Mis plegarias atendidas

Este relato está inspirado en la canción del mismo título del disco El extraño viaje de Fangoria. Puedes leer otras historias en El extraño viaje

Mis plegarias atendidas

Renuncio a conformarme con soñar, a mirar desde un lado del camino la vida y verla pasar sin hacer nada por subirme a ella, sin intentar siquiera conseguir aquello que soñé siendo niño. Quiero mi pedazo del pastel, que se derrumben las horas que he perdido en suplicar y se abran los mares de la esperanza, que mis plegarias sean atendidas.

Miré hacia la cruz en la que reposaba un hombre que murió por salvar a los otros, con su gesto cansado, su sufrimiento marcado en la cara. El artista que hizo la talla había expresado tanto, había logrado que sus ojos mostraran confusión sin mala intención y mientras nos mirábamos a los ojos puede sentir algo dentro de mi revolviéndose, todas mis promesas incumplidas reclamaron su pago, su ejecución inmediata. Una vieja rezaba mascullando sus Padres Nuestros y Avemarías y sus oraciones parecían el ronroneo de una vieja máquina, una señal codificada que quizás me estaba mandando aquel al que miraba para mostrarme el camino a seguir pero no supe apreciar el mensaje.

Me miré las manos, hermosas, blancas y bien definidas, con unas uñas perfectas y delicadas de las que me sentía tan orgulloso. En ese momento vi la sangre que cubría mis manos, el jugo de la vida de todos aquellos que se cruzaron en mi camino y a los que tuve que matar, sin dudarlo un instante, sin avergonzarme. El único arte que domino es el de matar, nadie puede igualarme a la hora de planear y ejecutar un asesinato o una matanza. Soy un virtuoso. He pasado mi vida recibiendo encargos y ejecutándolos con la precisión de un cirujano, cortando vidas y eliminando problemas. Gracias a eso me puedo permitir la vida que llevo, las casas que he comprado, los regalos que he hecho y las dudas que he sembrado entre los míos, aunque nunca nadie se ha atrevido a preguntar, quizás porque temen la respuesta y prefieren no saber. Volví a mirarme las manos. Curiosamente hoy no lo hago por dinero sino por placer, por zanjar una deuda con mi pasado y cerrar un círculo que lleva mucho tiempo abierto. Ya va siendo hora de dejar de renegar de mí, mirar al frente con la cabeza bien alta y no agacharla cuando los ojos de los demás se posan sobre mí. Sonreí pensando que a cada cerdo le llega su San Martín y más cuando la iglesia en la que me encontraba estaba consagrada a dicho santo.

Me levanté y caminé hacia una puerta situada en un lateral. La crucé y entré en la sacristía, una sala adusta y mal iluminada. Seguí por el pequeño pasillo hasta la casa en la que vive el cura y entré por la cocina. Pasé al salón y desde allí a un pequeño despacho. Sus ojos me miraron sorprendidos pero con el aplomo que le da su sotana. Se levantó para recibirme y me preguntó lo que quería. Le dije que había llegado la hora de pagar, ajustar nuestras cuentas. Pude ver en sus ojos que no me reconoció así que le refresqué la memoria. El pequeño luisito, el mismo que lo ayudaba en los servicios de los fines de semana dos décadas atrás, aquel chiquillo pelirrojo y lleno de pecas al que le faltaba una paleta y que seseaba al hablar. El hombre sonrió al recordarme y levantó las manos como para abrazarme. Mantuve la distancia. Le pregunté si lo había olvidado y no parecía saber de lo que estaba hablando. Me quedé sin aliento y un sudor frío cubrió mi frente. Siempre me pasa lo mismo, da igual las veces que lo hagas, matar produce un subidón y no me demoré. Saqué el cuchillo y antes que pudiese gritar lo degollé. La sangre roja y viva salía a borbotones de su garganta y manchaba el alzacuellos, sus ojos se cristalizaron, su mirada perdió el enfoque y en unos segundos comenzó a caer al suelo.

Murió allí, casi sin hacer ruido. Le di una patada y lo aparté para marcharme. Sentía que estaba escupiendo en lo que creo y aunque no lo hice por dinero en mi bolsillo parecía notar el peso de una bolsa de monedas, las mismas que le dieron a Judas por su trabajo. Tantos años deseando lo que ahora estoy negando que cuando llegó el día y lo conseguí lo único que quería era tratar de salir de allí y marcharme para nunca volver.

No sé lo que quiero, reflexioné sobre mis ambiciones y lo único que vino a mi cabeza era la imagen de ese Cristo crucificado mirándome con su gesto cansado y el sufrimiento marcado en su cara. Ya no importa nada. A lo hecho, pecho. Salí de la casa del sacerdote por la puerta principal y en aquel desierto callejón cerré mi pasado. A cada paso parecía sentirme más ligero, podía volver a volar, conquistar el mundo si era necesario porque al fin era libre de mi pasado ??

Mis plegarias atendidas
me hacen dudar
una vez más ??

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3 opiniones en “Mis plegarias atendidas”

  1. 😉 los fantasmas pueden ser cualquier cosa desde un cura que quién sabe que te hizo cuando eras niño hasta el cereal que no te gustaba y tu madre insistia en ponerte por el desayuno.

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