Llamar la atención

Ayer salí de la oficina temprano acompañado por uno de mis colegas y fuimos juntos a la estación de tren de Hilversum con nuestras respectivas bicicletas. Es todo un placer el pedalear por la ciudad cuando el tiempo es bueno. Llegamos con tiempo y decidimos esperar a que levanten la barrera para cruzar al otro lado de la estación. Toda esa zona está en obras ya que están ampliando la estación con un nuevo andén y con un túnel para que pasen las bicicletas y los peatones además de embellecer la entrada principal. Mi amigo suele dejar su bici en el aparcamiento de la estación, uno igual que los de coches pero para bicicletas y en el que puedes tener abono semanal, mensual o anual y así tener la certeza que por la mañana encontrarás la bici y no te llevas el disgusto porque te la han robado. Para que os hagáis una idea, un día o menos de aparcamiento vale 1.1 euros, una semana son 4 euros, el mes vale 11 euros y el abono anual es de 90 euros. Como veis tenemos todo tipo de facilidades para que la gente use y abuse del transporte público y no vaya en coche a todas partes.

A lo que iba, llegamos a la estación y compré un billete para el segundo trayecto de mi viaje ya que iba a casa de mi amigo el Rubio en Kamerik y para ello tengo que bajarme en Woerden. Al andar por el andén con el colega todo el mundo me miraba fascinado. Las miradas se dirigían hacia mí y no hacia el tío alto, rubio y guapísimo que iba a mi lado. Me extrañó un poco porque pese a ser una belleza según los parámetros hispanos, cuando me sitúas junto a un elfo rubio yo parezco el protagonista de la película el Planeta de los Orcos, más o menos como cualquier latinoamericano. Al llegar a Utrecht nos separamos y continuamos nuestro camino por rutas distintas. ?l iba hacia Nijmegen y yo en dirección opuesta. La gente seguía mirándome fascinada y comencé a ponerme nervioso. En el reflejo de un cristal revisé el aspecto exterior y todo parecía normal pero estaba claro que algo no cuajaba o eso o me estoy volviendo paranoico.

Al bajarme del tren en Woerden la gente seguía mirándome y cuando salí de la estación y me subí a la bicicleta, algo metálico cayó al suelo y me paré a recogerlo. Pensé que se me había escoñado la Dolorsi y que alguna parte fundamental de la misma se rompió pero al mirar quedé horrorizado por lo que vi. Allí mismo, en el suelo, había una cuchara sopera y eso era lo que se había caído. En ese momento recordé que la había puesto en el bolsillo trasero de mi vaquero después de lavarla y se me olvidó dejarla en mi despacho. Por eso me miraban, porque les parecía raro ver a alguien caminando con una cuchara en el culo, un objeto enorme y que era claramente visible.

El por qué tengo una cuchara en el despacho es bien sencillo. La máquina del café tiene una expansión que nos proporciona cuatro tipos de sopas Cup-a-Soup, unas sopitas deliciosas y al trasto se le habían acabado las cucharillas así que usé una que guardo desde hace seis años para ocasiones como esta y que me ha salvado en más de una ocasión de un apuro.

Recogí la cuchara del suelo sufriendo las miradas divertidas de los que se habían dado cuenta, la guardé en uno de los bolsillos de mi chamarra y salí de Woerden en dirección a Kamerik a donde llegué diez minutos más tarde.

5 opiniones en “Llamar la atención”

  1. Arreglado. Muchas gracias por avisar. Que fallo más garrafal. Los verbos caer y callar se me cruzan en el espíritu.

    Escribiré cien veces el Pretérito perfecto simple para que se me pueda volver a olvidar:

    caí
    caíste
    cayó
    caímos
    caísteis / cayeron
    cayeron

  2. yo tambien tengo dos cucharas en la oficina, lo de revolver el café con la pajita de plástico asquerosa que ponen en mi cafetería no me llamaba nada, así que me compré dos cucharas y no es la primera vez tampoco que las lavo y las pongo donde no debo, de hecho una vez llegué a pasar el arco del aeropuerto con la cuchara en el bolso. Debieron alucinar los de seguridad, porque al lado de la cuchara iba un juego de destornilladores y no dijeron ni mú. Cosas que pasan.

  3. Virtuditas, me alegra no ser el único. A propósito, estoy meditando seriamente el ir a Galicia unos días con el Chino para inflarnos a comer marisco. Sería a finales de noviembre o en diciembre. Igual hasta te lo presento para que flipes con las gárgaras de coca-cola. Esto es solo un plan.

  4. Yo tampoco veo tan raro tener cubiertos en el trabajo. Será porque tengo una cucharilla y un cuchillo, este último préstado. Lo del lapsus podía haber sido peor.

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