues de la lluvia, las cámaras plastificadas y tu renuncia a cena y cine, más todavía. Gracias…

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