Paseando por el Keukenhof

Resulta muy difícil explicar la atracción que ejercen las flores sobre mí. Imagino que igual que un programador no puede explicar por qué siente algún tipo de placer mirando aburridas líneas de código o un pintor manchando un lienzo para obtener algo que satisfaga algo dentro de él, en mi caso pasear por el Keukenhof y oler las decenas de miles de flores que allí hay fotografiando esta o aquella me provoca un estado de euforia que no consiguen otras actividades. Cada año suelo ir cuando está abierto al menos una vez y mi visita del 2006 la realicé ayer.

Lo primero fue pedir un día libre, día que ha ido fluctuando a lo largo de la semana pasada ya que queríamos tener un clima tan próximo a la perfección como fuera posible y este no llegó hasta ayer martes. Después uno puede pensar que esto es algo como en plan dominguero de levantarte tarde, pegarte una buena jiñada y salir de casa relajado para pasear por el parque. Nada más lejos de la realidad. La noche anterior me la pasé comprobando y recargando las baterías de mis dos cámaras, del portátil y poniendo todo lo necesario en la mochila. El día anterior también llevé mi cámara Canon EOS 350D para que me limpiaran el sensor y las lentes. Mi amigo el Moreno tiene todo el equipamiento necesario y lo hizo con gusto. Preparé también una edición especial de mis Magdalenas del carajo con un chorrito de mermelada de frutos del bosque en su interior para comerlas mientras estábamos en el Keukenhof.

Por la mañana me levanto antes de las seis, ducha, jiñada y desayuno y cojo la guagua a las 6.48, una guagua vacía a esa hora tan inhumana. Llego a Hilversum a las 7.31 en donde me espera el Moreno y desde allí conducimos hasta el Keukenhof. La razón de no ir directamente en coche desde Utrecht es que la A2 es posiblemente la peor autopista de Holanda y anda siempre con atascos. Camino del parque cogimos un atasco y de repente nos tropezamos con una manade de alces. Yo pensé que se trataba de algún tipo de reserva natural y le reproché a mi amigo que no me hubiera avisado que tan cerca de Hilversum se podía ver estas cosas. ?l se quedó blanco. Desde que nació en esa zona jamás había visto alces por allí. Se cuenta que en el pasado se los podía ver por todas partes, pero no tras la masiva implantación de los humanos. Fue un momento mágico, con aquellos animales mirándonos desde el bosque y nosotros como abobados observándolos. Tras este regalo divino seguimos nuestro camino y llegamos antes de las nueve y nos perdimos por los campos de tulipanes que hay alrededor del parque. No se puede expresar con palabras lo que uno siente allí, oliendo las flores y rodeado por unos colores vivísimos que abarcan tan lejos como la vista. Es uno de los sitios más bellos que existen sobre la faz de esta tierra. Después del explaye en la zona entramos al parque y comenzó nuestro paseo anual. Aunque el sitio es el mismo todos los años parece diferente. Hemos acudido exactamente en el momento preciso. Las flores andan abiertas, el parque en su plenitud y aquello es el puto paraíso terrenal. En total pasamos siete horas allí dentro, paseando, haciendo fotos, sentándonos en una terraza a tomar una cervecita bien fría mientras mirábamos las flores y en definitiva disfrutando como enanos. A veces se nos podía ver tirados en el suelo haciendo una foto, o encaramados a algo para encontrar ese punto de vista distinto. La gente nos mira sorprendida porque mientras ellos se lo toman como una actividad de domingueros para nosotros es como hacer la primera comunión, un suceso muy importante y que marca todo el año. De este día hablaremos hasta el año que viene y desde ya comenzamos a planear nuestra próxima visita.

En el parque nos encontramos con otros como nosotros. Gente que viaja desde Japón, Estados Unidos, Australia, España, Alemania con todos sus bártulos fotográficos y que vienen todos los años. A alguno ya los conocemos de años anteriores. De ese lugar saldrá una gran parte de los posters y fotos de tulipanes que el resto del mundo verá en carteles, postales y demás. Allí se puede ver lo último en tecnología fotográfica en acción, las mejores lentes, cámaras, trípodes y demás parafernalia. En cualquier rincón te encuentras con alguien que prepara una cámara y la posiciona para esa foto única o ese otro que parece estar disparando ráfagas de fotos a una top-model, solo que esta es una flor y no responde a sus indicaciones, por lo que tiene que bailar a su alrededor para hacerle las fotos. En el Keukenhof te puedes sentar en un banco y charlar con algunos de los mejores fotógrafos del mundo y aprender de ellos. A veces te ven haciendo algo y vienen y te dan un consejo o te explican como mejorar. Es uno de los pocos sitios en donde se siente la camaradería, en donde la belleza te entra por los ojos y por el olfato, porque huele que es una delicia.

Al final del día, después de tantas horas volvimos a casa excitados y contentos, satisfechos porque una vez más, nuestra visita al Keukenhof ha sido un evento inolvidable.

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