La alerta

El sábado me desperté temprano y tras mirar el tiempo en mi iPad, vi que no podía ir a correr porque lloviznaba, así que decidí esperar a las nueve de la mañana, que sigue siendo una hora tempranera, sobre todo si no estamos en la zona horaria Virtuditas, en donde ella y Genín trasnochan y de día duermen. Finalmente salí a correr ignorando la alerta amarilla por vientos de hasta noventa kilómetros por hora y opté por adaptar mi ruta al viento. Descubrí que en ciertos tramos, me arrastraba como una babosa porque en realidad, luchaba contra las fuerzas de la naturaleza y en otras, el viento se empeñaba en empujarme como cualquier abusador de colegio o lidereso podemita con ansias de venezuelizar España, que los hay. Pese a las inclemencias del tiempo, conseguí una media de unos cinco minutos por kilómetro que no estaba nada mal con los chorros de aire a cinco grados que teníamos. Cuando acababa de entrar en mi casa y hacía los ejercicios de estiramiento para preparar los músculos del Elegido en su enfriamiento, el telefonino se vuelve loco y empieza a vibrar como si me estuvieran llamando de Güaterlú, el retrete ese en el que acaba toda la mierda europea. Como tengo desactivada la vibración del teléfono para todo, aluciné en colores y me acerqué al mismo como si lo hubiera tocado un joputa-terrorista-musulmán con mochila y estuviese a punto de explotar. Resultó que era un mensaje de emergencia, pero no nos preparaban para salir corriendo hacia España para el juicio de todos los siglos, no, al parecer, un camión de esos tanque lleno de productos peripatéticos se había recalentado y había un escape de aire maléfico que te podía afectar al cerebro y dejarte como al Rufián ese que necesita ahora más que nunca dos buenos sartenazos en la cabeza para ver si se le asientan las neuronas. Al parecer, el escape, que no lo fue ya que fueron los bomberos los que abrieron el tanque para enfriarlo, echaba un pestazo a peo de truscolán que no veas y por el viento este tan grande, afectó a casi medio país. Curiosamente, en Hilversum el hedor era tan grande que todo el mundo se preguntaba si había venido al país la guarra aquella criminal anarquista que se exilió en Suiza que es a donde van los anarquistas porque les dan asco los pobres y allí con el queso de esa gente igual no lo notan, pero los quesos holandeses no son tan apestosos. Por mi casa no hubo hedor, solo el viento y cuando sobre la una de la tarde salí para irme al cine al norte de la ciudad, de nuevo no me pilló la peste truscolana pero lo que sí me pilló fue el viento y en un punto determinado, concentrado por edificios, resultó tan fuerte que rompió el sellote que aísla la cadena de la bicicleta. En lugar de los veinte minutos que tardo normalmente en llegar al cine, el trayecto fue de tres cuartos de hora y en el tramo final y usando todo mi peso sobre los pedales, me movía a un ritmo más lento que una procesión de Semana Santa. Los últimos doscientos metros hasta el cine fueron una epopeya y una que además yo sabía que tenía una foto finish peligrosa, ya que donde está el cine, en una de sus esquinas, hay otra corriente de aire dantesca que una vez casi me lanza por un precipicio, así que previendo el problema, me escoré hacia la izquierda todo lo que pude y aún así, el aire me lanzó casi tres metros hacia la derecha en un efecto único en el que yo pedaleaba y la bicicleta, en lugar de moverse hacia adelante, avanzaba en perpendicular a ese sentido. Conseguí llegar al cine y ver la película y como siempre, el teléfono estaba apagado durante la misma y cuando lo volví a encender comenzó de nuevo a vibrar como reposeído y tenía otra tanda de mensajes de alerta incluyendo uno que decía que todo estaba bajo control y el problema había acabado. Hasta ahora, con lo de las alertas por teléfono móvil, recibíamos el mensaje mensual para comprobar que el sistema funciona pero nunca antes había recibido una real y como me cansé del ejercicio mensual y lo había desactivado, ya ni me acordaba de como es esta movida.

Al salir del cine el viento aún no se había calmado, pero como lo llevaba empujando por detrás, me llevó de vuelta a casa en un rato y prácticamente sin pedalear.

3 respuesta a “La alerta”

  1. a veo Sulaco, es lo que tiene vivir en los Fiordos noruegos, perdón quería decir Alaska…

    Vaaaaaaaaaammmoooooosss hombre, pedazo de historia épica te has montado por una brisita de nada, lo que pasa es que eres un canijo y cualquier soplido puede contigo. También veo que tienes controlado el tema truscolan, espero que el juez Marchena que es canario como tú los condene a trabajos forzados. Porque los canarios sois de fiar ¿No?

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