Mi segundo árbol

Igual que se caen las hojas de los árboles y los días pierden luz a velocidades galácticas, con la llegada del otoño aparecen en mi vida las clases de italiano de los miércoles y hoy regreso a un idioma que me fascina y encanta y que este verano he dejado de lado para centrarme en otra lengua que nació del latín y no me refiero al truscolán, esa abominación zarrapastrosa que surgió de las deficiencias mentales producidas por la copulación entre familiares de primer grado y que tras unos siglos ha conducido al aborregamiento y la estupidez absoluta de unos que solo valen para ser usados como carne de cañón. Justo ayer, un rato antes de salir para la ciudad de Amsterdam a ver a mi amigo el Turco, terminaba en el duolingo el árbol del portugués, el cual es mucho más corto que el del italiano y que creo que tarde o temprano ampliarán, ya que se echan en falta algunas cosillas.

No me quiero despertar en los laureles en los que me niego a dormir por aquello del pestazo así que un día después de acabar mi segundo curso en el duolingo, regreso al italiano, aunque esta vez seguiré el árbol español, ya que la primera vez lo hice en inglés. En realidad, comencé ese grupo hace unos meses y después salté al portugués, así que va siendo hora de refrescar el conocimiento. Creo que debería ponerme a ver al menos el telediario de la Rai para ir mejorando el idioma y hacer lo mismo con el portugués, o quizás en días alternos porque si tengo que ver dos veces seguidas las mismas noticias, dimito ya mismo. Con las clases de italianos, las escapadas de fin de semana, las tardes en la oscuridad procesando fotos que hice anteriormente, se puede decir que ya estoy totalmente sumergido en mi rutina del lado obscuro y que hasta marzo no cambiaré a cosas más dicharacheras.

Regresando al tema del Turco, ayer por la tarde me manda un pantallazo de un correo que le mandó una secretaria de su banco que nos hizo una reserva. Resulta que la pava nos pone en un nuevo local de super-hiper-mega moda en Amsterdam y le dice que lo realmente bueno de ese restaurante, lo espectacular e increíble y que hace que la visita sea obligatoria y que de no hacerlo tengas un dolor en tu interior del que no te recuperarás en tu vida, no es la comida, no, es que tiene unas vistas que te harán llorar de puro gusto. Está detrás del Palacio Real en la planta más alta de uno edificio de cuatro plantas, con lo que ese restaurante te permite ver la trasera del palacio en el que no vive el Rey y por ese privilegio pagas una pasta del copón, mientras tomas cóctels, escuchas la música que ponen los Dilleis y comes sentado en taburetes mirando por el cristal hacia el palacio. Cuando me encontré con el Turco le dije que mandará al infierno con billete de ida a la pava y que mejor nos íbamos a un restaurante tranquilo y conocido para hablar, comer, beber y nos saltábamos la fabulosa vista de un palacio que no tiene nada de reseñable. De camino del lugar que elegimos y que no mentaremos para que se nos llene de chusma y gentuza de la mala, atajamos por calles que no conocen los turistas y tuvimos unas vistas fantásticas y maravillosas de edificios señeros que están a la vera de los canales de Amsterdam y que por la tarde, cuando se hace de noche, lucen fabulosos. Nuestro encuentro acabó casi a la medianoche, aunque nos volveremos a ver en dos meses, aunque en esa ocasión será en Estambul.

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