Los preparativos y el comienzo del viaje a Polonia

Cuando decidí inscribirme en el workshop fotográfico de águilas marinas de cola blanca fue una de esas decisiones alocadas y que uno hace sin pensar. Mi amigo el Moreno me dijo que se iba a apuntar y me sugirió que quizás yo también podía estar interesado y aunque yo no soy particularmente fanático de las aves, la experiencia de compartir unos días con un grupo de gente que tiene la fotografía como Hobby me pareció lo suficientemente interesante.

Le mandé un correo a la persona que lo organizaba y después de un par de mensajes todo parecía estar atado y bien atado y me olvidé completamente. Dos semanas más tarde el Moreno me dijo que el hombre le había mandado un correo porque no sabía si yo estaba realmente interesado y tuvimos un momento de pánico que se solucionó pronto aclarándole por segunda vez que sí que quería ir.

Pasaron los meses de verano y de cuando en cuando hablábamos de lo que sucedería en ese workshop y de lo que haríamos durante esa semana. Para mí son unas vacaciones peculiares, un tanto raras por la temática pero nada que no se salga de lo normal. Para el Moreno son más especiales ya que suponía dejar en casa a su mujer y a sus dos hijos y era la primera vez que iba a una cosa de estas durante tanto tiempo y por eso el hombre estaba más excitado.

Un par de semanas antes del comienzo del Workshop recibimos un correo en el que se detallaba el programa para esa semana y en el que recibíamos más información en lo referente al alojamiento y similares. Según el organizador, nos quedaríamos en una pensión de lujo con un baño y una ducha y todas las comidas estaban incluidas. El precio era poco menos que de risa, en total han sido poco menos de quinientos euros por los seis días. ?ramos diez incluyendo al organizador, un afamado biólogo holandés que ha escrito un libro sobre fotografía de animales que es muy popular en este país y que además es embajador de CANON .

Ya he comentado en Salvado por mi Ángel de la Guarda las dos crisis que tuve unas horas antes de salir. El sábado por la noche comencé a hacer la maleta. Tenía pensado llevarme mi trolley pequeño y la mochila de la cámara. Fui dejando cosas sobre mi cama en las sucesivas pasadas que hacía por mi casa y el montón iba creciendo. Para cinco noches me llevaba seis mudas de ropa, un pantalón de repuesto, pantalón chubasquero, dos pares de guantes, bufanda, un jersey, pijama, unos calcetines especiales de montaña por si tenía mucho frío y un montón de cosas más. Tenía el trolley lleno cuando me acordé de las botas de agua que había comprado esa misma tarde y comprobé con desazón que no había manera humana de que mis botas entraran en el trolley. Busqué en mi ático la mochila que me compré para ir a Malasia y metí en primer lugar las botas y después el resto. Una vez añadí el portátil, un disco duro externo para hacer copias de seguridad y los distintos cargadores la mochila estaba a punto de reventar. Estas han sido las vacaciones en las que más equipaje he llevado de toda mi vida. No solo por aquella mochila sino por la otra, la de la cámara Canon EOS 50D, el objetivo 400mm f/5.6 L, el Sigma 70-200mm f/2.8, el Canon 24-70 f/2.8 L, el Sigma fisheye 8mm f/3.5, el Tamron SP AF 90mm f/2.8, el extensor 1.4x, las baterías, las memorias, el trípode y el monopod. Otros quince kilos más o menos que añadí a la segunda mochila. Con los dos mochilones ya preparados, me dediqué a terminar de preparar las cosillas que dejé preparadas para la semana, algo que seguro que no valoráis pero que supuso un gran rato ya que en total fueron 3 anotaciones de cine, 1 resumen semanal, 4 fotos mañaneras con su texto, un par de textos relativos a mi vidorra, un desvarío y una foto de una bicicleta comentada. Según el plan inicial estaríamos de vuelta el viernes por la tarde así que decidí dejar ese día sin nada para por la noche.

El domingo mis vacaciones comenzaron a las siete menos cuarto, momento en el que sonó mi despertador. Me duché, revisé por enésima vez todo lo que me llevaba y busqué aquello que seguro que olvidaba y después de desayunar preparé un poco mi casa para la visita de la señora de la limpieza, la cual haría su parada habitual el lunes. Una hora más tarde y con la sensación de olvidar algo que tengo siempre salía de mi casa e iba a la parada de la guagua, la cual llegó puntual. Aunque técnicamente salíamos desde Almere a las diez de la mañana, mi problema es que justo para ese domingo habían planeado un montón de mantenimiento en las vías de tren y por culpa de esto el servicio estaba bajo mínimos. En condiciones normales podría haber salido una hora más tarde pero por culpa del mantenimiento dejé mi casa tan pronto. El tren salió a las 8.28 hacia Hilversum y Almere. Es el mismo tren que tomo todos los días para ir a trabajar. Fui pasando estaciones conocidas, una detrás de otra, todas vacías en una mañana de domingo y llegué a Almere Centrum sobre las 9.15 de la mañana. Llamé al organizador y se pasó a buscarme y juntos fuimos a su casa. Hasta ese momento nunca habíamos hablado en persona, solo a través de correo electrónico y resultó que habla un español bastante bueno así que conmutamos a nuestro idioma y estuvimos charlando un rato. En su casa nos esperaban otros dos de los compañeros de workshop, dos extraños que cuando vez por primera vez no sabes muy bien como abordar. Diez minutos más tarde llegó el Moreno y con él se completó el grupo ya que el resto habían salido en otros coches desde distintos puntos de los Países Bajos y nos veríamos en el lugar de destino.

Uno de los grandes peligros que hay en Holanda es el de las cafeteras. Si tres holandeses se ponen al lado de una es más que probable que se enganchen a beber y hablar y se olviden del tiempo y eso fue lo que nos pasó. Todo el mundo comenzó a mostrar su lado más sociable y para cuando salimos de la casa ya eran más de las diez y media. Nos dividimos en dos coches. El biólogo que organizaba todo fue en su coche con uno de los dos fotógrafos que estaban en la casa cuando yo llegué y nosotros fuimos con el otro hombre en su coche, un tipo afable y corpulento que inspiraba confianza. Por alguna razón que nunca entenderé habían elegido ir por una ruta alternativa y salimos en dirección norte en lugar de este. Una hora y media más tarde, a punto de cruzar la frontera de los Países Bajos paramos en una gasolinera a comer un bocado, visitar el baño y tomar algo de café, el cual llevó a una conversación y la parada de cinco minutos se estiró hasta casi media hora. Nos volvimos a poner en ruta y la cosa fue bien hasta que llegamos al tramo de autopista entre Bremen y Hamburgo. A los alemanes les han entrado picores y se están dedicando a incrementar el número de carriles de sus fantásticas autopistas. No hay nada que objetar salvo que tardamos una hora más de lo previsto en llegar a nuestra siguiente parada por culpa de todo el tiempo que perdimos en los tramos en obras. En la segunda parada volvimos a comer algo y allí nos separamos del otro coche. Ellos se iban a arriesgar por una autopista y nosotros íbamos a seguir la ruta que marcaba el sistema de navegación del coche.

El relato continúa en La llegada a Stepniczka

2 opiniones en “Los preparativos y el comienzo del viaje a Polonia”

  1. En cada coche iban 2 o como máximo 3 personas para que entrara todo el equipo. Mi trípode es normalito. El del Moreno es un Gitzo descomunal que parece un andamio. También su mochila para la cámara es 2 veces el tamaño de la mía porque su objetivo 500mm es como un cañón. El que organizaba el workshop llevaba simplemente 4 mochilas enormes con 3 cámaras y un huevo de objetivos.

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