Mi primer fisioterapeuta

El otro día uno de mis lectores habituales me afrentó diciendo que no escribo un diario sino un magazine de fantasía. Estuve tentado de coger mi muñeco de vudú y clavarle dos alfileres negros, pero estamos en la semana del talante y lo que no puede ser, no puede ser.

Así que como ando destapando toda mi vida, aunque la miro a través del culo de una botella y no queda muy allá, vamos a seguir con otro episodio luctuoso que sucedió ya hace un tiempo. Era invierno, frío, oscuro y como siempre, rodeado de rubios de mierda, que la leche de este país sólo produce pelo-pajosos. Mi amigo el sueco, ese del que tuve que vengarme no hace mucho, como ya comenté se mudaba de ciudad y pidió ayuda. Es algo tradicional en esta tierra el hacer las mudanzas a lo gitano, con mano de obra gratuita de por medio. Nosotros los españoles que somos tan fiznos contratamos empresas que se encargan de todo, pero aquí echas mano del teléfono y movilizas a todo el que te ha puesto un ojo encima alguna vez.

En aquella época ya debíamos haber adivinado lo miserable que era nuestro colega, pero la amistad nos hace ciegos y no somos capaces de ver las señales. Nuestro querido amigo alquiló una furgoneta por medio día, en sábado, así que nos obligó a estar en la puerta de su casa a las ocho de la mañana para que nos diera tiempo. Ese sábado durante la noche heló después de llover. No una helada convencional, sino una de estas de diez grados bajo cero. Por ser fin de semana, el ayuntamiento en el que pago mis impuestos tan a disgusto no dispone el reparto de sal en las calles y los efectos son estremecedores. Salí de mi casa aún medio dormido, me subo en mi vieja bicicleta, empiezo a pedalear y veo a una vecina con zuecos de madera pisando fuerte. En ese instante me di cuenta de mi error. Mi bicicleta tomó vida propia, comencé a ladearme peligrosamente y acabé con mis huesos en el suelo. Fue un golpe atroz en mi hombro izquierdo.

En estos casos uno sólo puede hacer una cosa. Mientras la mujer se reía a mandíbula batiente, me levanté rápidamente diciendo que no pasaba nada y me hice un par de pasos de los de Chiquito de la calzada para demostrar que todo estaba bien. Conseguí llegar a la calle principal haciendo un trípode con mi cuerpo y la bici. Por allí ya habían echado sal, así que pude montar y seguir mi camino, con algo de dolor en el costado y con mi orgullo y mi reputación dolidos.

Al llegar a la calle del sueco veo que el chino, el indonesio, el sueco y la novia indonesia del mismo me están esperando en la puerta. Me bajo de la bicicleta y cuando voy hacia la parte de atrás del edificio para aparcar noto que mi bicicleta ha perdido contacto con el suelo y está levantando el vuelo grácilmente, de forma mayestática, igual que cualquier gran avión despliega sus alas con estabilizadores a todo meter y trata de coger altura. El tiempo conmuta al modo matrix y veo que el chino abre la boca para gritar. Miro hacia mis pies y los veo siguiendo a la bici, cogiendo altura, libres, tratando de superar mi cabeza. Me siento ligero, me siento libre, me siento volar, me siento bien jodido porque mi lado racional acaba de avisar al resto de mi cuerpo de que la hostia es inminente. Trato de recuperar la adherencia pero es imposible cuando estás en el aire. Parecía que lo íbamos a conseguir, que volaríamos, cuando la gravedad hizo acto de presencia.

La caída fue lenta y dura. Pude ver lo que se me venía debajo. La bicicleta se volvió pesada y aunque traté de alejarla de mi se negó en redondo. Se acercaba a mi cuerpo como buscando calor. Me perseguía por el vacío del que yo estaba cayendo. El suelo subía para recibirnos. Ninguno de mis amigos se movió. Caí sobre el mismo hombro y la bicicleta cayó sobre mi. Quedé allí, tirado, en el hielo, mientras la novia del sueco tiraba sal al venir hacia mi, en una escena que se me antojó un poco barroca ya que parecía que estaba alimentando palomas, aunque allí no había nada, solo hielo y un servidor con su bicicleta en el frío suelo.

Me ayudaron a levantarme. El dolor era terrible. Me metieron en la casa. Pedí un vaso de agua. Mi hombro emitía señales a todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, unas señales terribles. Comencé a perder la vista y la realidad se fue disolviendo. Me dio tiempo a avisarlos de que me desmayaba, aunque nadie me creyó. Me pusieron el vaso de agua en la otra mano y vieron como me caía, inconsciente, al suelo. Desperté unos minutos más tardes, con el cabezón monstruosamente grande del chino mirándome de cerca, con esos ojos de pokemon que asustan a cualquier cristiano.

A pesar de la caída, ayudé en la mudanza en lo que pude. Cuando me fui a mi casa, el dolor seguía latente. Durante el día seguí haciendo cosas y pese a las molestias, sobreviví. A la mañana siguiente mi brazo era un objeto muerto que colgaba inerte. No podía hacer nada con él. Además de estático, generaba un dolor continuo que repartía uniformemente por mi cerebro, desquiciándome. Llamé al médico y pedí cita.

Mi médico, me hizo quitar la camisa, lo cual me costó unos cuantos minutos, me miró desde tres metros de distancia y sin siquiera tocarme me dijo que todo estaba bien y que seguramente en un par de días estaría como nuevo. Creo que comprendió las cosas que lo llamé en español y estoy convencido de que la puta que lo parió si estaba muerta se tuvo que revolver en su tumba. Salí de la consulta con recetas para calmantes y un pase para que me hicieran radiografías en el hospital y el traumatólogo las mirara. El hombre no se quedó muy contento. Supongo que me prefería tullido.

En el hospital, un edificio desierto totalmente blanco, me perdí por esas galerías interminables completamente vacías. Finalmente me llamaron y me hicieron las radiografías. Tardé un potosí en quitarme la camisa y el pantalón, pero a nadie parecía importarle y total, allí no había más gente esperando. Finalmente resultó que no tenía nada roto, pero que necesitaba ir al fisioterapeuta para hacer rehabilitación. Estuve tres meses yendo, tres veces por semana, hasta que recuperé la movilidad en el brazo. Mi fisioterapeuta era un holandés muy simpático que adoraba la salsa (el género musical) y tenía idolatrados a los latinos. El hombre ponía tanto empeño que nunca le dije que a mí esa música no me gusta, aunque imagino que si se llega a enterar se lleva un disgusto. Me ponía siempre grupos salseros mientras me hacía los masajes o me conectaba a un trasto que me daba descargas eléctricas para reactivar los músculos y mi brazo se volvía loco.

Lo único que no me gustaba de ese fisioterapeuta es que la consulta estaba en las antípodas de mi oficina y perdía veinticinco minutos en cada sentido para llegar con mi bicicleta. Como siempre me ponía las sesiones durante el día, me pasé esos meses corriendo por la ciudad. De tanto ejercicio que hice me quedé como un figurín. Estaba tan escuálido que cualquier brisa me arrastraba como una hoja de árbol caída. Y así fue mi primera experiencia con la fisioterapia.

13 opiniones en “Mi primer fisioterapeuta”

  1. te dire la palabra clave para curar cualquier tipo de averia oseomuscular: osteópata, los fisios son los jugadores de 2ªb de los arregladores, eso si, son de pago 😀 joasjoas

  2. La pregunta que hago es abierta. Vamos a ver, los holandeses son tan gilipollas como parece o es una apreciaciòn injusta por mi parte? Alguien me puede comparar a holandeses y, por ejemplo, ingleses?

  3. Por Dios tipo-a, como puedes dudarlo un sólo microsegundo. Tú, entre todos los que viven en este país. Nosotros estamos aquí para que aprendan algo mejor, pero esta misión evangelizadora es muy dura. Es que no se puede sacar de donde no hay.

  4. bleuge: los osteópatas deben ser lo que en la Isleta llamábamos esteleros, los que te daban un buche de ron y te sanaban presto-súbito. Y la osteopatía debe ser el equivalente a la estelería, la ciencia que estudian los esteleros.

  5. Yo sólo tengo una pregunta, como son los suecos de madera? si ya de por sí son duros, los de madera deben ser horribles. A no ser que te refirieras a los zuecos, claro… 😛

  6. sulaco no hagas mucho caso de las cosas de bleuge… se esta dejando llevar por la corriente de amariguanaos esos que creen en las energías que fluyen y demás-mierdas-varias sin explicación aparente. Dejemoslo vivir, demosle una oportunidad, y tu haz caso de tu fisio.

  7. Yumiko: Corregido. Gracias por avisar. Con tanto abuso de ambas palabras me lié.
    Emo: bleuge lleva años yendo a toda esa chusma y ahí sigue, quejándose de sus dolores. Bleuge lo que necesita es una sesión de exorcismo con el padre Karrás.

  8. Vivo en Las Palmas de Gran Canaria y necesitaria localizar la dirección de algún estelero aquí en la isla de Gran Canaria. No sé si todavía existirá alguno.

  9. Recuerdo que mi madre me llevaba a uno en la calle Tauro, en la Isleta, pero de eso hace unos lustros y no tengo ni idea de si sigue en activo. Quizás alguno de los lectores canarios sabe algo.

  10. Marta: Me cuentan que hay uno muy bueno en los Giles. Dicen que vive sobre el bar que está en la plaza y que todo el mundo lo conoce. Si vas allí y preguntas, la gente te dirá. Los Giles es esa barriada que hay pasado Tamaraceite en la carretera que va hacia Arucas.

  11. marta pregunta por paco en galgdar cerca de la iglesia su consulta es por la tarde de 6 a 9 es lo mejorcito que conozco y nohace ningun daño de apariencia es un poco bruto pero cura de maravillas

  12. Si no recuerdo mal, Marta llegó a ir al estelero de los Giles, pero no lo puso por aquí sino que directamente me mandó un correo.

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