Omán séptima parte - Turismo en Moscate I

Arabian Tour 2005

Casi hemos acabado y no quiero dejar de insistir en el orden adecuado de las historias, que es el siguiente: Comienzo del viaje, Arabia Saudita, Qatar primera y segunda parte, Moscate, Camino de Sur y Sur, primer y segundo y tercer, cuarto día y vuelta a Moscate.

Mi último día en tierras herejes es el único que podré hacer algo de turismo. En principio había planeado dos días, pero fue imposible y no puedo cambiar el billete porque no hay plazas disponibles. De haberlas, me habría quedado un par de días más. No me quejo, que cuando estuve en Venecia sólo pude hacer una gira de cuatro horas por la ciudad y en Zurich llegué de noche y me marché de noche sin haber puesto un pie en la calle. Por eso no me gusta nada viajar para la compañía. Me exprimen hasta los huevos para sacarle jugo a mis viajes. Esa es la razón por la que soy muy reluctante a las salidas de Holanda. A algunos de mis compañeros les encanta visitar hoteles y no ver nada, pero yo siempre he creído que si vas a algún sitio, deberías disfrutarlo.

Bueno, me dejo de cantinelas y continúo. Como sólo podía hacer una gira de un día, decidí centrarme en Moscate. Contacté un par de agencias turísticas y se puede alquilar un coche con conductor por menos de cincuenta euros y el hombre se encarga de llevarte a todos lados. Me recogió en el hotel, en donde me encontré con otra sorpresa. El asiático de mierda al que ya he mentado en múltiples ocasiones la cagó una última vez y puso en el fax que su compañía pagaba mi estancia en el hotel. Si lo sé, destrozo la habitación para que le carguen los gastos. Avisaré a los de mi empresa para que le devuelvan la factura si alguna vez tiene la jeta de mandárnosla.

De esta última parte de la historia tengo unas ciento cincuenta fotografías. En el momento en el que escribo estas líneas (en el aeropuerto esperando por el avión) no sé cuantas pondré en la bitácora ni como lo haré, pero algunas veréis y es posible que podáis ver fotos de muchas de las cosas que cuento en esta anotación. Y recordaros que haciendo clic en las mismas las podréis ver en un tamaño mayor. Gran mezquita del Sultán QaboosComenzamos visitando la gran mezquita del sultán Qaboos. No me dejaron entrar dentro para hacer fotos. El guía me dijo que algunos días permiten al menos la entrada al patio interior, pero hoy no era uno de ellos. En cualquier caso, el edificio es impresionante. Además de mezquita es universidad de imanes. Espero que el vulgo que lee estas numerosas líneas sea lo suficientemente espabilado como para saber que no me refiero a esas piezas de metal polarizadas. Por si no lo he dicho, hay mezquitas por todas partes y se construyen nuevas continuamente. Todo esto está pagado por el estado. Gran mezquita del Sultan QaboosQuizás los europeos deberíamos subvencionar más a la iglesia católica para que compita en igualdad de condiciones, que aquí los niños compiten entre ellos por adquirir esa profesión, la cual te garantiza una vida de asueto y relajación en beneficio de su profeta.

Antes de seguir he de decir que mi conductor era un hindú. El amigo omanita me confesó que él tampoco entiende a los hindúes cuando hablan inglés y además me dijo que tampoco les entiende si le hablan en árabe. Lo de hoy con mi chofer ha sido de película de los hermanos Marx. Ni yo lo entendía a él ni él me entendía a mí. Era un diálogo de sordos total. Opté por señalarle en el libro a donde quería que me llevara. Si le decía que no quería ir a un sitio, iba y si le decía que quería ir, tiraba en sentido contrario. Una vez le cogí el tranquillo, siempre le decía que no quería ir. Los hindúes, más que inglés hablan hinglús, una versión localizada y desparramada de la lengua originaria nacida en la Gran Bretaña.

Tras la gran mezquita me dio un paseo por la zona de los ministerios y las embajadas. Es la parte más nueva de la ciudad, con mucho edificio monumental. No me molesté en hacer fotografías porque la arquitectura de esa zona es muy occidental. La calle de las embajadas tiene carteles en los que se prohíbe hacer fotos. Los americanos y los iraníes son casi vecinos. No me dio la impresión de que hubiera mucha seguridad por esa zona, pero quizás fue una falsa impresión. coche de autoescuelaTras ver la zona nos fuimos a una playa en Shatti al-Qurm. Llena de palmeras y con un hotel en un extremo, había algunos locales. Yo esperaba que estuviera más llena de gente, sobre todo sabiendo que el día que la visité equivalía a un sábado europeo, pero supongo que la gente no está por la labor de exponerse a este sol asesino. Lo más curioso fue que se bañaban vestidos. Es decir, los tíos con la camisola blanca esa que llevan y las mujeres con la negra. Me pregunto como se las arreglarán cuando vayan a volver a casa. En algún lugar debe haber un vestuario en el que se puedan cambiar. Los chiquillos iban con camisetas y bermudas hasta las rodillas. Estuve tentado de meterme en el agua en vaqueros, ya que no hubiera llamado mucho la atención, pero al final desistí.

Zoco de MutrahFinalizada la visita a la playa, enfilamos para Mutrah, el lugar en el que había estado la noche anterior y en donde se concentran casi todas las cosas que hay que ver. Volví al zoco, para hacer las compras de rigor. Entré por otro lado e inmediatamente me perdí. El día anterior ya me habían parecido un poco agresivos los vendedores, pero es que hoy fue como una banda de carroñeros lanzándose sobre carne fresca. Todos me saludaban con ostentóreas frases y me invitaban a entrar en sus tiendas. Algunos trataban de cogerme la mano para meterme dentro. Miré por todos lados e hice algunas fotos. Finalmente entré en la tienda de un hindú particularmente persistente, pero no tenía nada que me interesara lo más mínimo. Aprovechando que una inglesa entró en la tienda traté de escaquearme, pero como él ya sabía lo que quería y él no lo tenía, salió y le gritó a otro que inmediatamente me interceptó. Los de las tiendas vecinas trataron de capturarme, pero les fue imposible. Mezquita en el zoco de MutrahEsta gente es muy buena en el acoso del turista despistado. La tienda en la que entré era de un señor muy viejo que hacía cerámica. Tenía cosas absolutamente preciosas, pero es imposible sacar algo así del país sin que se rompa en la maleta. Al final le compré unas cuantas piezas y me marché. Conseguí sobrevivir por un rato hasta que caí en las redes de otro hindú. En su tienda acabé las compras. Yo soy incapaz de regatear. Me muero de vergüenza. Antes le digo a la cara que es un roñoso y un carero y me niego a comprar. Como el omanita me dijo que eso es de muy mala educación, lo que hago es que cuando me ofrecen algo, me quedo callado y pongo la mejor de mis sonrisas de duda. La mantengo durante los segundos que haga falta hasta que el tío empieza a regatearse a sí mismo y me baja el precio. Cuando llega a una cantidad razonable, compro. Seguro que termino pagando un veinte o un treinta por ciento más que la gente que regatea, pero me da igual.

Tras esa compra, seguí deambulando por el zoco siguiendo a una familia británica. Como me creían parte del grupo me dejaron en paz. Cuando acabé con el zoco volví al coche haciendo unas cuantas fotos por el Corniche, el paseo marítimo de la ciudad. El calor en la calle es horroroso y eso que la gente dice que la temperatura ahora es deliciosa. Para mí es demasiado. El hindú se quedaba dentro del coche, bien a cubierto y con el aire acondicionado a toda mecha.

Después del zoco el hindú decidió que debía ver el Al-Bustan Palace Hotel. Pensé que estaba por allí cerca, pero estaba bien fuera de la ciudad. Alrededores de la playa JussaAsí y todo, mereció la pena. Lo nombraban en mi guía. El hotel es el más lujoso de la ciudad y según el hindú, uno de los diez más lujosos del mundo, aunque esto tomároslo con ciertas dudas, que esta gente tiende a tener lo mejor del mundo en todas las categorías. Cuando entras dentro del edificio te encuentras con un atrio masivo en forma circular. Es realmente espectacular. Creo que hice una foto pero no sé si habrá quedado bien.

Continuamos nuestra ruta alejándonos de la ciudad. La siguiente parada fue la playa de Jussa. Alrededores de la playa JussaAllí alquilamos un barquillo de pescadores y el tipo nos dio un paseo de media hora alrededor de unos peñones y cerca del Oman Diving Club. Creo que aquí fue donde hice la mayor parte de las fotos. La costa vista desde el mar es realmente preciosa y las pequeñas rocas que aparecen medio erosionadas en el medio del mar me encantaron. El precio del paseo comenzó en siete riales y el hindú negoció y lo bajó hasta cinco. Estoy convencido que estaban compinchados, pero me da igual. Como hacen toda la negociación en árabe no me enteré de nada, pero me imagino que si el hindú viene casi todos los días tendrá su comisión, sobre todo porque fue directamente a uno de ellos e ignoró al resto. En la playa vi algunos occidentales, que alquilaban transporte para que los llevaran a alguna de las rocas que estaban por allí. Parece que puedes arreglar que te dejen en la que tú quieras y luego te recojan a la hora convenida. Había un grupo de chicas con los bikinis típicos de playas europeas que tenían a la morisma alterada. Los tíos se movían como gallos, tratando de llamar su atención.

Alrededores de la playa JussaTras el paseo en barco pasamos por el Oman Diving Club que ya he mencionado, aunque le dije al guía que pasara de entrar porque yo no iba a hacer submarinismo y la playa ya la había visto desde el mar. Justo en esa zona están construyendo otro super-hotel y se han cargado parte de la línea de costa para hacer la playa del mismo. como esta gente no empiece a controlar estas cosas, en diez años habrán destruido parte de su patrimonio, que es lo exótico del paisaje. No me imagino que mucha gente quiera ir de vacaciones a un sitio en el que en Julio hay más de cuarenta y cinco grados, pero el mundo es muy grande y seguro que hay gente a la que atrae la idea. La temporada perfecta para ir a ese país es el invierno, que es cuando las temperaturas son más moderadas y hay algunas lluvias.

Esta historia continúa en Omán octava parte – Turismo en Moscate II