Tulipan Bleuge



Tulipán Blueberry Ripple, originally uploaded by sulaco_rm.

Ahora que hemos acabado con las peticiones, llegan las dedicatorias libres. Comenzaremos por bleuge, con quien llevo más de diez años distorsionando la realidad en la que vivimos. Han sido incontables horas desvariando sobre el mundo, la vida, la religión y la textura de la gelatina. Cualquiera que haya pasado más de dos veces seguidas por ésta página habrá visto sus comentarios y se habrá hecho una idea equivocada sobre alguien que sobresale entre la miasma que nos rodea.

Bleuge es como esas estrellas que siempre están ahí para darnos confianza y seguridad. Siempre sabes que cuando tienes algún problema, miras hacia arriba en la oscuridad de la noche y las verás. Con él es igual. Nosotros ya no necesitamos hablar para comprender lo que queremos decir. En lugar de ello, hemos evolucionado hacia el despellejamiento del prójimo, algo que es mucho más productivo a la par que divertido.

Toda esta introducción es para anunciar que desde hoy y por siempre, el anteriormente conocido como Blueberry Ripple recibe el nombre de tulipán bleuge.

Si estás pensando visitar Holanda para poder ver estas maravillas, tienes más información en la anotación Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda y también puedes ver el Álbum de fotos de tulipanes en el Keukenhof o el Álbum de fotos de Amsterdam

Deconstruyendo el cuento de la princesa I

?rase una vez un reino muy cercano, tan cercano que todos sus ciudadanos se conocían. En dicho reino había un rey muy vulgar muy vulgar, que veía pasar su tiempo tocándose los gruños y estrechando manos sin habérselas lavado previamente. Dicho soberano, llegó a conocer a su parienta cuando aún era príncipe, tras arduas búsquedas y no antes de haber pasado por todo tipo de peligros. Cayó en las garras de una intelectual venida a menos que trabajaba en la redacción de un canal de noticias chupando pollas a destajo. De esta forma, la tipa, prosperó y prosperó y prosperó y llegó a presentar su propio programa, en el que tuvo la oportunidad de conocer a su joven príncipe. Fue verlo y despatarrarse allí mismo. No le quitó la pierna de encima hasta que lo tuvo atado y bien atado. Los compañeros de redacción de dicha depredadora respiraron aliviados cuando les comunicó su ascenso profesional. Por fin podrían acumular semen en sus gónadas por más de quince horas consecutivas. Los pobres estaban consumidos por el ansia sin fin de aquella arpía.

Tras unas fastuosas bodas, la princesa consorte se las apañó para dar la extrema unción a sus suegros y llegar al trono. Una vez se convirtió en reina, sintió la perentoria necesidad de perpetuarse y decidió que era justo y necesario el tener vástagos, cumplir con su soberano deber para con la patria y asegurar la línea sucesoria. El rey, que no pintaba nada y que tenía menos luces que un agujero negro, delegó en ella las gestiones. Después de que hubieron pasado un par de meses, los súbditos comenzaron a murmurar ante el lamentable estado de su alteza real. El pobre amanecía demacrado y macilento y mostraba claras muestras de misoginia. Cada vez que veía una mujer comenzaba a gritar como un loco y un sudor malsano perlaba su frente ya despoblada por la alopecia y el esfuerzo de no hacer nada durante tantos años.

Una tarde, mientras se escondía en el cuarto bajo las escaleras del palacio escuchó una algarabía y temió por su vida. Apagó la luz y no se movió, permaneciendo allí durante más de seis horas. Cuando se decidió a salir, se encontró conque todo el mundo lo felicitaba y sonreía con complicidad. La perra de su esposa, la reina, estaba preñada y en unos meses dotaría al pueblo soberano de un heredero al que idolatrar. La reina no cabía en sí de gozo, o bueno, sí cabía pero estaba contenta por lo bien que se estaban desarrollando sus planes. Pensó en acabar con su marido y compartir el reino con la sangre de su sangre, pero tras evaluar los riesgos optó por una estrategia menos agresiva y mantener al rey como plan de seguridad, por si era necesario el reponer heredero.

Tras unos meses, dio a luz una hija a la que pusieron de nombre Samanta. Ya de pequeña era fea de vicio y no mejoró. Dicen que los niños llegan con un pan debajo del brazo, pero esta llegó con una capucha para taparle el careto. Su madre, decepcionada por ver como sus espléndidos genes no pudieron hacer nada para contrarrestar la decadencia y corrupción de una línea genética sometida al matrimonio entre primos durante generaciones, pensó en eliminarla y buscar un substituto usando esta vez la materia prima donada generosamente por su asistente, pero finalmente le pudo el amor de madre y se resignó a su suerte. El rey, padre de dicho feto amorfo, se encontraba satisfecho por verse reflejado en ella y comprobar la frescura y lozanía de los rasgos faciales de su hija, muy similares a los suyos.

Samanta creció como todas las princesas, entre caprichos y sin dar un puto palo al agua, parasitando a los ciudadanos al consumir recursos y no aportar nada a la sociedad. Samanta era caprichosa y pendenciera, como su madre, pero también una tonta del culo y gilipollas, como el papuchi. Cuando alcanzó la mayoría de edad apenas sabía escribir o leer, aunque en lo de comer golosinas y soltar tacos tenía un dominio magistral. La prensa de su país, rastrera y vendida a sus reyes, nunca dijo que hubiera sido preferible el tener de heredera a la niña del exorcista. Nadie se atrevió jamás a porfiar las bondades de una república para erradicar semejante lacra social, esa carroña que culminaba la pirámide del poder de forma tan infame.

Llegó el día en que la niña, esa pécora sucia y rastrera decidió que ya era hora de trabajar y dejarse ver. Su papi, el rey, la colocó en una consultora independientemente dependiente de los contratos gubernamentales, una gente que se jactaban en recordar su buen hacer y su sólida independencia del poder dominante mientras por detrás untaban a los diferentes miembros del gobierno para conseguir proyectos que ayudaran a pagar sus hipotecas y los turbios vicios de las putas de lujo con las que se casaban sus consultores. La niña no duró mucho en la empresa. Además de no saber escribir, era incapaz de tolerar la presencia de otras hembras a su alrededor. Las atacaba con saña porque la envidia la corroía. En este caso era aún peor porque todas y cada una de las mujeres que recibían un salario de dicha compañía habían sido elegidas mayormente por su chasis. Eran unas chorbas de morirse, estando certificadas con la conocida y acreditada marca de calidad que proporcionaba el tener nivel de chochas del martes. Todas menos ella. La hacían parecer una gorrina en medio de un campo de amapolas. No soportaba la oficina y decidió dejarlo.

Hubo un terremoto en el país cuando se supo la noticia. Las rotativas de los periódicos no echaban humo porque nadie quería ofender al hombre que ostentaba la cabeza del estado, pero en los corrillos del café no se hablaba de otra cosa. Samanta, esa cosa que tenían que era la heredera y que debía ser tratada con rango de Alteza Real, estaba en el mercado buscando un nuevo trabajo. Las organizaciones de ciegos, incapaces de contemplar a su futura soberana en toda su gloria, intentaron contratarla para promocionar sus cupones, pero no funcionó. Después fue el gremio de pescaderos el que quiso que los representara, aunque sin mucho éxito. Hubo otras compañías que lo intentaron pero fracasaron. O la niña no quería, o tras tenerla unos meses en nómina la quiebra se convertía en una certeza inminente.

Samanta, que además de princesa, fea, sucia y rastrera, era una tragona incorregible que se atracaba siempre que podía, andaba desvalijando un restaurante de comida rápida una tarde cuando se le ocurrió una gran idea: trabajaría de empleada en uno de esos centros. De esta forma podría encochinarse todo lo que quisiera y además estaría en contacto con la plebe. Dicho y hecho. El rey la colocó en una hamburguesería cercana a palacio. Al fin la niña podría demostrar de lo que era capaz y deslumbrar al mundo.

Aquí acaba esta primera entrega. El cuento continúa en Deconstruyendo el cuento de la princesa II

La semana pasada en Distorsiones

Casi sin darnos cuenta seguimos acercándonos al verano. Hagamos el repaso habitual a lo que sucedió por distorsiones en los últimos siete días. Dentro de la categoría de Cine acabé el repaso de la trilogía original de la Guerra de las Galaxias con Star Wars Episodio VI: El retorno del Jedi. Supongo que muchos habréis supuesto que correría a un cine a ver la nueva película inmediatamente. Sí y No. Estaba planeado, pero se chafó el plan, como ya comentaré un día de estos. Así que el gran evento tendrá lugar durante esta semana. Además de esta película, también comenté Be Cool , un fallido intento de volver a juntar a John Travolta y Uma Thurman y hacer algo interesante.

Si hay algo que sobresale durante la semana pasada fueron las fotos de tulipanes. Cada una de ellas dedicada y renombrada. Las he englobado en la categoría Otros mundos y por supuesto en la de Fotos. Fueron Tulipán Priscila, Tulipán María de los Monkeys, Tulipán Yumiko y Tulipán Til.

La serie de Desvaríos se mezcló con mi calvario personal en este mundo y nos trajo una historia que por su longitud repartí en dos días. Se trata de  De camino al trabajo y Mi nuevo fisioterapeuta. El resto de la semana fue muy autobiográfico, muy de Mi mundo, para que sigáis horrorizando con la alimaña que se esconde tras esta página. Estos pequeños capítulos de mi testamento vital fueron Sin noticias de sulaco, Minueto primaveral y Paseando por Gooilust.

Comentaros fuera de tópico que ya tengo cámara nueva de fotos y que ando aún intentando domarla, aunque sin mucho éxito. Espero mejorar en las próximas semanas. Y eso fue todo por Distorsiones la semana pasada. Como siempre, acabo recordándoos los enlaces a las páginas en las que podéis encontrar los regalos que me gustaría recibir:
Wishlist en Amazon UK
Wishlist en Amazon USA

Paseando por Gooilust

En días soleados como el de hoy es un crimen quedarse en casa. Después de pasar la mañana apuntalando mi bitácora, algo que quizás alguno hayan notado ya que hubo instantes en los que sólo salía una página en blanco, decidí salir a pasear en bici. Vivir en Holanda tiene esas ventajas. Hay miles de kilómetros de carriles bici y por suerte vivo rodeado de algunos de los parques más bellos del país.

Antes de salir, cargué el audiolibro que estoy empezando en mi iPod, puse la cámara en la mochila, la botella de agua, las gafas de sol y a la carretera. Estuve unas tres horas dando vueltas, aunque no todo el tiempo a pedal. Pasé por Gooilust, una reserva natural privada cercana a mi casa que es una preciosidad y después de aparcar la bicicleta, me metí a caminar en sus verdes bosques. En uno de los claros me recosté en la hierba a escuchar mi libro mientras la gente paseaba a mi alrededor y el sol acariciaba mi cara. Es por momentos como ese por los que uno vive aquí. Estuve bservando las parejas de ancianos, que van renqueando cual androides defectuosos mientras trataban de culminar los cien metros que les separaban de sus bicicletas. También habían muchas parejas de imberbes adolescentes con erupciones hormonales que expresan en los granos que perlan sus rostros y en la fogosidad que demuestran para ponerles la pierna encima a las hembras que se traen al parque. En este país hay muy poco decoro y estos a la mínima las montan sin importarles que haya gente a su alrededor.

Vi muchos matrimonios con niños, que llegan a Gooilust con dos bicis y seis individuos, lo que demuestra que una bicicleta es un medio de transporte de masas. Un día tengo que hacer una foto de una de esas madres llevando tres o cuatro niños. Siempre me ha parecido un milagro que nunca ocurra nada. En España morirían a puñados gracias a la delicadeza y tacto de la fauna conductora. Estas parejas consumadas y habitualmente en pecado mortal, ya que no se casaron por la iglesia, traen también tremendos perros que dejan a su aire. Resulta anómalo ver como dichos animales se cruzan con otros de igual o superior tamaño y no se inmutan. Definitivamente yo vengo de un lugar diferente, porque en la Isleta las peleas de perros eran algo habitual y casi siempre terrorífico. Estos contrastes, cuando se los señalo a alguien del país, les asombran, porque ellos siempre han asumido que en todos lados las cosas pasan como aquí.

Esta mañana también me he despertado en modo investigador y probé una masa para preparar croasanes que compré ayer. Me salieron seis, todos y cada uno de ellos correcto en color y sabor, aunque lejos de la textura y perfección de los que se venden en la dulcería Colomar, la Meca para todo el que quiera probar un croasán sin imperfecciones. Pronto estaré por allí y como siempre me dejaré caer por dicha dulcería para pecar de gula e inflarme a comer. Es bueno sentirse culpable con estas cosas. Mientras los devoraba uno a uno, me asomé a la ventana y me encontré con una mudanza. Una de las parejas que viven en la acera de enfrente se han marchado. Lo han hecho a la holandesa. Trayendo a todos sus amigos para que les ayuden con la reubicación de sus pertenencias. Se les veía felices mientras llenaban las dos furgonetas de reparto con sus muebles. Tenían tres sillones y todos eran de diferente familia, al igual que mesas y sillas. Como nadie tira nada, las cosas van pasando de manos hasta que ya no sirven y acaban en la basura. Todos ellos eran conscientes de que yo estaba en la ventana, con mi zumo, mi vaso de leche y mis croasanes mirando descaradamente y disfrutando del espectáculo. No les hizo gracia porque en su cultura, uno no debe fijarse en los demás y debe hacer siempre como si estuviéramos en universos paralelos. A mí esa teoría me gusta, pero que queréis que os diga, llevo cinco litros de sangre española ? canaria ? isletera y lo de noveleriar está grabado a fuego en mis genes, así que he seguido el espectáculo hasta que han terminado. Ahora tengo una idea bastante precisa sobre los gustos de dicha pareja.