Putetas

En las calles de la Isleta pasaba de todo. Era un ecosistema estanco y en continuo movimiento en el que las mujeres debían andar con cuidado si no querían ser señaladas y quedar marcadas de por vida. Ya hemos hablado de toda esa jerarquía de acusadoras, difamadoras y distribuidoras de la información. Por si alguno anda despistado os recuerdo que las Noveleras jugaban un doble papel llevando la información hasta los últimos rincones y recopilando noticias que podían merecer un tratamiento, las Farfullas se encargaban de generar los rumores y de señalar a las que merecían caer fulminadas y las Alcahuetas participaban en la primera etapa de la distribución de dichos rumores. Supongo que ya has adivinado que hoy seguiremos edificando el Hembrario y le ha llegado el turno a las Putetas.

No debeís confundir a las Putetas con los Petates o los Pendones. Ya sé que estamos hilando muy fino pero conviene recordar que los Petates son mujeres de las que se sospechaba eran ligeras de cascos y los Pendones no son más que jóvenes que salen bien arregladas a divertirse. Las putetas son mujeres de probado descarrilamiento según los altos niveles de honestidad que había en el barrio, mujeres infieles a Dios y al hombre que posiblemente han cometido un crimen imperdonable y han sido infieles a sus hombres o peor aún, no tienen uno y no parecen necesitarlo para completar su vida sexual. Tendían a ser reincidentes y a poco que entablaran conversación con cualquier sujeto del sexo opuesto la poderosa maquinaria de los rumores y las descalificaciones se ponía en marcha y en la siguiente edición de los cotilleos del barrio todo el mundo recibía la información. Las putetas son mujeres marcadas, de las que se habla en murmullos y a las que se evita si se puede porque no son trigo limpio y todos aquellos a los que pregunten te contarán mil y una historias sobre ellas, siempre exagerando, siempre procurando que parezcan mujeres diabólicas empeñadas en la destrucción del mundo. Este era uno de los grados de castigo máximo a los que se podía someter a una mujer del barrio. Una vez convertida en puteta es prácticamente imposible lavar su reputación, están en una pendiente que solo te puede llevar hacia los lodos en los que se revuelcan aquellos condenados al infierno. Las putetas terminan sabiendo que lo son porque tarde o temprano captan las miradas, los susurros, las ventanas que se cierran al pasar o los cambios bruscos de conversación en la tienda de la esquina cuando entran a comprar el pan. También pueden notarlo por la sutil diferencia en el trato de los hombres, que pasan a verlas como objetivos apetecibles puesto que ya saben que son asequibles, que ellas sí que han cruzado la línea que separaba lo moralmente aceptable y por tanto las reglas no se les aplican a ellas.

En mi calle teníamos al menos una puteta, una madre soltera, una mujer que desafió a todo el sistema criando un hijo sin padre aparente y que mantenía la cabeza bien alta mientras las otras la despellejaban a conciencia. Tuvo que sobrellevar la infamia, trabajar y educar al chiquillo recibiendo las miradas condenatorias de todas esas que se creían mejores, que permanecían en casa como zánganas mientras sus maridos les traían el dinero. Las putetas merecen todo nuestro respeto y por suerte el mundo ha cambiado y hoy en día son raros los lugares en los que siguen existiendo. Ahora las mujeres tienen la libertad para vivir como ciudadanos de primera, no tienen que aparentar para que otras de su mismo sexo las vilipendien y esos nefastos corrillos en los que se distribuían las infundías forman parte de un pasado no muy lejano.

Si llegaste a conocer alguna puteta seguro que tu opinión sobre la misma se vio forjada sobre las patrañas de las otras. Quizás hayas aprendido la lección y espero que ahora formes tus opiniones en base a lo que realmente conoces y no lo que otros te cuentan sobre la gente. No estaría de más que te disculpes si aún la ves pasar por la calle o te la tropiezas en algún lugar de cuando en cuando.