La visita a la isla Virgen

El relato comenzó en El salto a Dubai que comienza las vacaciones

Mi segunda mañana en Santa Fe comenzó on un desayuno a las siete de la mañana y el restaurante del hotel petado. A los filipinos les fascina irse tres o cuatro días de vacaciones pero como el dinero no abundan, a la hora de desayunar, por ejemplo, se piden algún plato de carne (adobo o similar) y un montón de arroz y después lo reparten entre los comensales. No tienen paciencia para esperar que los camareros vayan a sus mesas (o no están acostumbrados) así que se acercan a la zona de La Cocina y piden directamente allí. Si pueden, se llevan ellos mismos los cubiertos, platos y demás. Es un tipo de vacaciones “low cost”. Otro flipe es como cada uno de ellos, repito, cada uno de ellos se hace básicamente unos cientos de fotos durante esos días de vacaciones, por ejemplo delante del cartel del hotel, mirando al horizonte con la cámara por detrás de ellos, sonriendo, junto a extranjeros (me he vuelto un galgo a la hora de escapar de esas sesiones que nunca se acaban y que atraen a quince más y cada uno quiere diez fotos distintas contigo en diferentes posturas) y en cualquier otra postura que se les ocurra. Unos les hacen las fotos a otros, después vienen las grupales, que se repiten varias veces para que todos los teléfonos las tengan y después vienen los vídeos. Todo eso gritando todo lo que pueden y más para que todo el mundo en un radio de doscientos metros sepan que están allí de vacaciones. 

Volviendo al relato, mi día comenzó temprano desayunando y después me venían a buscar para ir a la isla Virgen, nombre que le dan por el turístico pero que no es el suyo. Me recogió un chamo que seguramente tiene veinticinco años o así y aparenta la edad de Genín con dos niños pequeños, que como están de vacaciones se los trajo. El trayecto hasta la isla tomó unos carenta minutos y al llegar ya había un montón de barquitos allí. En la orilla me esperaba el poli de la isla y otro para llevarme a La Oficina de inscripción y que pagara el impuesto de entrada. Para ser una isla “virgen”, tenía varios edificios, baños, tiendas y caminos hechos de cementos, sombrillas fijas de madera, hamacas y un montón de plantas que no son del lugar. Se ve todo como muy de Disney pero para nada te hace recordar a una isla “virgen”. La playa principal está dividida en dos. La parte más fea es el aparcamiento de los barcos y la otra tiene incluso una estructura de cemento con techo en el agua para que la gente se puede poner allí a gritar a los demás, hacerse fotos y realizarse como seres humanos o algo así. 

Seguí un camino para nada “virgen” que me llevó al otro lado de la isla en donde se podía bucear con gafas y tubo. Resultó que crearon una mega-estructura de bambú para acceder al agua, anotaron la zona de buceo a unos cincuenta metros cuadrados y estaba prohibido salirse de esa zona. También pusieron un socorrista que yo creo que era el que realmente necesitaba de auxilio. Al menos el lugar estaba desierto y me quedé allí una hora más o menos. Después me volví a la playa principal, pillé una de las hamacas, que eran gratis, con sombrilla y que no se podían mover y pasé las siguientes tres horas tomando el sol y bañándome. Hoy debía ser el día con descuento para tullidos porque había varios “occidentales” tullidos o con algún tipo de minusvalía de esas visibles, visibles, que tenían su esposa filipina bonita, bonita y que se agarraba a su marido como si fuera Brad Pitt. Ni me molesto en preguntarme ¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir matrimonio por interés? A ellas les da igual, lo que cuenta es el triunfo de tener marido extranjero, de vivir fuera del país y por lo tanto, nadar en el éxito. Como que se ponen tres tampones atados por el orto para caminar tiesas como palos y mirando hacia el cielo, orgullosas que no veas. Solo les faltan las gafas esas con cristales del tamaño de parabrisas de camiones de la Rocío Jurao y prometío. 

Cuando me cansé me llevaron frente a la costa de la isla de Hilantagaan para bucear un rato más. Allí sí que había un fondo más lindo, con algunos corales y muchos peces, aunque nada como lo que se puede ver por el Nido, que será mi próximo destino. Sobre las tres de la tarde me dejaron en la playa frente al hotel y después me puse en las hamacas del hotel a tomar el sol hasta casi las cinco, momento en el que fui al centro a cenar y darme un garbeo. Y así acabó mi último día en esta isla.

El relato continúa en Desde Santa Fe a la ciudad de Cebu

Una respuesta a “La visita a la isla Virgen”

  1. Pues si ya aparenta mi edad, ese no llega a viejo ni de coña…jajaja
    A lo mejor en la isla se les apareció una de esas virgenes milagrosas como la de Lourdes, Fatima o El Rocio y por eso le llaman así… 🙂
    Salud

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *