La ?pera

Nuestra búsqueda de la intelectualidad nos está llevando por los caminos más misteriosos. Superada la infancia y la eterna adolescencia, en nuestra madurez nos hemos establecido unos objetivos que exigen mucho de nosotros. El camino hacia el reconocimiento intelectual está plagado de obstáculos que a primera vista siempre nos parecen insalvables.

Hace poco tuvimos una nueva prueba. En la empresa del turco le dieron entradas para ir a una ópera de Wagner, en el fantástico teatro de Ámsterdam, un edificio precioso y con una arquitectura muy vanguardista. El turco trató por activa y por pasiva de embaucarme, pero yo me negué de plano. Mi intelecto no está preparado para un baño de cultura semejante y además, aún tengo frescos en la memoria los vídeos que nos obligó a ver la profesora de música en el instituto. El hombre echó mano del chantaje emocional, pero sin éxito. Yo desde que presiento que me manipulan me vuelvo autista y no hay quien me saque del PoZi y del PoZNo. Así que visto que no torcía el brazo y que la fecha se le venía encima, tuvo que recurrir a la turca, su hermana. La chica en el tiempo que lleva en Holanda no interacciona mucho con nosotros. Fue enterarse que la llevaban a la ópera y se puso como cabra en el monte. Salió galopando a comprarse un tremendo traje de galas de ópera, a pedir cita en la peluquería y al ingeniero estilista. El turco miraba todos esos movimientos con un poco de aprensión. Al fin y al cabo, no es más que un espectáculo en el que unos panolis gritan desde el escenario mientras la gente los escucha embelezados. Así pasaron los días, con la excitación por el magno evento.

Y llegó el gran día. La turca en el taller de chapa y pintura preparándose para el evento. Todo listo. El traje espectacular listo para recibir el cuerpo de su ocupante. Unas horas antes de la presentación en la sociedad amsterdamita el turco comunica que va a la ópera en vaqueros y camiseta, que eso de ir engalanado se estilaba en los setenta y en los ochenta, pero la juventud de hoy en día ya ha superado esos clichés. Os imaginaréis que la bronca fue épica. En los miles de años del idioma turco nunca se escucharon las palabrotas e interjecciones que se escucharon ese día. Volaban reproches como dardos envenenados de un lado a otro. El turco mantuvo posiciones indignamente y se salió con la suya. No sólo se puso vaqueros, sino que para más INRI se puso los que tiene totalmente rotos y le permiten enseñar los lamparones de los calzoncillos. La otra no dijo nada, pero su mirada fue de las que echan mal de ojo.

El teatro está muy cerca de donde viven, lo que les permitió ir andando. Llegaron con tiempo y se encontraron el lugar vacío. Prácticamente ni un alma. Para un evento que tenía agotadas las entradas era algo muy raro. El turco fue a lo suyo. Se metió en el bar y a pasarse por el forro de los gayumbos las normas del profeta y pegarse unas cervecillas. La turca mientras tanto estaba como gallo en gallinero. Yendo de lado a lado del gran salón para que los pocos que allí estaban pudieran admirar su traje y su estilismo. A diez minutos para el comienzo, aquello se llena. El turco levanta su vista del vaso y se percata que allí todo el mundo era 65+, todo chicas y chicos en la tercera juventud, calditos maduros y sabrosones. También nota el cambio en el ambiente producido por la columna de laca que se elevaba hacia el cielo desde aquel edificio provocando un agujero en la capa de ozono que protegía la ciudad. El tufo a laca mezclada con perfumes es insoportable. Todas vestidas con horrorosos vestidos, maquilladas como cualquier indio Cherokee antes de la batalla y todos los ancianos con traje. El turco relucía entre toda aquella gente como una rosa en una montaña de estiércol. Se sintió un poco avergonzado, pero ya no había cura, así que apuró el ritmo de bebida. La turca no ayudaba, restregándole su error una y otra vez. La gente los miraba y mostraba su desagrado. ?l no era uno de los suyos. Todos pensaban que debía ser un nuevo rico que traía a la ópera a su caprichosa chica, aquella que parecía una fulana trabajando en el edificio.

Entraron en el teatro y tomaron posiciones. A su lado quedaban dos asientos vacíos. Cuando falta escasamente un minuto aparecen sus vecinos. El director de la empresa del turco estaba allí, trajeado, con su esposa, que parecía un expositor de joyería de hipermercado de tan cargada de abalorios como iba. El turco perdió el color. Encima el hombre lo reconoció. Tierra trágame. Aquello era una Desgracia con mayúsculas. Por suerte la función comenzó al momento y no hubo tiempo para la tertulia.

Nadie les había dicho nada de la ópera. Y claro, la cultura es universal y no tiene idiomas, así que el hombre tampoco se había preocupado en buscar información por Internet. Cuando los dos panolis que estaban en el escenario empiezan a cantar en alemán, el turco se llevó el primer disgusto. En la parte superior del escenario había un panel en el que se podía leer la traducción al holandés de lo que decían. Después de cinco minutos con aquellos dos gritando en germano sin que les entendieran nada, el turco comienza a amodorrarse. Sus párpados se vuelven pesados y tienden a caer. No pasan ni dos minutos y ya está roncando. La turca le arrea un codazo y lo despierta. Se sacrifica y consigue aguantar casi un minuto despierto hasta que vuelve a dormirse y comienza su particular canto. Otro codazo, pero esta vez aguanta menos tiempo despierto. Entre sueño y sueño, aquellos dos siguen en el escenario, en las mismas posiciones y cantando lo mismo. Para él todo sucede entre dos velas. Duerme y despierta, mira a aquellos dos gritando en un idioma extraño y vuelve a caer dormido. Así durante toda una vida. Pasa el tiempo, pero no ocurre nada. Esto debe ser el infierno.

Dios el misericordioso, nuestro católico Dios, se apiadó de él y llegaron al intermedio. La turca le susurró al oído la palabra mágica: cerveza. Saltó de su asiento. Salieron y la fémina le dijo que mejor se iban, que ya a ella la había visto todo el mundo y aquello era una mierda infumable. Ella habla alemán pero no se había enterado de nada y encima no podía concentrarse porque se pasaba el tiempo despertándolo para que no montara escándalo con sus ronquidos.

Tomada la decisión, se movieron estratégicamente hacia la salida de una manera despreocupada y casual, como quien sale a fumarse un pitillo. Cruzada la puerta perdieron la dignidad y se echaron a correr. Cuando ya estaban a una distancia prudencial aflojaron el paso. Mirando a su alrededor se dieron cuenta de que no eran los únicos que habían huido. Otros corrían como almas que lleva el diablo por la misma calle, junto al gran canal Amstel. Es más, ¿no son aquellos dos que van por allí delante el director y su esposa? PoZi. Después de todo no salió tan mal. El director nunca supo que el turco también había huido.

2 opiniones en “La ?pera”

  1. Qué momento! De esos que desearías no haberte levantado de la cama en todo el día. A mi la ópera no me entusiasma, solo me gustó Madame Butterfly y por el vestuario… Besillos!

  2. Yo lo de la ópera no lo veo nada claro. Aunque es perfecta para echarte una siesta. De todo lo que nos torturó la profesora de música en el instituto, creo que sólo me gustó Verdi.

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