La cena turca

Siempre que vamos a Amsterdam acabamos yendo a comer al chino. Ya he hablado por aquí de las diferentes experiencias que hemos tenido, tanto con la comida como con las circunstancias que la rodean. Ayer, cuando llegó la hora de la cena, el turco tenía preparado un motín y lanzó la bomba: ¿vamos a comer a un turco? El chino se quedó blanco de la impresión, bueno mejor no exagerar que el chino ya es bien blanco, pero sí que se quedó callado y después empezó a divagar, que es la forma en la que expresa su nerviosismo. El turco insistió y no sé como sucedió, pero al final nos vimos andando en dirección al hotel Amstel, porque allí cerca está el restaurante al que íbamos. Este hotel, señoras, es donde se rodó y donde se hospedaron todos los pollardones de
Ocean’s twelve, esa mediocre película en la que una banda de metrosexuales se pasa cien minutos arreglándose las uñas e intercambiándose calzoncillos de Tommy Hil-finger. En el camino íbamos presionando al chino para que nos cuente cosas de su país, que es algo a lo que es siempre muy remiso. Hemos descubierto que su padre es arquitecto (aunque creo que el año pasado era psicólogo) y aún seguimos pensando que el chino trabaja para los servicios de inteligencia de su país y está infiltrado en Europa para aprender de lo más granado de la intelectualidad continental, osease, el turco y yo. Por lo que fuimos capaces de averiguar, el abuelo del asiático fue un importante miembro del partido y del ejército, aunque no se sabe muy bien que hizo porque era secreto y el pobre individuo murió joven, pero que como consecuencia de sus servicios al gobierno y al partido, el padre del chino estudió arquitectura, el chino pudo salir del país y al padre se le permitió tener dos hijos, lo cual es algo excepcional en esa tierra. Todo esto lo extrajimos con el consabido método de san Pancracio, animando al amarillo a introducir en su país el catolicismo como religión principal que es algo que siempre que lo intento lo pone de los nervios. Yo andaba vendiéndoles las ventajas de una religión que permite comer de todo, que permite practicar el sexo por todos los agujeros corporales, que permite hacer de casi todo y que tiene robustos sistemas de conmutación de errores (que en esta religión son pecados) lo que nos permite recibir actualizaciones gratuitas (llamadas perdón) y seguir pecando (es decir, teniendo nuevas fallas de comportamiento o errores). Yo soy muy chabacano, así que sabía de antemano que él alegaría que nuestra religión no se puede implantar en su poblado país por culpa de la prohibición en el uso y abuso de sistemas anticonceptivos y desde el momento en que aplicó esta linea defensiva contraataqué conque él tiene una hermana en un país en el que no se puede tener más de un hijo. El turco se encargó del resto. Estábamos en estos temas cuando llegamos al restaurante.

Estaba casi vacío, pero eso es normal porque eran las ocho y media y en Holanda la gente cena entre las cinco y las siete de la tarde. Fue abrir la puerta y entrar y aparece el camarero que se pone a hablar en turco con mi amigo y a abrazarlo y darle besos. Un mal rollo de cojones. Yo pensaba que no podía ser peor, pero estaba muy equivocado. Cuando terminaron el intercambio de información encriptada, el tío se volvió hacia el chino y lo empezó a besuquear y abrazar con la misma alegría. Yo traté de huir dando discretos pasos hacia atrás pero no hubo manera. Me sobó, me abrazó y me besó con ese bigotón a lo Sadam Hussein. Algo traumático y que me provocará pesadillas el resto del mes. Conseguimos llegar a la mesa pese al sobón aquel que se fue a traer la carta. Volvió acompañado del cocinero, el pinche de cocina, el otro camarero y dos más que estaban sentados en una mesa al fondo. No quiero que sientan lástima por mí pero todo el mundo me besó y me abrazó. Me sentía peor que la barbie chochona. Cuando acabaron con nosotros tenía la cara babeada. Hubo uno sólo que no se acercó y era el camarero holandés que tenían trabajando allí, al que se identifica claramente por ser rubio y por su típico rictus neerlandés.

Pedimos cerveza turca y el hombre se fue a traérnoslas. En ese instante mi amigo nos advirtió que es una cerveza muy mala y que parece meados de cabra montesa, pero si no pedimos eso los tíos van a creer que despreciamos su bebida nacional y tenemos que sacrificarnos por el bien de las relaciones oriente-occidente. Le dije al turco que no se preocupara, que yo me crié tomando cerveza Tropical y CCC Dorada, que también son como meados, pero de perra pulgosa. El turco cree que la razón de lo mala que es la cerveza en su país es el agua y yo le dí la razón, porque la fábrica de Tropical está al lado de las instalaciones de reciclado de agua de la ciudad de Las Palmas y siempre he pensado que es muy tentador el coger esa agua gratuita y usarla para fabricar su amarilla bebida.

El camarero nos trajo el líquido y nos dijo que nos olvidáramos de pedir entrantes porque nos iban a traer los que le salieran de los huevos al cocinero, ya que éramos como familia. De plato principal pedimos todos Kebab aunque en diferentes estilos. Uno con yogurt, otro picante y otro normal. Aquí cambiaron las alianzas y fuimos el chino y Yo los que empezamos a acosar al turco para que nos contara estas confianzas. Según el turco, era la segunda vez en su vida que iba a comer a aquel sitio, sólo una semana después de ir por primera vez con una turca a la que le ha echado el ojo y a la que confiaba en echarle al menos cinco casquetes. Lo de la turca parece ser que no funcionó, pero al menos le gustó la comida. Nosotros, que sabemos que este hombre miente más que un político español, seguimos con la presión, pero él no se salía de la historia. Le presionamos con todo tipo de tretas, preguntándole si había comentado que tenía una hermana casadera y por eso nos trataban como príncipes, o sí la chocha que había traído la semana anterior era tan espectacular que se ha convertido en el héroe del establecimiento hostelero. Según él, la chica es normal tirando a vulgar, una más del montón y dado su fracaso a la hora de intentar jincársela, la fémina es más estrecha que el callejón de la pulga.

Juro ante el Dios de los cristianos que lo intentamos, pero no hubo forma. A todas estas, nos fueron trayendo los entrantes que constaron de un salpicón sin pulpo, otro salpicón a la Arguiñano, es decir, cargado de perejil, una pasta con la misma textura que el gofio pero que sabía agria, unas aceitunas con pipa, que el chino se tragó pensando que era substancia comestible, una especia de jamón de vaca, que sabía un poco como chorizo y que estaba cocinado al horno envuelto en papel y para acabar con los entrantes, unas anchoas fritas, que el chino se comía quitándoles el espinazo mientras que yo y el musulmán nos las tragábamos enteras, como debe ser. He de decir que los entrantes estuvieron muy bien. Yo hubiera cambiado el jamón de vaca por un chorizo asturiano, pero en fin, esta gente se han condenado a sí mismos a no comer carne de gorrino.

Los Kebab eran de cordero. Venían acompañados de arroz y con verduras. Unos platos de morirse de grandes. Terminamos encochinados con tanta comida. El chino nunca ha entendido por qué en las cocinas de otros países salvo el suyo, se ponen los vegetales crudos en el plato. Como hace siglos que renuncié a que comprendiera y aceptara el concepto de ensalada, me he creado una nueva teoría, el círculo de la vida. Mi tesis es muy sencilla: El cordero come verduritas, como las zanahorias, la lechuga y demás, es decir, las asesina para alimentarse. Después viene el hombre, que es tan malo y retorcido como el cordero y lo mata y nos lo comemos, pero para completar el círculo y para honrar la memoria del animal, ponemos unas pocas verduras en el plato como ofrenda ritual al Dios de la carne de cordero. Parece que con esta sencilla teoría he convencido al chino, porque ahora al menos entiende que no nos comamos las verduras, puesto que son una ofrenda a los dioses y no vamos a afrentarlos zampándonoslas. Esta teoría se vendría abajo si saliéramos a comer con alguien que se coma la ensalada que viene en el plato, pero como aún no ha sucedido, se mantiene sin fisuras.

Tras la comida nos quedamos echando buchitos como los bebés, para evacuar el aire de los tripones. Tras casi una hora de tertulia decidimos ir a otro lugar a tomarnos algo. Con el miedo en el cuerpo, el turco avisó para pedir la cuenta. La idea era pagar y salir por patas. El tiro nos salió por la culata. Según nos trajo la cuenta, aparecieron de nuevo todos, incluido esta vez el rubio holandés y empezaron a abrazarnos y besarnos nuevamente. No creo que convenzamos al chino para volver a aquel sitio. Salimos de allí babeados de arriba abajo y con unos barrigones como los de una embarazada.

La última copa nos la tomamos en la cafetería que está en la esquina del hotel Amstel, justo al lado de la casa del turco. De nuevo he de decir a las señoras y señoritingas que leen esto que en esa misma cafetería se tomaban los capuchinos los metrosexuales de Ocean’s twelve. El camarero de noche tiene una pérdida de aceite increíble, además de estar perdidamente enamorado del turco. Eso se ve de lejos. Es vernos entrar y suelta los trapos y viene corriendo hacia nosotros. Pensé que este también nos besaba, pero conseguimos controlarlo escudándonos en una mesa. El turco dice que nunca viene a este bar solo, ya que no cree que salga de una pieza si lo hiciera. El camarero encima es del sur de Holanda y no le entendemos una mierda cuando habla, porque todos nosotros estamos educados en el alto Holandés que se habla en el Randstad, la zona central del país. El camarero también sabe que hablamos en inglés entre nosotros y con él, pero eso no quita que él siempre intente decirnos cosas guarrillas en su lengua, cosas que quizás sea mejor no comprender.

Acabamos la noche allí. La próxima vez los voy a convencer para ir a un español y pegarnos un atracón de fabada, para bautizarlos en el fascinante mundo de los castañazos.

8 opiniones en “La cena turca”

  1. Fue una gran velada, a ver cuando vienes aqui, traete al turco y al chino, que ya son como de mi familia. Os invito a comer a mi casa, y prometo contenerme los besos y sobeteos.

  2. Estamos buscando pasaje para irnos un fin de semana a Estocolmo, que debe ser alguna ciudad por ahí arriba. El chino no va ni muerto, pero el turco y Yo queremos hacer algo de turismo nórdico. Este fin de semana no pudimos encontrar billetes baratos, pero desde que los consigamos, emigramos un par de días.

  3. Jo, a mí me gustaba más el interfaz con las opciones antiguas.
    Si la nueva política viene impulsada por mi comentario sobre cierta hermana latina, puedes volver atrás que te garantizo que no volverá a suceder.

  4. A mí también me gustaba más antes, pero no estoy dispuesto a que dos gilipollas me tengan todo el día borrando comentarios, bloqueando IPs y aguantando sus impertinencias. Hay gente que no entiende que esto no es un servicio público, sino una página de alguien que paga y que por ende hace y permite lo que le sale de los mondongos.
    La culpa no fue tuya. Más bien cierta gilipollas española (que no era hermana latina, sino hermana peninsular, según su IP y más concretamente usuaria de Uni2), que debería dedicarse a meterse cosas por la pipa del coño y dejarse de joder a los demás. Y si lo que necesita es un macho, un tío mío tiene varios machos cabríos que no dudarán en jincársela con huevos y todo. Otro con dos carreras me jodió bastante, sobre todo con su doble juego y sus polladas infantiles. Ese ya ha emigrado como comentarista a otra bitácora y con suerte no volverá nunca más a entrar aquí.
    Pero mejor pasar página, reducir el contenido a la vista para que se aburran y se vayan y cuando no haya pollabobas en la costa, volveré a suavizar la cosa. Por ahora, seguiré bloqueando IPs con gran alegría.

  5. Pobre chino, a ese no le volvéis a sacar a cenar por ahí a otro sitio que no sea un restaurante chino en la vida. Yo estoy contigo, porqué comer cordero (que no me gusta) cuando el cochinillo está de vicio?? Besillos!!

  6. Bueno, ya convencimos al chino para ir a un argentino en una ocasión. Con paciencia y con constancia lo volveremos a engañar.

  7. ¿Tu amigo oriental engulle queso y otros derivados lácteos? En los restaurantes de comida asiática no tienen nada de estos alimentos en la carta -excepto los helados-, pero quizás tras unos años por allí le ha cogido afición.
    La teoría del círculo de la vida es muy buena. Explica a la perfección los guisantes y zanahorias que decoran los platos sajones.

  8. Mi amigo el chino come queso y leche cuando está con nosotros. No es que le parezca algo excelente, pero lo tolera. Aún así, está más por la labor de las comidas orientales.

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