Planta 33 – capítulo undécimo

Aunque comenzamos con la segunda parte del relato y por ahora son líneas independientes, yo te sugeriría que ataques los diez primeros capítulos para ir entrando en situación. Haz clic en el siguiente enlace para ir a Planta 33 – Capítulo primero.

Segunda Parte

Acababan de almorzar y se refugiaron del frío de la calle en una heladería cerca de la Fontana di Trevi. El local tenía un aspecto decadente, como si hubiera quedado anclado en los años cincuenta y nadie se hubiera apercibido de que ha pasado medio siglo desde entonces. Un camarero aún más viejo que el local y vestido de forma impecable con un traje entre azul y púrpura las recibió ensanchando su bigote y mostrando los agujeros entre sus dientes negros mientras les sonreía. Su pelo lo sujetaba una masa gelatinosa que brillaba reflejando la luz del local y parecía llevar purpurina en la cabeza aunque seguramente solo era la caspa atrapada por el gel fijador. Les señaló una mesa junto a las puertas que dan a la calle y que en verano están abiertas de par en par. Las mesitas minúsculas eran de forma circular y malamente había espacio para dos personas. La carta era tan grande que sobresalía de la mesa. Se miraron y sonrieron entre ellas. Era el primer viaje a Roma de Paola y María. En realidad era su primer viaje sin padres o algún adulto que las controlara. Este era el viaje de su independencia y se lo estaban pasando muy bien. No lo habían podido hacer en el verano porque una de ellas había tenido que estudiar para pasar algunos exámenes en Septiembre y por eso lo retrasaron. La ciudad no tenía el encanto de los días largos y soleados pero seguía siendo hermosa y lo que perdían en sol y calor lo ganaban en tranquilidad porque las calles no estaban tan llenas de turistas y se podían visitar los distintos lugares sin hacer infinitas colas.

Esa mañana la habían pasado en el centro, entre iglesias y plazas con fuentes bellísimas. La entrada en el Panteón fue mágica, con una lluvia fuerte que golpeaba el cristal que cierra la cúpula y creaba sombras chinescas en el suelo mientras el crepitar de la lluvia resonaba en toda la sala y parecía como si los mismos dioses estuvieran tocando los tambores en el cielo para recibirlas en su casa. Se quedaron boquiabiertas, mirando la magnificencia de un lugar que no parece creado por el hombre, un sitio que pone en jaque todo aquello que siempre hemos creído. Pese a la calefacción hacía frío en el interior del templo y al hablar podías ver la pequeña nube de humo que se formaba en la boca de los pocos visitantes que deambulaban por el lugar, cuchicheando en voz baja por miedo a que algo o alguien del otro mundo los abofeteara y les reclamara el respeto que debían mostrar ante esta obra divina.

Había un servicio de misa y decidieron quedarse. Un hombre les advirtió que cerrarían las puertas y no podrían salir hasta que hubiera acabado pero no les importó. La misa fue tan mágica como el sitio en el que estaban. La voz del cura recorría la sala circular y subía a la bóveda y volvía rebotando en las paredes como un eco despistado. La magia de la palabra de Dios parecía funcionar en aquel recinto. Dentro de la iglesia (o del templo) solo estaban ellas y un pequeño puñado de feligresas, viejas sin nada mejor que hacer que formaban la parroquia y cuatro monjas que posiblemente estaban de visita en Roma y que miraban tan encandiladas como ellas a su alrededor, sorprendidas seguramente por la forma extraña de aquella iglesia. En lo alto seguían oyendo la lluvia aunque ahora era más suave. A la hora de comulgar se acercaron con el resto. La mano del cura estaba muy arrugada y temblaba ligeramente. Al terminar la misa se volvieron a abrir las puertas y un pequeño grupo de turistas corrió a refugiarse al interior, acompañados por el sonido de sus cámaras y los destellos de sus flashes que trataban de recoger todo aquello que veían. Uno grababa una película y giraba sobre sí mismo con la cámara en alto. Se acercaron a la tumba de Rafael para mirarla por última vez. Con la de santos que ha hecho la iglesia y ninguno de los grandes creadores que han logrado que la casa de Dios sea más bella ha sido santificado. Después salieron a la calle. Según su guía turística por allí cerca también estaba la Iglesia de San Ignacio. Entraron a verla. A primera vista no es nada del otro mundo, al menos no en una ciudad en la que cada iglesia o basílica está construida para superar a las anteriores, para gritar más alto que nadie el poder de Dios. En el libro decía que tenían que buscar un punto amarillo en el suelo cerca de la salida. Lo encontraron. Se pusieron sobre él y miraron la bóveda, llena de pinturas y soberbia en su estilo. Era sencillamente perfecta. Al mirar el resto del techo veían unos frescos con San Ignacio frente a Cristo en el cielo. El hombre que lo había hecho era un genio, todo parecía estar en tres dimensiones, era casi real. Leyeron que la bóveda no existe, es solo una pintura y el efecto se pierde cuando dejas el punto amarillo. Avanzaron por la sala y al mirar hacia arriba lo pudieron comprobar. En donde antes había una bóveda perfecta ahora se veía una pintura con ángulos extraños. Simplemente mágico. Dolía pensar que todo esto se había hecho cientos de años atrás en una época en la que no tenían la tecnología de la que disfrutamos nosotros. Los diferentes altares estaban sobrecargados con joyas y pinturas exquisitas. Un grupo de turistas acababa de entrar y su guía les explicaba el truco para mirar hacia arriba. Eran americanos. Posiblemente jamás habían oído hablar de la Compañía de Jesús y de lo que habían significado en la historia del mundo.

Salieron a la calle y buscaron algún restaurante en el que almorzar. La zona está llena de sitios turísticos y como no querían perder mucho tiempo entraron en uno de ellos. Se pidieron pizzas. Tras la comida les apetecía un helado y sabían de un sitio cercano que había aparecido en infinidad de películas, una heladería de una calidad incuestionable y que entre sus clientes tenía al Santo Padre. Así habían llegado a aquel sitio.

Cada una se pidió un helado de dos sabores y no tardaron en traerles una copa enorme llena de helado. Estaba delicioso, sencillamente perfecto. El sabor explotaba en la boca y desde allí transmitía sensaciones a todo el cuerpo. Lo acompañaban con una galleta. Faltaban palabras para describir la perfección de los sabores, la sutileza con la que se mezclaban los ingredientes y el exquisito placer que producían en el paladar.

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