No creo que haya una sola persona de las que leen esta bitácora habitualmente que no sepa que me gusta el cine, que religiosamente acudo a esos templos de pantallas enormes y salas oscuras para ver película tras película, dejándome una pasta en ello. Yo no descargo cine porque no me interesa verlo en una televisión, con colores distintos y un sonido birrioso e incluso cuando viajo suelo ir al cine en los lugares que visito.
Dicho esto y después de mirar la lista con las sesenta y seis películas que llevo vistas este año, nunca me había sucedido lo de anoche. Como siempre que visito España, miré la cartelera para aprovechar y ver todas las películas que no llegan a Holanda o que tardarán un montón en hacerlo. Elegí un par de ellas en el Multicines Monopol, uno que gracias a las subvenciones se atreve con películas que los otros no quieren. Yo, como espectador agradecido, suelo ir a su sala siempre que puedo y en este año 2008 ya han sido seis películas las que he visto allí y si tenemos en cuenta que vivo a más de tres mil kilómetros, lo mío tiene bastante mérito.
Llegué al cine y compré mi entrada para la primera película, paseé un rato por la calle Triana, me tomé un helado en Guirlache y a la hora prevista entré en el cine y me senté a disfrutar con el espectáculo. Hasta ahí todo fue bien. Al acabar la peli, salí y aproveché para cenar algo en un Pepe Chiringo que hay cerca y después volví a comprar mi entrada. Aún faltaban diez minutos para que empezara la película y cuando la pedí la empleada me dijo que habían decidido cancelar esa película porque no había gente. Las dos personas que estaban detrás de mi en la cola también la iban a ver pero al parecer, ninguno de nosotros contábamos.
Ahora entiendo ese cartel enorme que ponen en su página web que dice: MULTICINES MONOPOL PUEDE VERSE OBLIGADO A EFECTUAR CAMBIOS. PERDONEN LAS MOLESTIAS
Como espectador, salí de allí indignado. Todo el respeto y el crédito que tiene ese cine para mi ha quedado completamente dinamitado. Si me vuelve a suceder e imagino que pasará porque voy a un montón de películas raras y que no atraen masas, el día que la cajera me vuelva a decir que han cancelado la película que yo quiero ver y que si quiero puedo comprar una entrada para otra sala, ese día será la última vez que me vean por allí y me iré con mi dinero a otro lado, a un sitio en el que respeten los servicios que ofrecen y no los cambien a voluntad.


Uno de los subgéneros más interesantes dentro de todos los existentes es ese en el que el propio cine se mira el ombligo y rebusca dentro de su propio mundo. Me encantan esas películas que nombran otras, repiten citas memorables, explican cosas que suceden en ellas con teorías absurdas o simplemente nos recuerdan lo grande que es éste arte y las joyas que ha producido a lo largo de las décadas. Por descontado, este tipo de películas carece de atractivo para la mayoría de los espectadores y suelen caer en eso que llaman cine independiente, las ponen en cuatro cines de filmoteca y no se les da una oportunidad porque el populacho lo que quiere es ver efectos especiales creados por ordenador, estrellas que viven en un mundo irreal podridas de dinero y productos basura que se hacen cortados por el mismo patrón. Nada de eso lo encontraréis en 

El cine de terror tiende a ensañarse con los adolescentes. Junta a un puñado de estos y seguro que les pasa algo malo. Es como una maldición que tienen. Y siempre les sucede cuando se van al campo o de excursión o a la playa. De hecho, si hubiese nacido en los Estados Unidos, creo que en la vida habría salido de mi ciudad para evitar este tipo de desgracias. Por suerte en Europa las cosas no pintan tan mal y pude tener una adolescencia más o menos anormal, como seguro que ha sido el caso de todos aquellos que me leen. La última de estas películas de terror juvenil se llama 
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