La letra con sangre entra muchísimo mejor

De cuando en cuando, alguno de los julays que tengo enfilados en el trabajo decide que ha llegado la hora de comenzar una guerra conmigo y estas cosas siempre terminan mal o muy mal, para ellos, que yo sigo con mi mantra y a la hora de batallar, solo vale la victoria y al enemigo, ni agua. Esta semana, o más bien estas semanas, se fue gestando el último episodio con un gerente que quiere vender algo en Europa, Oriente Medio, África y Rusia y sus satélites, o sea, en mi reino, que sí que es de este mundo. Ya le expliqué en su momento que en lo que a mi y a los ciudadanos de mi reino nos concernía, podía usar el bote grande de vaselina que hay en mi escritorio para meterse su producto por donde no entra el sol, así que el chamo decidió puentearme y tratar de pasar a mi lado sin que lo note. Su estupidez debe ser mucho mayor de lo que creíamos porque montó una especie de club clandestino para saltarse todos los procesos de la empresa, pero siendo cuatro gatos, la gente en ese club me informaron instantáneamente y en manada de lo que estaba sucediendo, así que lo dejé jugar y confiarse. La semana pasada comenzó a escucharse el rumor en la máquina de café del inminente inicio de las actividades y de nuevo, dejé que se macere su confianza como sudor en el ombligo. Finalmente, el lunes, decidió lanzar su ataque y trató de comenzar las cosas a mis espaldas pero para ello necesitaba recursos de mi jefe. Al llegar a ese hito, mi rodillo se puso en marcha. Mi jefe me pidió que comenzara oficialmente el trabajo en un correo en el que el tiparraco ese delimitaba su pequeño comité conspiratorio. El chamo trataba de saltarse todas las reglas que hay en la oficina y además todas las líneas jerárquicas, que en una empresa de los amarillos, son muchas y muy importantes. Usé el correo de mi jefe para informarle a él, con copia a unos cuantos jefillos, de los pasos a seguir. El correo, más o menos, con las oportunas licencias y hurtos literarios, venía a decir:

Estimadísimo julay,

Mi jefe, que el gran Dios quiera tener algún día muy lejano en su gloria, me ha pedido que te ayude y yo, con esa bondad tan infinita que me caracteriza y que está profusamente documentada he aceptado el reto porque soy así de generoso. Parece ser que quieres empetarnos a nosotros, los seres superiores de Europa, Oriente Medio, África y Rusia y alrededores, o eso que sintetizamos como EMEAR, un nuevo producto que ni queremos, ni deseamos. Déjame que te diga, de entrada, que espero por tu bien que te hayas leído esa novela que es una obra maestra de Frank Herbert llamada Dune. En la misma, que si no has leido seguro que encuentras información en la Wikipedia, el emporio estaba gobernado con ayuda de ciertas Casas, grupos de poder. Nuestra empresa, igual que aquel emporio, tiene sus Casas, reinos de taifas en los que príncipes menores controlan grupos de actividad y como por circunstancias de la vida que no son menester hemos sufrido y padecido decenas de reorganizaciones, esas Casas han ido cambiando de forma y de contenido y hasta de manos, tal cual si fueran dinero. En tu propuesta del equipo para ayudarte y que todos los que han recibido este correo pueden ver más abajo, te saltas el sistema de las Casas, que no solo es sagrado, es además aquel que usamos para nuestra certificación de calidad, esa cosa llamada ISO con la que tú igual te limpias el trasero cuando jiñas pero que aquí es muy importante. Así te digo, queridísimo compañero, que si quieres iniciar la actividad, el primer hito en el camino es una reunión en la que se informa a la organización. A esa reunión, que tú has decidido saltarte, tienes que invitar a todos y cada uno de los príncipes, los jefes de Casa, a sus subalternos y a aquellos que creas que puedan estar relacionados con las tareas que son necesarias. En este caso, estamos hablando fácilmente de veinticinco julays, veinticinco, de un total de ciento y poco, que son el mínimo necesario y suficiente para respetar los elevados índices de calidad de nuestros sacrosantos procesos. Privar a uno solo de esos julays de su presencia en la reunión es un delito que nos resulta difícil de comprender al resto. Quiero que sepas que ya he reservado la sala de actos de la empresa para tu reunión y la pongo a tu disposición para que des tu espectáculo.

Con un fuerte y para nada cariñoso abrazo

The Chosen One, il Scelto, el Elegido, de Uitverkorene

Mi mensaje salió del buzón de mi correo ya envenenado y con una lista de prima donnas que iba desde la primera a la última Casa. Cada uno de los Príncipes, al leerlo, se sintió atacado y personalizó este intento de robarles poder, la desfachatez de usar sus preciosos recursos para una tarea sin que previamente ellos lo hayan autorizado. La cascada de reuniones de emergencia que provoqué fue creciendo en volumen y a más caudal, más ruido. La previsión meteorológica en el interior de la empresa pasó de calmado y soleado a nublado, seguido de un previsible temporal y finalmente una marejada con fuerte marejadilla, alerta amarilla y gran peligro. El chamo fue perdiendo color, según pasaban las horas. Al final del día, después de que yo me fuese a casa, hubo un cónclave de los jefes de todas las Casas y se cargaron el producto, lo vetaron y exiliaron de nuestro reinos. Ni lo queríamos, ni lo necesitábamos, ni se iba a vender, eso es algo que todos tenemos claro, así que perder el tiempo en algo destinado al fracaso es absurdo. Después de que tomaran la decisión, lo obligaron a mandar un mensaje, a todo el mundo, disculpándose y confirmando que su intento no estaba destinado al fracaso, su intento fracasó.

Hoy el chamo se lamía sus heridas y se lamentaba, aunque puedo confirmar que cuando me mira, hay una chispa de odio intenso al fondo de la pupila que me produce una alegría tan grande que no se puede cuantificar. No solo perdió la batalla y la guerra, se ha ganado el odio profundo de un puñado de jefillos de Casas que ya han pasado a felicitarme por mi excelente trabajo salvaguardando sus taifas respectivas y ya han advertido a los suyos, a los que fueron elegidos en secreto, que tienen tarjeta amarilla y mejor se andan con cuidado si quieren seguir en el terreno de juego. El día que en mi empresa haya un oponente digno de luchar contra mi, me hago culocochista como Genín y Virtuditas.


3 respuesta a “La letra con sangre entra muchísimo mejor”

  1. Pues entonces nunca serás culocochista, sabes de sobra que ni ella ni yo lo somos…jajaja 🙂
    Salud

    Mensaje enviado desde mi coche

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