Regalo de boda I

Siguiendo con la crónica de mi iterativa vida, falta de sobresaltos y aventuras, he de repetirme por enésima vez e involucrar a esos santos que me soportan habitualmente en estas latitudes. Lo que voy a contar hoy sucedió el lunes de Pascua, el pasado 28 de Marzo, primer día festivo de este año y primer día festivo en Holanda que cae entre semana desde Mayo del año pasado. Sí queridos, se os pone la lengua negra de criticar y quejaros, pero que sepáis que cuando una fiesta cae en sábado o en domingo en este país, nos jodemos y maldecimos en voz baja. Y como este es un estado laico, o lo que es lo mismo, una mierda pinchada en un palo, no tenemos casi ningún puto día festivo a lo largo del año. Me gustaría que a esos que se les infla el pecho alegando su ateismo se les obligara a trabajar cada vez que hay una fiesta religiosa, como me sucede a mí por estas tierras semisumergidas.

Después de pasarme la semana santa en el moro, llegué ardiendo en deseos de encontrarme con semejantes y mantener conversaciones superficiales y vulgares. El chino me informó que ese lunes teníamos reunión para celebrar que uno de los colegas se había casado en enero. Más que reunión, era nuestra vendetta. El desgraciado, después de padecerlo durante años no nos invitó a su puta boda en Indonesia, boda a la que por supuestísimo hubiera acudido, que todo el mundo sabe que yo me pierdo por un bodorrio en el tercer mundo. El individuo en cuestión es un colega sueco que se ha casado con una indonesia católica. Para un país en el que el noventa por ciento son musulmanes, el cabrón tuvo puntería. Los problemas vinieron más tarde, cuando después de ennoviarse se enteró que los católicos no follan antes del matrimonio. El me tanteó para verificar la verdad de ese dogma y le tuve que explicar con gran paciencia que yo soy católico de liga de Campeones, que nosotros los españoles nacemos tan bañados en catolicismo que podemos no seguir las reglas básicas sin ver nuestro asiento en el cielo en peligro. Su novia, sin embargo, es católica de un país de herejes, un lugar en el que hace cuatro días que llegamos a descubrirles la verdad y por tanto no está sujeta a nuestras excepciones y beneficios. Es por tanto normal que la aludida no folle. El pobre me miró tristemente y no dijo nada. Seis meses más tarde parecía el primo sueco de Popeye, con unos músculos en los brazos que ya los quisiera cualquier obrero de la construcción. Al principio sólo tenía músculos en un brazo, pero tras consultarlo con la autoridad competente, ensayó con éxito las maniobras usando la otra extremidad superior y fue capaz de igualar ambos músculos. La indonesia si se dio cuenta del aumento de envergadura muscular de su novio, no lo hizo evidente. Ella seguía a lo suyo, con sus rezos y demás.

Ahora que se han casado, teníamos curiosidad por verlos. Como nos afrentó no invitándonos a ninguno, decidimos que se imponía un regalo barato y en conjunto y a ser posible, algo que le jodiera bastante y que tuviera que ver todos los días de su vida. Después de una visita fugaz a las tiendas del poblacho en el que vivo, sugerí una Philips Senseo, la super cafetera que está presente en más de la mitad de los hogares holandeses. No hay mayor marca de clase y estilo que tener una de ellas. Y lo malo es que el puto cacharro es caro, que nos costó la broma setenta euros, a repartir entre tres, porque el turco se negó a regalar por principios y por finales, que el hombre es más drástico y ya ha hecho cruz y raya. Como las tiendas cerraban el domingo nos vimos forzados a comprarla el lunes, en Amsterdam, que era la única ciudad del país en la que abrían las tiendas por ser festivo. Quedamos en encontrarnos un rato antes y comprarla entre el indonesio (Los que me siguen de toda la vida se acordarán de aquel gran éxito que fue mi vida con un indonesio), el chino y yo. El indonesio apareció con su hermana, la indonesia, a la que yo no tenía el disgusto de conocer, pero que después de conocerla me ha dejado en la más injusta de las indiferencias, porque la pobre casi que no abrió la boca y no hay nada que contar. Me recordaba al hermano de un cafre con el que estudié en informática al que siempre llevábamos a todos lados para que nos guardara las mochilas y los bolsos y del que aún ignoro si sabía hablar.

Volviendo al tema, entramos en unos grandes almacenes a comprar el dichoso trasto y a la hora de pagar me ofrecí a hacerlo con un billete de cien euros que me había dado al cambiar a Euros el dinero en Omán. El empleado rechazó el billete. En este país los billetes de cien, doscientos y quinientos euros están malditos y no los aceptan en ningún lado. Me tocó bastante los huevos porque si estos no lo cogen, que son como una especie de Corte inglés pero con empleados rubios auténticos, nadie lo va a aceptar y me veo teniendo que ir al banco a ingresarlo en mi cuenta. Después de pagar con tarjeta nos fuimos al encuentro del sueco y su indonesia, encuentro al que llegamos con quince minutos de retraso, lo cual espero les indicara que estábamos muy descontentos con ellos.

Esta historia continúa en Regalo de boda II

2 opiniones en “Regalo de boda I”

  1. Ay ay ay!… si a ti te hubiese tocado como a mi, cuando estaba en la rondalla y la parranda, a tocar a veces hasta Viernes – Sabado – Domingo – Lunes – Martes (asi todo junto y sin respirar), verías como tu ateismo salia a relucir cual cuerpoespín saca sus puas para defenderse de intento de lavado de cerebro. Que acabe hasta los sacos de esperma de tanto Santo y tanta Virgen.

  2. Yo en las iglesias solo para hacer fotos, pero jamás negaré que soy católico, apostólico y puesto que vengo de España, cuasi-rumano.

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