Lo público y lo privado

Casi sin que nos diéramos cuenta y como si nos la estuvieran metiendo con vaselina industrial, en el año 2004 comenzó el fin del mundo tal cual lo conocíamos hasta entonces. Estábamos en la Sociedad de la Información, saturados por todo lo que sabíamos o creíamos saber de un montón de gente famosilla y que no nos importaba un carajo y los mismos cimientos del universo se tambalearon al crearse el CaraCuloLibro. Esa semilla creció hasta convertirse en el monstruoso cáncer que es hoy y que atrapó a tantos. De repente, seres obviamente inferiores y que hace mil años no habrían sobrevivido más allá de un puñado de lunas querían contactar contigo y saberlo todo de ti y mirar tus fotos y leer tus recomendaciones y opinar sobre todo aquello que hay en tu vida y en la de muchos. Les resultaba imposible de comprender que tú no existes en ese universo, que eres libre, que si en veinte años no has mostrado el más mínimo interés por encontrarlos, si no tienen tu número de teléfono o tu correo electrónico (el cual no ha cambiado desde hace eones) es porque ellos son los que no existen en el tuyo. Gente como la tonta aquella que se sentaba detrás de mi en el instituto y a la que no le metería el rabo en la boca ni aunque me hagan senador con paga vitalicia ya que siempre me pareció que la memez es contagiosa y aquella tía estaba infectada de la misma o aquel pollardón que no dejaba de darte la vara en los recreos y cuya imagen asociabas en tu cabeza a la expresión tonto del culo. Ellos y cientos más, todos los que cruzaron su camino contigo en la educación básica, en el bachillerato, en la universidad, en tu barrio, en el club de deportes al que ibas obligado por tus padres, gente que conociste en bares durante las eternas noches de parranda de la juventud, todos (o casi todos) sintieron una necesidad imperiosa de buscarte, de restablecer ese vínculo tan fundamental para la supervivencia de la raza humana y que les permite saber todo de ti. No unirte a ellos es fracasar y quedar exiliado de la esfera pública.

Pienso y no existo. No soy ni estoy puesto que no me encuentro en el CaraCuloLibro y por tanto debo estar muerto ya que la esfera en la que me muevo es la privada. De alguna manera sobrevivimos en un mundo en el que los amigos y conocidos son pocos y están claramente identificados y la única información que recibo de esa gente con la que socializo es la que quieren compartir cuando nos vemos o cuando hablamos. No hay más, no estoy saturado, no sé que comen, que leen, que música escuchan, no veo sus fotos de las enésimas vacaciones ni sé si tienen otros amigos ni puedo saber (ni quiero) quienes son esos extraños. Es un mundo que se ha quedado desierto, fabuloso, en el que hay un montón de espacio para todos.

Han pasado años y años, ciclos lunares completos en los que el clan de lo público iba por su camino y los guardianes de lo privado íbamos por el nuestro y de repente, esas mismas bestias miserables que despreciaste ya desde el primer instante en el que las conociste y que seguiste despreciando durante sus vanos intentos por hacer que te unieras a la manada, esas alimañas reniegan de su CaraCuloLibro, de su esfera pública y se acercan a ti como profetas iluminados por un Dios más grande que el de los tocadores de niños vestidos de negro para tratar de convertirte a esa nueva moda que es la de lo privado. De repente todo es evitar suministrar información, borrar tu perfil, abandonar las redes sociales y ser un individuo e intuyo que ellos tienen en mente la acepción de la palabra que se refiere a una persona, con abstracción de las demás mientras que yo cuando los miro sigo eligiendo la acepción despectiva de mujer (y hombre) despreciable.

Una conocida me decía no hace mucho que si estás ahí, que si formas parte del clan de lo público, lo haces por envidia, para poder saberlo todo de todos los que tratas y regodearte en algún exótico placer que se obtiene de saber que hay muchos que están peor que tú, que han envejecido mal, que han tomado las rutas equivocadas y han jodido sus vidas una y otra vez hasta convertirlas en auténticas pesadillas. Al parecer ese es el encanto de lo público, la envidia y el placer por la desgracia ajena y yo cada vez me siento más raro ya que prefiero vivir mi vida y aprovecharla lo más posible sin que me importe un carajo lo que tengan que decir los demás.

2 opiniones en “Lo público y lo privado”

  1. Totalmente de acuerdo.
    Si yo tuviera algún tipo de poder irrefutable??eliminaría las redes sociales de la memoria universal (de todos los universos conocidos y por conocer). Puede parecer dictatorial??pero me da igual; el daño que están haciendo éstas redes (que, haciendo honor a su nombre, atrapan y quitan la libertad), sobre todo a los adolescentes, tendría que considerarse delictivo.

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