Omán tercera parte - Sur

Arabian Tour 2005

Ya llevamos siete días contando la historia de este viaje. Si quieres seguir el orden de lectura apropiado, deberías retroceder a Comienzo del viaje y después continuar con Arabia Saudita, Qatar primera y segunda parte, para alcanzar Omán, del que ya se han publicado los capítulos Moscate y Camino de Sur. Aún queda mucho por contar, así que quizás deberías mirar los episodios anteriores antes de continuar leyendo si aún no lo has hecho.

El lugar en el que me encuentro y sobre el que hablaré en las anotaciones sucesivas está en las cercanías. No puedo desvelar su nombre así como no puedo desvelar su función. Me siento como Mayra Gomez-Kemp en el 1, 2, 3. …. y hasta aquí puedo leer.

Sólo diré que me siento como un alemán en las pelis de Nazis, o como alguno de esos británicos en pelis de África. Aquí dentro hay un montón de gente, cerca de seis mil trabajadores. Casi todos se quedan dentro del complejo las 24 horas del día. Las mujeres son las únicas que se van por la tarde. Son todas del pueblo que está cerca. No se les permite quedarse en el Hotel contenedor ?campamento??, eufemístico nombre por el que se conocen los barracones en los que dormimos (A propósito, podéis hacer clic en la foto para verla en grande). Hay diferentes grupos de barracones, según las clases. Están los Senior, los Junior, los Contractors y finalmente Local staff. En cristiano serían los Gerentes, los cargos medios, las subcontratas y la tropa. Yo pensaba que pertenecía al grupo de Subcontratas, pero parece que pertenezco al grupo de los cargos medios, que a todos los efectos es similar al de los gerentes, de hecho, compartimos cantina y bares con ellos. Los otros se deben quedar en algún otro sitio, hacinados me imagino, porque aquí, por si aún no lo habéis captado, hay esclavitud encubierta. Todo este país, como todos los del golfo Pérsico funcionan a base de los esclavos que importan de Asia. Una esclavitud relativa, pero esclavos al fin y al cabo. En nuestro comedor no pueden entrar hindúes ni similares, que han de comer en un comedor aparte. En nuestro campamento tienen también prohibida la entrada. Pueden hablar con nosotros, pero nosotros podemos ignorarlos u ordenarles lo que se nos ocurra. De todo esto me he enterado a través del hombre con el que voy a trabajar, un holandés que me ha dicho que está asqueado de este país, que esto es la edad media en el siglo XXI. No hay nada que podamos hacer para cambiarlo, salvo tratar en la medida de lo posible de ser amables y respetar a toda esa pobre gente que tiene unos sueldos miserables y se desloma por sacar este país adelante. Hay profesiones de lo más variadas aquí, trabajos que en Europa serían inadmisibles. Hay un tipo cuya única misión es hacerte el café y traértelo a la mesa. El hombre va vestido como un camarero de un restaurante de lujo. Permanece encerrado en el cuarto de la cafetera hasta que alguien lo llama. Entonces va, lleva el café que se le ha pedido y vuelve a su cuarto, un espacio de dos por dos sin ventanas en el que está encerrado. Hay una mujer que no sé muy bien que hace, pero que da lástima. Está en un rincón, como castigada. Los japoneses son unos cabrones con esta gente y los tratan al trapo. Lanzan órdenes directas y esperan que las ejecuten inmediatamente. Por lo que me han contado, llamar hijosdeputa a estos amarillos es quedarse corto.

En realidad no he hecho nada porque llegamos tarde. Me han tenido toda la tarde sentado escribiendo todo esto y mirando alrededor, más que nada para hacerme una composición de lugar. Las reglas del lugar son curiosas. Está prohibido silbar, está prohibido decir palabrotas, está prohibido hacer ruido, sobre todo después de las diez de la noche, no se permite tener comida en los barracones ni dispositivos de ningún tipo para cocinar, actos que se consideran hostiles y que conllevan la expulsión directa de las instalaciones. Lo mismo sucede con quien sea pillado ?obrando?? en cualquier lugar que no sea un baño (Para aquellos que desconozcan el término obrar, favor de sustituir la palabra por cagar). La expresión que usan es ?Will be removed from the Camp?? que yo traduciré libremente por ?será removido del campamento??. No se pueden apagar cigarrillos en el suelo, no se puede cambiar de barracón sin permiso escrito de la administración, no se puede realizar contrabando de substancias ilegales en el sultanato, ni se puede socializar en la cantina, que es un lugar estrictamente para comer.

En el comedor se puede elegir entre tres tipos de comida. Japonesa, Europea e Hindú. La hindú es picante, la japonesa pues a su estilo, aunque nada parecido a lo que se come en los restaurantes que pululan por doquier en Europa y la Europea aunque jamás la había visto parece la más normal. Por lo que me han dicho de la hindú, es como fuego de picante. Ya lo intentaré otro día, que tampoco me quiero abrasar la garganta por la noche, que no tengo ni idea de si se puede beber el agua del grifo y no pienso averiguarlo. De mi barracón he hecho fotos, que subiré algún día de estos. RetreteEl baño es de película, como podéis ver en la foto que he puesto (haced clic para verla en grande). Hay varios que leen esto que se morirían sin jiñar en este recinto. Me han dicho que hay gente que lleva viviendo aquí siete años en estas condiciones. Yo creo que no sobreviviría al primer mes. En el comedor habían un montón de moscas, pero nadie parece notarlas y por lo que me han dicho, hay que preocuparse más de los comedores sin moscas. He visto a más de un camarero con tres o cuatro al hombro, como si fueran piratas con sus loros y de hecho, las putas moscas son del tamaño de nueces, que las cabronas están super bien alimentadas. Aún no he visto un solo perro o gato en este país, así que me temo que la vida para las mascotas domésticas en estas tierras sea muy difícil sino imposible.

Después de cenar y de escribir un rato mi diario había quedado con el colega holandés al que he venido a ayudar en el bar del campamento. Junto al bar hay pistas de tenis, de squash y una piscina. Todos estos equipamientos están disponibles para los V.I.P cada día de seis a diez de la noche. Los hindúes, siguiendo la norma de la casa, juegan al fútbol fuera del campamento en un campo de tierra que se han montado ellos mismos. Cuando entré en el bar estaban poniendo partido de fútbol de la Premier league y unos cuantos ingleses lo miraban atentamente. En una mesa habían tres japoneses, incluyendo el que había venido conmigo en el viaje al campamento. Me acerqué a saludarlo. El otro era el jefe de administración de la obra, otro gerifalte. Hablé un poco con ellos y todos se pelearon por pagarme mi primera cerveza. Me senté por allí a mirar la gente y un poco el partido. En esas entró otro amarillo y empezaron todos a agitar las cabezas. A mí eso me da un montón de miedo, porque el cuello humano no está hecho para esos tremendos cabezones y esta gente se empeña en menearla como si de una coctelera se tratara. Estoy seguro que tienen infinidad de problemas de cuello por culpa de eso. Además, cuando están agitándolas levantan unas ventoleras horrorosas. Yo siempre me acuerdo de esas pobres madres que tienen que parir esos hijos cabezudos. Supongo que los echarán en cuclillas para que la gravedad ayude algo, porque si no, no veo por donde les pueden salir. Cuando llegó mi colega se quedó asombrado de ver a los asiáticos en el bar. Según él, era la primera vez en las 6 semanas que llevaba trabajando en este sitio. Aún se asombró más cuando le dije que me habían pagado la copa y cuando mi japonés vino en persona a presentarse y decirle que habíamos venido juntos al campamento. El hombre no se lo podía creer. Pero es que un poco más tarde, otro de los japoneses, picado porque me habían pagado la copa, vino e invitó a toda la barra a cerveza y finalmente extendió la invitación a todos los que estábamos en el bar, que éramos unos diez sin contarlos a ellos. Eso fue el acabose. Para que después haya gente que dude de mi capacidad de obrar milagros. El que regaló las bebidas fue el jefe de administración. Lo mejor de los japoneses es que te pagan las bebidas y no hay que darles coba. Eso me gusta.

Los japoneses siguieron privando cerveza como locos y meneando los cabezones en su mesa mientras nosotros bebíamos a costa de ellos. Más tarde me fui a mi contenedor-vivienda y caí muerto en la cama.

El relato continúa en Omán cuarta parte – Sur