La madre de todas las tartas

Una vez al año un grupo de compañeros celebra el SUPER-Cumpleaños. Se juntan seis y lo celebran conjuntamente, por aquello de las sinergias y el ahorro de costes. Para tal magno evento, compran una tarta de UN METRO DE DIAMETRO, la cual podéis ver en la foto en rigurosa exclusiva universal. Es una pena que no hubiera nada que poner a su lado para que apreciéis el masivo tamaño de la misma, pero si os fijáis veréis que la tarta cubre toda la mesa sobre la que reposa.

Suelen enviar la invitación a toda la compañía, o concretando en números a unos trescientos machos, 1 transexual y 10 hembras. No todos se dejan caer por allí pero sí los suficientes para casi acabar con la tarta. Siempre suele quedar algo que desaparecerá a lo largo del día, ya que una vez acabado el evento se queda en ese lugar para que los rezagados, los golosos y los tragones puedan repetir o probarla por primera vez.

Lo de los cumpleaños en Holanda es un poco diferente a España. Aquí es la persona que cumple la que invita a todo el mundo a tarta, o más concretamente, a toda la gente que conoce o con la que trabaja de forma regular (compañeros y jefillos). Se suelen celebrar estos eventos en el despacho del susodicho, normalmente a las 10 de la mañana o a las tres de la tarde. Todo el mundo acude a la hora indicada, estrecha manos con el agraciado y coge un pedazo de tarta. Después se ponen en círculo alrededor del colega y se comen la tarta sin hablar nada o haciendo algún comentario tonto. A mí personalmente me ponen de los nervios estos eventos, me parece muy raro eso de juntarme con quince o veinte personas y que nadie diga nada. No lo veo muy normal. Además, como soy más popular que los tampones usados de Ana Obregón, tengo al menos dos de esos eventos por semana, lo que puede tener serias consecuencias para mi barrigón, así que acudo, estrecho manos, felicito y me disculpo por no comer tarta dándole un agarrón a mi barriga bien hinchada de aire y con la más dulce y lastimera de mis expresiones faciales, la cual he mejorado mucho después de que vi al Gato con botas en Shrek II.

Cuando llega mi cumpleaños, allá por enero, suelo traer surtido de Navidad del carrefour comprado a un euro el kilo, turrón y pastelillos de gloria de alcampo y los invito a una degustación de productos típicos de las navidades españolas. Acuden en masa y se jartan a probarlo todo. Como yo alterno mucho con la cúspide del cotarro, los lameculos, chupapelotas y demás fauna silvestre no se pierden mi evento, al que sólo se puede acudir por rigurosa invitación personal recibida por correo electrónico y mediante el frustrante sistema de la copia oculta, lo que les impide saber quien más está invitado.

Al cumpleaños del transexual no quiere ir nadie porque es más mujer que ninguna, según él y se empeña en estamparnos tres besos en la cara. Yo suelo coger vacaciones esa semana ya que desde que el travelo se cambió de acera me ha tenido en el ojo de mira y ya lo padezco bastante, aparte que juraría que no sólo te da el morreo, sino que te lo da con lengua en la mejilla, porque acabas con la cara babeada.