Planta 33 – capítulo cuarto

Es un placer el atacar una historia por el comienzo y si has llegado aquí por esos misteriosos caminos del Señor deberías saber que este es el episodio cuarto. Agárrame de la mano y viaja atrás en el tiempo hasta el Planta 33 – Capítulo primero y después continuaremos con Planta 33 – capítulo segundo y Planta 33 – capítulo tercero

Viajar ya no es lo que era. Antes ibas hacia el aeropuerto con la excitación de la aventura, la promesa de una experiencia inolvidable a lomos de una máquina que contra toda lógica es capaz de levantarse del suelo y llevarte a velocidades de vértigo hacia tu destino. Así es como lo retrataban por la tele y como lo sentíamos cuando éramos niños. Todo eso cambió. Llegaron las medidas de seguridad y parecen no tener fin. Cada pocos meses se sacan una nueva carta de la manga y nos hacen plantearnos si merece la pena tanto esfuerzo. Todo el procesado de los pasajeros está pensado para humillarnos y amilanarnos. Comienza con la facturación. Ya no hay unas agradables señoritas que te reciben con una gran sonrisa y te ayudan mientras mantienes una conversación banal con ellas y sientes que tienes toda su atención. Ahora te enfrentas con una fría pantalla táctil que te va haciendo preguntas estúpidas. Y esa es la parte agradable del asunto porque cuando por fin has conseguido tu tarjeta de embarque comienza lo peor.

En cada aeropuerto se maneja a los pasajeros de una forma distinta y lo único en común es la sensación de formar parte de un rebaño que te invade durante el par de horas que pasas en sus instalaciones. El aeropuerto de Denver no es ni peor ni mejor que el resto. Te amontonan en líneas que desembocan en máquinas de aspecto terrorífico y mientras avanzas vas reorganizando tus cosas. Te quitas el cinto, compruebas tus bolsillos y te sientes un poco ridículo por esta estúpida ceremonia. Al final de la cola te espera un policía que mira tu tarjeta de embarque y en ocasiones te pregunta de una manera ruda algo o te señala alguna prenda que se te ha olvidado quitar. Es invierno y hace frío pero aquí nos fuerzan a sacarnos los abrigos y zapatos, todo en bien de la Seguridad Nacional. Dejé mis cosas en un par de cajas que me dieron y tuve que meter en una bolsa de plástico transparente los productos de aseo. Por suerte no llevo mucho porque en los hoteles suele haber disponible jabón y lo básico y siempre les puedes pedir pasta de dientes.

Por supuesto al cruzar el arco sonó un pitido y terminé siendo revisado por un hombre que definitivamente llevaba demasiado tiempo haciendo este trabajo. Te golpea mientras te cachea y decide que eres seguro para el sistema. Me demoré unos minutos mientras volvía a ponerme los zapatos, el cinto y colocaba cada cosa en su sitio. A ellos no les gusta que lo hagas allí porque los que van pasando el control después de ti tienen menos espacio pero no es mi problema. Yo no he impuesto estas reglas.

Busqué la sala VIP de United y saqué el portátil mientras me servían un café. Al menos podría hacer algo en las dos horas de espera. Esa es otra. Cada vez hay que llegar con más tiempo de antelación. Me pregunto que será lo próximo que se les ocurrirá. Espero que no tengan la brillante idea de hacernos dormir en el aeropuerto desde el día antes para poder observarnos y controlarnos mejor. La sala estaba casi vacía y los dos empleados que la atienden revoloteaban a mi alrededor ofreciéndome prensa y explicándome lo que debía hacer para que mi ordenador se conecte a Internet desde allí. Los dejé hacer aunque no soy ningún estúpido ignorante con miedo a la tecnología. Es su trabajo y si no les dejas hacerlo te cogerán inquina.

No sucedía nada especial en el mercado de valores y la cosa no parecía que fuese a cambiar. Llamé a la madre de Jorge y me aseguré que no hubiera nuevas noticias. Ella se deshizo en agradecimientos de nuevo. La dejé hablar y desahogarse. La pobre mujer debía estar pasando un mal trago. Me dio de nuevo el teléfono de la persona a la que había alquilado el apartamento su hijo y quedamos que la llamaría de nuevo desde Nueva York. Hablé con otros amigos y ellos también me pidieron que los mantuviera informado. No estoy muy seguro de si existiría la misma preocupación si yo soy el que ha desaparecido. Jorge siempre se deja querer por la gente, es algo muy natural en él. Sin darte cuenta lo has adoptado e incluido en tu círculo. Conmigo no suceden esas cosas. No es que no tenga amigos pero no me resulta tan fácil como a él y no creo que ninguno de ellos me echara de menos, excepto quizás Jorge. Somos complementarios. Siempre nos lo hemos pasado bien juntos y en las cosas importantes de la vida coincidimos. A pesar de no vernos a menudo ambos sabemos que el otro está ahí para cuando lo necesitas. Por eso estoy viajando a Nueva York, porque es mi amigo y se lo debo.

Sin darme cuenta pasó el tiempo y la joven que tan alegremente me atendía me recordó que debía coger un avión. No hice cola, pasé directamente y me senté en la parte delantera. No había mucha gente en ese vuelo, algo normal cuando viajas entre semana. Las aerolíneas mantienen estos servicios periódicos aunque solo hacen dinero unos pocos días o a determinadas horas en las que siempre tienen sus aparatos llenos. El resto del tiempo imagino que malamente conseguirán cubrir costes. Por eso jamás he invertido en este sector. No es de fiar.

Despegamos y la rutina de la comida y los agasajos de la clase Business me entretuvieron hasta que llegamos a nuestro destino. Nueva York se veía preciosa desde el aire con su particular línea de rascacielos y el agua rodeándola por todos lados. Tuvimos suerte y pude ver la Estatua de la Libertad al aterrizar. Como solo tenía equipaje de mano, salí del aeropuerto y cogí un taxi para ir al hotel.

No te detengas y continúa el viaje. Sigue el enlace hacia el capítulo quinto