Planta 33 – capítulo quinto

Nota del Transductor: Hoy echamos mano de un flashback, un inútil salto atrás en el tiempo que no sirve para nada pero que llena páginas y nos ayuda a comprender a los personajes. Odio este tipo de golpe literario y he de reconocer que en ocasiones los omito en los libros que leo pero si queremos hacer una historia un poco más extensa, o comenzamos a mirar sus tiempos mozos y como se la machacaban en aquella época o esto se acaba ya mismo. Si eres intelectualmente avanzado y superaste el aprendizaje de las vocales e incluso del abecedario, te puedes saltar este capítulo sin ton ni son ya que no es seguro que aporte un gramo a la historia. Para aquellos que sean capaces de comprender el concepto de capítulo quinto y sean nuevos en este relato, os sugiero saltar a Planta 33 – Capítulo primero para atacar la historia desde el comienzo.

El primer día de clase es siempre excitante y al mismo tiempo terrorífico. Te reencuentras con los amigos y vuelves a ver a un montón de gente con los que convivirás casi todo el día durante los próximos nueve meses. El año anterior fue de transición, llegando al instituto y buscando tu sitio entre los diferentes clanes pero ahora todo es mucho más sencillo. Siempre supuse que en las películas exageraban un poco con el clasismo que existe en las aulas pero no, tenían razón. Estamos divididos en castas: están los del equipo de baloncesto, los de rugby, las animadoras, los cerebritos, los alternativos, los musicales, los de color y los descastados, esos que no han logrado entrar en ninguno de los grupos. Es lo peor que te puede pasar, quedarte en tierra de nadie y a merced de todos. También los profesores parecen sacados de una película con el amargado, el antiguo deportista, la solterona romanticona, el joven que se quiere comer el mundo y esos otros tan mediocres que hasta dan lástima.

Dentro de este universo yo pertenezco a la banda de baloncesto. Es un grupo mixto, hay gente de todas las razas. Entrenamos juntos, comemos juntos y salimos juntos. Son mi familia en el instituto. La banda de las animadoras prefiere al equipo de Rugby pero si nos acercamos a la final del campeonato aparecen atraídas por el olor del éxito. Son como las moscas y supongo que ya te imaginas cual es el papel que nos tocó a nosotros, el de la mierda que las atrae de cuando en cuando. Mi instituto no es ni mejor ni peor que cualquier otro. Está en un suburbio de una gran ciudad, Denver. Al menos a mi me parece una gran ciudad pero no soy parcial porque siempre he vivido aquí.

Estaba sentado junto a la entrada principal esperando a mis colegas cuando lo veo venir. Un tipo nuevo. Alto, delgado y desgarbado. Es es la versión resumida de su descripción. No soy de los que se fijan en el color de los ojos, del pelo, en la forma de las facciones de su cara, la delicadeza de sus manos o la ropa que lleva. Al menos no lo hago cuando miro a un tío. Este era un ejemplar perfecto para nuestro equipo. Caminaba despistado, mirando a su alrededor sin reconocer a nadie porque no es de aquí y con ese andar desgarbado de quien es demasiado alto y no puede controlar el entorno de su cuerpo. En seguida fue ojeado por otros como yo: veo a uno de los cerebritos que comenta algo con los suyos y los alternativos también parecen quererlo. Tienes que actuar deprisa porque en cualquier instituto, una vez entras en un clan es casi imposible pasarte a otro. Cuestión de clase. Me levanto y avanzo hacia él. Me vio venir y una sonrisa defensiva iluminó su cara.
Hola, soy David. Bienvenido al instituto.
Hola, yo soy Jorge. – me dijo tímidamente. Seguía sonriendo y no sé, instantáneamente me pareció una buena persona. Es una de esas cosas que no se pueden explicar, empatía o algo así. No sucede muy a menudo. Lo usual es que la gente desconocida no te produzca ningún tipo de reacción.
Ven conmigo, te enseñaré el lugar y te ayudo a inscribirte en las actividades optativas – me ofrecí.
Gracias, me alegro que alguien pueda ayudarme. Odio el primer día cuando no conoces a nadie y eres el blanco de todas las miradas – dijo mientras seguía mirando alrededor y la gente se fijaba en nosotros, que por la altura no pasábamos desapercibidos.
Ahora ya conoces a alguien. ¿Juegas a baloncesto? – pregunté directamente para ahorrar tiempo y disgustos.
Soy alero – dijo sonriéndome de nuevo. Volví a sentir la empatía y creo que en ese instante fue cuando nos convertimos en amigos. No hizo falta más nada, ni experiencias traumáticas, ni años compartiendo una clase, ni haber estado juntos en la guardería, solo que a ambos nos guste el baloncesto y una sonrisa que desarmó todas mis defensas.
Genial. Vamos adentro y te apuntamos.

Así fue como conocí a Jorge. Un día caluroso a finales de Agosto al comenzar el curso. Inmediatamente nos hicimos como uña y carne. Íbamos juntos a todos lados, estábamos en el mismo grupo de estudio y jugábamos en la cancha. Pese a ser alto, su sonrisa funciona como un salvoconducto que te abre las más misteriosas puertas y él no parece darse cuenta de ello. Además es un buen jugador, no de los mejores, pero sí por encima de la media. Le faltaba algo de liderazgo pero tampoco lo necesitaba, para eso estaba yo. Cuando estábamos juntos éramos una tromba arrolladora que conseguía lo que se proponía.

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