Metrosexual

Estás sentado en un local de copas, envuelto en esa emponzoñada capa de humo con la que los fumadores nos bendicen, esnifando ese olor maldito que se adherirá a tu ropa y la volverá inservible, que se pegará incluso a tu alma. Es una noche cualquiera de un fin de semana en Valencia. El local está ambientado con gran culto por el detalle, con carteles luminosos en las paredes que anuncian grupos famosos y otros desconocidos. Las paredes están pintadas en uno de esos colores que no podemos nombrar y mucho menos definir, una mezcla de todos que por alguna razón no produce el negro que en teoría debería ser el resultado esperado.

Bebemos cerveza alemana al ritmo de sones tribales, música con un volumen lo suficientemente alto para que te obligue a gritar si quieres ser oído, lo cual siempre es bueno porque ejercitas las cuerdas vocales y además siempre puedes hacerte el sordo ante las cosas que no quieres responder. La conversación discurre por los canales habituales, esos meandros que tan pronto son transcendentes como vulgares, saltando del coño de aquella a la fascinación y el éxtasis que nos puede exaltar al escuchar sonidos creados por alguien a quien idolatramos. Juntamos nuestras almas en esos rituales de manada que afianzan nuestros lazos con la especie y nos unen a ese todo que no sabemos definir pero que llamamos humanidad.

Estamos allí, en comunión con la especie cuando de algún lugar situado al otro lado del local lo vemos venir. No es ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, pero exhuma algo anómalo que nos vuelve suspicaces desde el primer instante. Sus andares de geisha patosa lo delatan, esos movimientos de ánsar borracho fruto de mover los pies sin levantarlos del suelo, avanzando como cualquier muñeca de Famosa camino del portal. Acompaña dichos meneos con el agitamiento de las manos, un meneo alocado y similar al que hacía la gente al bailar en los felices veinte, aquella época dorada que sucedió el siglo pasado y de la que tanto se ha hablado en cine y que sin conocer añoramos.

Dejas de prestarle atención cuando una de esas hembras de rompe y rasga entra en el local, una de esas mujeres que son guapas hasta con el uniforme de cajeras de hipermercado, una chica que además lo sabe y que folla con quien quiere y cuando quiere, aunque al final se dejará llevar por la tontería y acabará con cualquier bruto descendiente del cerdo que le amargará los días y le destrozará la belleza a golpe de disgusto. Estas mujeres son estrellas fugaces, tienen una belleza efímera que además las ciega y las hace creer que conquistarán el mundo. Por desgracia, su autosuficiencia y su fe en que nada les puede ir mal las llevará por mal camino y acabarán con esos hombres, esas bestias que se cruzan en sus vidas y que nadie sabe muy bien por qué eligen. Son las ironías de la vida. Ellas lo podrían tener todo si quisieran y terminarán en el desguace de la sociedad como resultado de su propio destino, que está desde el principio torcido.

Cuando su instante de gloria ha pasado retomamos la conversación donde la dejamos y al rato vuelve a pasar aquel que lleva andares tan raros. Esta vez me fijo en sus zapatos, deportivos y de último modelo, planos y con descarados colores. Los arrastra cansinamente en su extraño caminar. Su pantalón es de diseño, roto en lugares casuales e imposibles, perfecto en color y forma y descuidadamente colocado para que parezca que se está cayendo aunque nunca alcanza a tocar el suelo. Esos pantalones llevan mucha tecnología encima y duran una temporada, el tiempo en el que pasan de ser fantásticos a vulgares, porque la moda es cruel y no permite que las ropas crucen el umbral de las temporadas. Es la maldición consumista de nuestro tiempo. En la antigüedad uno podía estar con los mismos harapos media vida y ahora nos vemos impelidos a renegar de ellos tras unos meses, a saltar al ruedo del consumo y equiparnos una y otra vez con prendas que usaremos unas pocas veces. Modas tan extrañas que nos fuerzan a comprarnos cosas de marca y a tapar después esta con chapas para no sentirnos avergonzados mientras justificamos con nuestros colegas que en realidad hemos comprado esa ropa porque es de mejor calidad y nos gusta más su diseño. Esto lo decimos mirando hacia la chapa que cubre el cocodrilo del jersey de nuestro interlocutor, chapa que lanza su proclama inconformista y exótica al espacio: yo te saludo, María.

El chaval no lleva cinto, accesorio totalmente fuera del circuito fashion actual y condenado a ser usado por viejos y descastados como un servidor, que le siguen viendo utilidad. La ausencia de este complemento cuya misión es la de sujetar el pantalón en su sitio se nota en la caidita del mismo, en ese ombligo al aire que parece la puerta por la que podemos entrar a otra galaxia.

En sus manos carga unas copas de colores extraños, líquidos de diseño cuya existencia es tan fugaz como la de la ropa y que reciben nombres distintos en cada ciudad. En su cara muestra el esplendor máximo del metrosexualismo, una cuidada barba recortada al milímetro y teñida de pelirrojo, barba exactamente del mismo tamaño que el pelo que puebla su testa, el cual tiene el mismo tono de color. Su apariencia es la de un pervertido monje medieval que ha caído en los brazos del maligno. Sus ojos ligeramente pintados y sus impecables manos lo sitúan en la órbita de esos que han forjado el legendario grupo de los metrosexuales. Sin embargo, su camiseta de diseño lo expulsa de entre esa elite. Cayendo desde sus hombros con un descuidado toque perfeccionista, pasea con orgullo una leyenda que dice: Yo la chupo. Está escrito en cristiano y en alemán, o al menos eso deduzco al asimilar el mensaje en mi idioma. Es por esa camiseta que podemos gritar al cielo algo que ya nos temíamos desde el principio:
Metrosexual NO, julandrón de mierda.

5 opiniones en “Metrosexual”

  1. Atrasadillos estan por Valencia. Lo que se lleva desde hace ya tiempo aqui en UK es el Ubersexual. ejemplos: Bono o George Clooney. Yo sigo llevando cinturon casi siempre.

  2. Ahora que lo pienso, lo de Ubersexual es como de mariquitas porque el Bono tiene aspecto de estar casi fuera del armario, solo que se salió por el lado hortera. Y el Bono ese sigue amasando dinero sin soltar un puto duro y después diciéndole a la gente que comparta. Eso también lo llamamos hipocresía por estas tierras.

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