La culpa es de la perra de tu hija

En este universo y en esta realidad han cambiado muchas cosas. Para empezar, el fin de semana se lo pasaron escondiéndose de mi. Antes de aventurarse a bajar las escaleras se paran tras su puerta, cuchicheando aterrorizadas. La rueda del destino ha girado y el momento de poder está de mi lado. Las chinas me tienen miedo. Nunca esperaron un mensaje tan claro y contundente. Se creían las dueñas del patio y ahora andan desconcertadas. Seguro que se lo están preguntando: ¿hasta donde llega su locura? La cuestión está ahí, flotando sobre su puerta, pero no se atreven a hacerla. Les da miedo averiguar la respuesta. Cuando me oyen subir o bajar las escucho echar el seguro y agruparse tras la puerta. Se les ha metido el miedo en el cuerpo. Si fuera un poquito más normal sentiría remordimientos, pero como nunca he sido como los demás, disfruto como un enano subiendo y bajando las escaleras a cualquier hora, parándome en su rellano a pensar mientras golpeo suavemente el suelo, con un ritmo monótono, recordándoles que estoy allí, que sigo siendo peligroso y que ellas no saben por donde les saldré. A veces me entrevén limpiándome la raña bajo las uñas con el cuchillo de cocina más grande que tengo. Otras veces, cuando se asoman, me encuentran cortándome las garras de lospies con el machete. Digo garras porque mis uñas inferiores han crecido hasta tomar el aspecto de zarpas de animal mitológico. Puedo escalar una pared sin tener que usar calzado especial. Miran hacia arriba y estoy allí, con la lijadora sacándole punta a mis uñas. Yo las miro y sonrío, con ese rictus torcido que reservo para este tipo de momentos. En seguida corren hacia la puerta y se vuelven a encerrar. Los próximos días las obsequiaré con nuevos detalles pensados para incrementar su pánico.

La perra de su hija ya no trota por el edificio. La madre le debe haber explicado que es un deporte de alto riesgo y que todo es por su culpa. Esa niña, que cuando llegó a Holanda ya era regordeta y ahora es un pedazo de cochina que parece a punto de reventar, lista para la matanza de San Miguel, me ha cogido miedo. Esa niña, que como siga engordando terminará trabajando de lastre de petrolero, un peso muerto del que se prescinde cuando hay que ajustar el barco. Esa niña que insulta la secular tradición de mujeres asiáticas menudas y pequeñas con su monstruoso cuerpo deformado por las hamburguesas. Ese bicho que hasta ahora gritaba y reventaba puertas. Veremos si lo vuelve a hacer. Veremos si es capaz. Ha comenzado la revolución y no va a ser silenciosa ni pacífica. Bienvenidas a la zona tenebrosa.