La mudanza

El sábado por la mañana me levanté temprano. Desmonté el ordenador, que fue lo último y me fui a alquilar la camioneta de mudanza. Para aquellos que viven la vida feliz sin hacer copias de seguridad de sus cosas, decirles que tengo todas mis fotos en tres formatos diferentes. La colección completa está en flickr, también están en el disco duro de mi equipo y en DVDs. Todos los documentos, el correo de los últimos ocho años y demás también tienen sus respectivas copias de seguridad, actualizadas el viernes. A menudo me llegan los correos de los llorones que por culpa de algún virus lo han perdido todo. Siempre sois los mismos y nunca os tomáis la molestia de realizar copias de seguridad. Joderos. Volviendo a la mudanza, una vez alquilada la furgoneta, recogí a mi amigo el holandés y comenzamos a trabajar. Decidimos hacerlo en dos fases: primero bajar las cosas a la calle y después cargar la furgoneta. El turco llegó cuando acabábamos de comenzar. La china de mi vecina se pegó un punto y nos ayudó a bajar las cosas, acto que la redime a mis ojos y a los ojos de mis amigos. Puede que tenga que ver el que le arreglé el ordenador el fin de semana pasado. Bajarlo todo a la calle fue un latazo. Las escaleras holandesas no son muy amigables y tener que mover cosas pesadas por esos minúsculos escalones es una actividad de muy alto riesgo.

La china se quejaba de que mi casa olía raro y mis amigos se quejaban de que al pasar frente a la casa de la china apestaba que no veas. Nunca llueve a gusto de todos. Mi casa no huele a nada y quizás ese es el problema. La casa de la china huele a los mejunjes que cocina para ella, su hija y los ilegales de turno, en este caso es otra chica a la que pudimos vislumbrar brevemente antes de que la china le ordenara encerrarse en la casa y permanecer allí hasta nuevas órdenes. Con todo en la calle aparcamos la furgoneta cerca y la llenamos en media hora. Tanto el holandés como el turco parecen ser especialistas en este tipo de cosas y se dedicaban a repartir órdenes y discutir entre ellos sobre la estrategia a seguir, ignorándome completamente. De alguna manera logramos meterlo todo salvo la Poderosa, mi bicicleta grande. Esta última tuvo que viajar en el bemeta del turco. Partimos hacia mi nueva casa con un regusto amargo en el estómago.

El proceso de descarga fue mucho más simple y conseguimos terminarlo casi sin problemas. El único suceso luctuoso fue una caja que se le cayó al otomano y que resultó en una fuente de cristal rota. Terminada la mudanza, nos sentamos a descansar por unos minutos en el parque de niños que hay tras mi casa, ya que aún no tengo mesa y sillas para el jardín. Los invité a unas cervezas Heineken pero no hubo mucho éxito. Trataron de bebérselas pero al parecer estaban caducadas. Seguro que tiene mucho que ver el que yo no tomo esa marca y haciendo memoria creo que las compró er cuñao la última vez que estuvieron por este país, hace al menos dos años.

Antes de romper la comunidad de la mudanza visitamos la casa del chino para comparar y poder criticar a gusto. El asiático nos hizo la gira completa y omitió el uso de las habitaciones. Yo ya me encargué de iluminar a los otros, así que ellos le preguntaban y el otro tuvo que decir la verdad.

Llevé al holandés a su casa, pasé por una tienda macro-ferretería para comprar algunas cosillas, devolví la furgoneta y volví a mi casa para gastar lo que quedaba de la tarde montando los pocos muebles que tengo y sacando las cosas de las cajas. Por la noche caí rendido en la cama en mi primera noche en mi nueva casa.