La isla Blanca y recorriendo la mitad oeste de Camiguin

El relato comenzó en Cruzando China camino de Manila

Cada lugar que visito en las Filipinas es totalmente distinto del anterior y en cada sitio hay movidas distintas. Como sucedió el año pasado cuando estuve en Siquijor, la isla de Camiguin está relativamente poco explotada turísticamente, al menos en lo relativo al turismo internacional. Calculad que el aeropuerto solo tiene un vuelo al día, a Cebu y solo para setenta y dos personas. Tampoco es fácil llegar por barco. Por eso, aquí no hay sofisticadas excursiones organizadas en las que te recogen, te llevan de sitio en sitio y te dan de comer. Aquí te tienes que buscar la vida. Por la mañana, aprovechando que estoy a quinientos metros del muelle desde el que salen los barquitos que te llevan a la Isla Blanca, fui a verla. Sobre las siete de la mañana o para los más puristas, cuatro horas antes de la hora Virtuditas. Los locales van a esa hora porque saben que después el sol castiga que no veas y allí no hay sombra alguna. Del negocio de los barquitos vive medio pueblo y lo tienen muy elaborado. Me costó unos ocho leuros y el viaje dura unos diez minutos. Te puedes quedar unas cuatro horas como máximo. Es una franja de arena blanca en el medio del océano, con forma de boomerang. Desde allí hay unas vistas espectaculares de la isla de Camiguin y combinadas con la arena blanca, es un sitio muy fotogénico. Hice un montón de fotos y me pegué un gran pero que gran rato en el agua. Regresé a las nueve y pico y volví a mi motel y alquilé una motocicleta para perderme por la isla. 

Lo que me gusta de las excursiones preparadas y ejecutadas por otros es que tú te limitas a disfrutarlas y cuando llevas la moto, tienes que ir pendiente del camino, de los niños que se lanzan a la carretera, los perros y demás. Hay una carretera de circunvalación de la isla que va por la costa y que en total tiene sesenta y pico kilómetros. Mi primera parada fue para subir a pasear por el monte llamado Old Vulcan o Volcán viejo. En realidad lo único que no se puede ver es el volcán pero hay unas vistas espectaculares desde arriba. Este es un paseo medio-religioso para los filipinos ya que en la subida están todas las estaciones de Jesús, esas que se hacen en Semana Santa, todas hechas con estatuas. En la primera se puede ver cómo Jesús está como con dos julays que parecen españoles hablando con los nativos y diciéndoles que los españoles son gente buena y chachi y de los únicos que tienen que tener muchísimo miedo es de los joputas-truscolanes-de-mierda, como todos sabemos tan bien. Para cuando llegué a la decimotercera, estaba necesitado de una bombona de oxígeno y de litros de agua. Subir una montaña con más de treinta grados es una tortura. Al bajar, fui a ver el Cementerio hundido, en el lugar en el que estaba la capital de la isla en tiempos de los españoles y justo el sitio en el que un volcán submarino erupcionó en el siglo XIX (equis-palito-equis) y en veinte minutos acabó con la cuidad, mató un montón de gente y hundió el cementerio de la misma en el mar. Nadie se acuerda de los nombres de aquellos muertos pero los recuerdan con una cruz enorme en el agua. En un chiringuito me pillé una botella de Cola Loca y me la bebí de un tirón delante de la vendedora. Cerca de allí están las ruinas de la vieja iglesia. Se ve que era enorme, seguramente una catedral. 

Cambién de tercio y segúi bordeando la isla camino del Bura Soda Water Park, una piscina natural con agua carbónica. Es súper-popular entre los filipinos. Para que os hagáis una idea, éramos siete turistas extranjeros entre doscientos filipinos. La piscina me vino de perilla para sobrevivir a la caló. Estuve allí bastante tiempo, casi dos horas y después seguí hacia las cataratas Tuasan, con una caída de unos veinticinco o treinta metros. Muy bonitas para hacer foto pero pasé de meterme en el agua. Mi siguiente parada fue en en el Santo Niño Cold Spring, otra piscina de naciente solo que esta es con el agua fría, pero fría. Ahí sí que me bañé. Éramos dos los extranjeros en el lugar. Estuve otro rato largo y después se me ocurrió ir a ver las cataratas de Binangawan. Estaban nueve kilómetros tierra adentro, por una carretera que ascendía sin parar y al final desaparecía sin rastro de las cataratas. Creo que subí por lo menos quinientos metros de altura o más, allí no había nada de nada, se acercaba la puesta de sol y lo que menos me apetecía era verme en el medio de la nada. Opté por confirmar el fracaso y regresar a la costa. Después deshice el camino andando y volví por el mismo lado de la isla, lo cual me tomó unos cuarenta y cinco minutos. Llegué a tiempo de ver otra fabulosa puesta de sol y después me fui a cenar. Lo de ir en moto cansa, sobretodo combinado con trepar montañas, tirarte en piscinas naturales con aguas a distintas temperaturas y visitar islas de arena blanca así que acabé el día agotado.

El relato continúa en Mantigue y la mitad este de Camiguin

2 opiniones en “La isla Blanca y recorriendo la mitad oeste de Camiguin”

  1. Como piensas en mí a pesar de andar por ahí con cinco nórdicas….. si ya sé yo que la atracción está… y además nada más levantarte ya estás recordándome…. aish sulaco, supéralo, no va a poder ser!!! 😉

Comentarios cerrados.