Minueto aéreo

Una vez más he dado un salto de tres mil kilómetros y estoy de visita en Gran Canaria. Como en las dos ocasiones anteriores he volado desde el aeropuerto de Rotterdam con Transavia. Podemos decir que este aeropuerto se ha convertido en mi favorito para las visitas a Gran Canaria. La razón es la facilidad con la que consigo billetes de último minuto y lo conveniente de los horarios.

Como comenté en alguna anotación anterior estaba un poco resfriado y un día antes tenía un insidioso dolor de oídos que me acojonaba un poco. Ya he tenido una mala experiencia volando resfriado y no me apetecía volver a repetirla. Los tirones en el oído izquierdo fueron constantes durante el sábado y el domingo iba al aeropuerto con los huevos como almendras pensando que la experiencia sería espeluznante. Después de facturar y almorzar en la cafetería que tienen en la planta alta pasé los controles de seguridad. Por suerte en Holanda no han llegado las reglas estas que pretenden aplicar en Inglaterra y Estados Unidos y que nos convierten a todos en portadores de bombas y explosivos líquidos. Me parece mentira que me permitan llenar una maleta con líquidos y facturarle sin problemas y no quieran dejarme entrar una puta botella de agua en el avión. Aún más vergonzoso es que una vez hayas cruzado los controles de seguridad puedas comprar botellas en el propio aeropuerto. A este ritmo pretenderán que viajemos en pelota picada por nuestra propia seguridad. Y ya puestos, digo yo que si sabemos donde se esconde esa gentuza y qué países los protegen a qué estamos esperando para borrarlos del mapa con unos cuantos regalos atómicos. Ellos no dudarían en usarlos contra nosotros si los tuvieran así que deberíamos usar nuestra ventaja actuar y regar sus tierras de colores bonitos y setas exóticas.

Recupero el tema y cruzo el control de seguridad con mi portátil, mi cámara grande, la pequeña, el móvil, los cargadores, la botella de agua, la bolsa con berliner para el vuelo, la rebequita, los sudokus y un huevo de cosas más. Facturé diez kilos y encima debía llevar quince por lo menos. Entré en la única tienda que hay en el aeropuerto y me compré un par de Earplanes, los taponcillos esos que regulan la presión en los oídos. Ya los he usado en alguna ocasión anterior y he de decir que son fantásticos. Me puse uno en el oído dañado para despegar por si acaso. Al lado mío iba una parejita de polluelos con dieciocho años que probablemente pasaban por primera vez unas vacaciones juntos y que seguro que vienen a Gran Canaria con la intención de reventar el colchón del apartamento a base de amor y en la vida se habían imaginado que alguien se ponga un zurullo azul de plástico en la oreja. Los Earplanes hacen que uno parezca un muñeco hinchable y que el pitorro lo tengas en los oídos.

Después del despegue y una vez alcanzamos la altura de crucero me lo quité. El vuelo transcurrió sin más problemas. Cruzamos por encima de Galicia y daba pena ver como está quedando aquello. El sur de España es ya un erial y a esta velocidad pasarán pocos años antes que el norte tenga el mismo aspecto. no sé a quién benefician esos fuegos pero deberían quemar en hogueras a esos hijos de puta y ya de paso a sus familias. Quizás así aprendan la lección. Cuando estábamos sobre Lisboa faltaba más o menos una hora y media de vuelo y me coloqué nuevamente los Earplanes. Estos chismes no son algo mágico y necesitan algo de tiempo para actuar. Gracias a toda la tecnología que cargo comprobé que la presión atmosférica en el avión era de 768 milibares de esos. La precisión se la debemos a mi maravilloso reloj CASIO SPF-70T Sea Pathfinder que además de la hora proporciona la presión, la temperatura, tiene brújula digital y cuando estás bajo el agua te dice los metros a los que te encuentras y cuanto tiempo has estado sumergido. Todo ello en una carcaza y pulsera de titanio. Nunca se me había cruzado por el cabezón el comprobar estas cosas en un avión y fue alucinante. Cuando el piloto comenzó el descenso la presión pegaba unos saltos brutales. De un golpe nos pusimos en los 800 milibares y cinco minutos más tarde ya íbamos por 850. De ahí a los 900 hubo un paso. Mi oído funcionaba perfectamente con su protección y no tuve ningún golpe de dolor. La presión siguió aumentando hasta los 970 milibares en los que el piloto avisó a las azafatas del inminente aterrizaje. En el momento de tomar tierra la presión era de 1015 milibares. Así que en una media hora pasamos de 768 a 1015. Por suerte para mí mis temores no se cumplieron y una vez abrieron las puertas del avión me quité el pitorro y salí de allí dentro tan contento.

Ese día la suerte soplaba de frente y mi maleta salió de las primeras así que en unos minutos ya estaba camino de casa.

5 opiniones en “Minueto aéreo”

  1. A mi me sienta fatal volar, por eso intento evitarlo siempre que puedo. Los oidos me metan y tengo unos dolores de cabeza cojonudos. Tendre que probar el earplanes ese.

  2. lia, primero compra el billete, luego súbete, abróchate el cinturón y que te vaya bonito. Si te pones un tampón gordo se te inchará al subir y sentirás una cosa muy grande y gustosa dentro de tí ….

Comentarios cerrados.