Las islas Príncipe y regresando de Estambul

Aunque procuro pasar de puntillas y no comentar mucho sobre mis viajes a Turquía, ya que entran dentro de lo que podríamos considerar como familiares, esta vez haré alguna excepción. Desde la primera vez que estuve en el país mi amigo el Turco me prometió que me llevaría a las Islas Príncipe, un pequeño archipiélago cercano a Estambul en el que no hay vehículos con motor a gasolina y al que la gente va a pasar el día o el fin de semana. En todas y cada una de mis visitas mi amigo el Turco me dice que vamos a ir y al final no lo hacemos, lo que tampoco me importa demasiado ya que yo voy a verlo a él y a su familia y se puede comparar con mis decenas de visitas a Málaga sin pisar la ciudad (tradición que se rompió este año en enero cuando me obligaron a ver el centro de la misma). El sábado nos levantamos sobre las nueve, desayunamos y el Turco dice que iremos a las islas Príncipe. Yo me parto la polla de risa porque a estas alturas de la historia del universo no me lo creo. Lo cierto es que a las once de la mañana salimos de su casa con su Primera Hija y sin su Primera Esposa, que aprovechó para quedarse trabajando un rato en unas cosillas suyas y fuimos a Bostanc?, que como todos sabemos es unoj de los lugares desde los que se puede tomar los ferrys que llevan a las susodichas. Fuimos a Büyükada que es la isla más grande y en la que estuvo exiliado durante unos años Leon Trotski cuando los truscolanes convencieron a Stalin para que lo amenazara de muerte. En estas islas el uso de vehículos a gasolina está prohibido y solo hay burros, caballos y bicicletas, las cuales ahora se han transformado en todo tipo de aparatos eléctricos. El viaje en ferry toma media hora, un paseíllo muy agradable en uno de esos barcos que de cuando en cuando se hunden y mueren cienes y cienes de seres inhumanos. Al estar fuera de temporada el barco iba mayormente vacío y no corrimos peligro de hundimiento. Al poner el pie en la isla llama la atención la falta de coches. Dimos un paseíllo y después nos fuimos a contratar un caballo-taxi que nos diera el paseíllo turístico por la isla.

Paseando en carreta en las Islas Pri?ncipe from Weyland Yutani on Vimeo.

En el documento histórico y estremecedor anterior se puede ver la vida desde nuestra carroza, carreta o como coño se quiera llamar ese medio de transporte. La Primera Hija del Turco iba flipando en colores. El nombre de esta isla se puede traducir literalmente como la isla grande ya que es la mayor de las nueve que forman el archipiélago. Aún así, en una hora te dan la vuelta a la isla con parada incluida con lo que os podéis hacer una idea del micro-tamaño. Al regresar, seguimos paseando y en uno de esos momentos entrañables hice el siguiente vídeo que combina gente caminando, chamo con bicicleta con sidecar de carga y carrozas fastuosas con turcos auténticos acompañados de sus doñas Rogelia, equipadas con el trapo de limpiar el suelo que se ponen en la cabeza para tener siempre las herramientas de trabajo a mano.

Carretas y bicis en las islas Príncipe from Weyland Yutani on Vimeo.

El tiempo no acompañó demasiado y el lugar no era demasiado agradable así que no extendimos demasiado la visita y regresamos a la civilización usando el ferry de otra compañía, ya que por los dos leuros que nos valía el billete no merecía la pena esperar hora y media. Volviendo a la casa del Turco vimos dos o tres accidentes de tráfico, algo continuo y habitual en Estambul, ciudad en la que la gente parece que se saca el carné de los cochitos de choque en lugar del de conducir. Mi bondad absoluta me llevó a grabar uno de esos accidentes para la audiencia habitual de esta bitácora:

Accidente de tráfico en Estambul from Weyland Yutani on Vimeo.

Por la tarde fuimos a cenar por ahí y después al cine. Con la mierda de ley que impide la venta de alcohol a partir de las diez de la noche, la marcha del sábado está muy disminuida y acabamos regresando a la casa bien temprano. Al día siguiente nos lo tomamos con calma, disfrutamos de la tertulia y fuimos a llevar a la Primera Hija a clase de ballét. Allí, una julay más tronca que un lerdo con pasaporte truscolán era incapaz de aparcar en batería y conseguía no cuadrar el coche en cada una de las maniobras que intentaba. Después de cinco minutos de espera y una cola de escándalo, un empleado del recinto vino y metió el puto coche en la plaza que ella quería a la primera y sin esfuerzo. Le echamos una buena dosis de miradas de odio profundo y ella salió por patas con su hija a la academia. Después de la lección de baile regresamos a la casa para almorzar y seguir la tertulia. Por la tarde me vino a buscar el chófer para llevarme al aeropuerto y yo me tuve que sacrificar e irme en la limusina, lo cual hice después de despedirme de todos y sabiendo que un par de días más tarde volvía a ver al Turco, aunque en esa ocasión era en Holanda. El aeropuerto de Sabiha Gökçen lo conozco bien así que pasé por él eficientemente. Al facturar yo quería que me dieran fila en la parte delantera pero no sé que pasa con las hembras que trabajan en ese tipo de empresas que este año parece que se les hincha la pipa y venga a darme ventanas de emergencia, las cuales, como todos sabemos, están en el puto centro del avión. A mí me importa un carajo que tengas más espacio para las piernas, yo lo que quiero es salir por patas lo antes posible al llegar. Desde uno de los laterales de la terminal hice esta foto de la puesta de sol con una impresionante autopista roja en las nubes.

El avión llegó sin retraso y después de petarse con todos los julays que viajábamos hacia Europa, cerraron puertas y salimos. El piloto nos dijo que por el viento el viaje sería corto, de dos horas y algo, aunque después nos hacían aterrizar en la mierda de pista del Polderbaan y perdíamos veinte minutos hasta llegar al aeropuerto. Al llegar desde fuera de la Unión Europeda teníamos que pasar el control de pasaporte, el cual tiene dos ventanas para Europedos y una con cola infinita para truscolanes y otra chusma y gentuza de fuera de la Unión. Siempre está el típico pollaboba sabelotodo que trata de hacerse el tonto y ponerse en esa cola y que acaba descubriendo que a las personas que trabajan ahí no se la pueden colar y tendrán que regresar a la cola de seres inferiores. Salí, compré mi billete de tren y bajé al andén a esperar el que me llevaría de vuelta a casa. Una pareja francesa más perdida que la virginidad de Madonna intentaba ir hacia Hilversum y como los dioses no les concedieron el privilegio de entender el neerlandés, no se enteraban que por obras en las vías, no había trenes directos en esa dirección y tenían que tomar otro y hacer transbordo en Weesp. Como aún no había cubierto mi cupo de actos bondadosos para el mes, les indiqué lo que tenían que hacer. Después llegó mi tren, me subí y media hora más tarde regresaba a casa a lomos de la Lapolla. Así acabó la cuarta de las escapadas de este otoño.

3 respuesta a “Las islas Príncipe y regresando de Estambul”

  1. No he visto aún nada de Estambul que me guste lo suficiente como para ir a visitarla. Estoy esperando que un día pongas alguna foto que despierte mi interés. No pierdo la esperanza.

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