Los otros

En algún lugar del código genético que nos define como bestias medianamente conscientes alguien encajó unas líneas de código para anular y rechazar lo extraño. Esas mismas líneas nos encauzan hacia aquellos que pasan las pruebas de compatibilidad que de forma inconsciente realizamos. Por eso vemos que los blancos van con los blancos, los negros con los negros, los folloneros gustan de organizarse en grupos, los chichones van a la playa en bandadas y si algún día vas a Vecindario, la capital del reino de Mordor, una ciudad en el sur de Gran Canaria, verás que esas monstruosas vacas amorfas avanzan por el centro comercial en manadas.

Los prejuicios surgen de ese lugar, de esa pequeña malformación en nuestro código. Miramos a lo diferente con suspicacia y si podemos lo evitamos. Puede ser algo tan sencillo como elegir otro asiento en el autobús porque no te gusta esa chichona con piercings por su boca o ese tipo completamente cubierto en tatuajes. No te dicen nada, no te miran, ni siquiera existes para ellos pero el sistema subconsciente que controla tus movimientos más básicos manda señales de alarma y pasas de largo la fila y te sientas lo más lejos que puedes o directamente te quedas de pie para evitar el contacto.

Yo también lo hago. Soy consciente de mi tendencia a evitar a la gente que suda y también a las moras estas que van tapadas como cuervos. En mi cabeza, tan pronto como se aproximan, aparece el mensaje “terroristas de mierda”. Por suerte nunca he tenido que hablar con ninguna ya que su religión no se lo permite porque no sé como reaccionaría si alguna me dirige la palabra, igual reacciono echándome a correr o directamente me desmayo y al despertarme llamo al número para denunciar terroristas.

Todo este extraño prólogo es para describir un poco a los Otros, esa gente que se mueve fuera de nuestro círculo de confianza, en la zona de desconfianza. Esta semana ponían un reportaje sobre un restaurante en la ciudad de Hilversum. Era uno al que yo solía ir de cuando en cuando con los colegas y que cerró. Alguien alquiló el local, abrió otro restaurante y no funcionó como esperaba. Desesperado contactó con un chef que tiene un programa en la tele y que se dedica a obrar milagros y arreglar aquello que está abocado al desastre. En este restaurante, además de diseñar un nuevo menú lo que hicieron fue contratar a empleados de una organización muy especial. Escondido en los bosques que rodean la ciudad de Hilversum hay un pequeño poblado en el que viven un montón de personas con deficiencias psíquicas y otros que nacieron sin la suerte que tuvimos otros y por alguna ironía del destino acabaron con etiquetas como subnormal, mongólico, retrasado y demás. En el lugar en el que viven hay un montón de gente que trabaja ayudándolos para que su vida sea lo más normal posible y no pasen por este mundo sin tener que avergonzarse. Recuerdo que cuando era pequeño, en la calle de la Isleta en la que vivía, una familia tenía un hijo subnormal y lo ocultaban en la casa. Lo sacaban de cuando en cuando a la calle, solo entre semana y durante la jornada laboral, en el momento en que la calle estaba vacía. En los veintipico años que viví allí creo que lo vi dos o tres veces, siempre estaba en la casa, encerrado, apartado del mundo por ser una vergüenza para la familia. En Hilversum, en ese lugar en el bosque, viven muchos como él y la organización que se encarga de ellos tiene un local en el pueblo en el que realizan diferentes oficios. Unos aprenden costura, otros cocinan, otros hacen manualidades y junto a ellos hay un montón de voluntarios, gente como tú y como yo que acude allí una o dos veces al mes a pasar unas horas con estos ángeles que siempre tienen una sonrisa en su cara. Son los Otros, nuestra programación interior nos impulsa a rechazarlos, a alejarnos de ellos como de la peste porque quizás eso que los hace distintos es contagioso aunque todos sabemos que no se pega, que no es una infección y que ninguno de ellos eligió ser como es, igual que nosotros no elegimos el color del pelo, nuestra estatura o una buena dentadura.

Un día de este verano fui a esa organización para que me ayudaran. Tenía tres pantalones que quería ajustar y una de mis amigas me dijo que ellos lo pueden hacer. Por supuesto tuve que luchar contra todas esas alarmas que se disparan cuando los ves cerca. Pasé por el lugar temprano, nada más abrir y todos estaban sentados en una mesa enorme desayunando. Había un gran bullicio y cuando me vieron se quedaron callados, mirándome. Un montón de ojos y de caras sonriendo me observaban con atención mientras yo chapurreaba mi holandés. Dejé los pantalones allí y unos días más tarde pasé a recogerlos. Además de un trabajo excelente, el precio que me cobraron fue irrisorio. Por ocho euros me arreglaron tres pantalones e hicieron un trabajo de primera.

Otro de los grupos de chicos, el que aprende a cocinar es el que ha proporcionado empleados para el restaurante en Hilversum. En el programa se ve como los chicos preparan los platos en la cocina y como otros se encargan de atender a los clientes del local. Al principio algunos de los clientes se muestran nerviosos o suspicaces. No quieres que esta gente te atienda o prepare tu comida, das por sentado que no lo harán bien, que la calidad no será la apropiada y no es cierto, el restaurante es ahora un éxito increíble y los platos que cocinan son espectaculares. Ellos que han nacido con un montón de elementos en su contra nos recuerdan que si procuramos no ser tan intolerantes y los aceptamos, se pueden integrar entre nosotros y vivir sus vidas, trabajar como cualquier hijo de vecino y ganar un salario digno.

Para nosotros debería ser un privilegio el poder tratar con esta gente, dejar que nos abracen, que nos sonrían y que nos muestren su cariño. Algo tan sencillo como esto les alegra el día y si nosotros no fuéramos tan hipócritas reconoceríamos que también puede alegrar el nuestro. Los Otros, esos que no son iguales a ti no tienen porqué ser malos o peligrosos, simplemente son distintos.

12 opiniones en “Los otros”

  1. Al poco de llegar a Holanda, necesitaba mezclarme con la gente, hablar el idioma, asi que me puese a trabajar de voluntaria en una organización que se llama Philadelphia. Me pase una semana con adultos discapacitados de vacaciones, trabajando como una verdadera burra. Mereció la pena, ayuda mucho a ver cómo es el mundo fuera de nuestras fronteras.

    En la ciudad en la que vivo también hay un bar de estos, y siempre está hasta los tope. Quiero decir que en Holanda, esta gente tiene mucha suerte. Sus condiciones de vida son decentes. También hay presupuesto para que reciban trabajos sexuales.

  2. Mi tío que lamentablemente Murió hace poco, tenía un leve retraso mental que le hizo niño toda la vida, murió con más de 50 y el doctor siempre le recordaba a mi madre que por ser como era paso la enfermedad con una sonrisa perenne en el carcel, nunca supo lo grave que tenia y nos hizo a nosotros aprender mucho en esta vida. Era compañero de juego y mucha gente que nos conocia no notaba el retraso hasta que le conocia muy bien. Para sus hermanos siempre fue alguien muy cariñoso y ademas muy trabajador, conseguia trabajos que otros habrian querido para si y todo eso solo. En esta vida querer es poder. Besos.

  3. ale: trabajos sexuales? ahí me he perdido…. waiting: tu tío ha enriquecido muchas vidas, y ha enseñado mucho siendo como era, ojalá todos fuesemos un poco más niños, nos iría muchísimo mejor, seguro. Siento tu pérdida.

  4. Ahora si que he alucinado…..en esto si que Holanda me ha roto todos los esquemas…. y quien paga las putas? el estado? destinan una partida presupuestaria?

  5. Si, las paga el estado. Y no solo para los disminuidos mentales sino para aquella persona que tenga un complejo producto de algo físico, si demuestran antes sicologos que no ligan facil, tambien les pagan. En Holanda querian eliminar la ayuda pero eso sigue en discusion y siguen pagando. Besos.

  6. Ese país la verdad que tiene cosas únicas, resulta que ahora las putas son funcionarias! me encanta! La verdad que la gente tiene que vivir más feliz, como no!

  7. Virtuditas, conviene recordar que en los Países Bajos las putas son profesionales, cotizan y tienen los mismos derechos que otros trabajadores.

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