Saltando a Ginebra

Para las escapadillas de fin de semana, el límite lo ponen las compañías aéreas de bajo costo que operan desde los Países Bajos. Por suerte, hay multitud destinos en Italia, país que me encanta y al que acudo con frecuencia y para el resto, salto de aquí para allá según las mareas. Suiza no ha sido nunca uno de los lugares que quería ver. No sé, no me llama la atención, de la misma manera que he ninguneado la ciudad de Viena desde tiempos inmemoriales porque me da la impresión que va a ser un pallufo del calibre de París, ciudad que me produjo un intenso repeluz. Por falta de destinos económicos, entre los lugares que visito este otoño incluí la ciudad de Ginebra, a la que se llega fácilmente con Easyjet y que tiene una conexión nocturna muy conveniente. Después de agenciarme el billete descubrí que los hoteles tienen unos precios de rescándalo y tras mucho indagar, encontré un hostal para mochileros que sin ser barato, tampoco era caro y lo más importante, tenía una habitación para mí solo y un baño compartido para que otros descubran las ventajas del JIÑOTE. El viernes, después de salir del trabajo me fui al cine que está junto al estadio ArenA y tras ver una peli continué mi ruta al aeropuerto. Llegué con tiempo y tras pasar el control de inSeguridad ese en el que hacen como que realmente saben lo que buscan, seguí para la zona del aeropuerto Schiphol destinada a las líneas aéreas de bajo costo. Por supuesto llevaba mi botella de agua vacía para rellenarla allí ya que gracias a las estúpidas normativas aéreas, hay una mafia que hace una pasta que no vea con el agua y en los Países Bajos, todo el agua que sale del grifo es hiper-mega potable. El avión salía en hora, sobre las nueve de la noche e incluso llegó diez minutos antes de tiempo, con lo que la tradicional carrera la hicimos sin agobios. El vuelo iba petado hasta la bandera y desde hace un tiempillo, no parecen haber controles del tamaño del equipaje de mano y la gente entra en los aviones con unos maletones de rescándalo que llenan los compartimientos superiores al momento. Acabaron interceptando a los últimos y obligándolos a facturar, razón por la que a mí me gusta estar en el comienzo de la cola, por más que mi asiento esté asignado.

El vuelo era de una hora y cuarto con lo que solo hubo tiempo para montar un zoco rápido y tratar de vender comida, productos libres de impuestos pero más caros que si los incluyeran y así como estábamos en el aire, descendíamos. El aeropuerto de Ginebra tiene una extraña configuración y hay como islotes en el medio de la pista por los que salen los pasajeros. Nuestro avión aparcó junto a uno de ellos pero nos obligaron a montarnos en guaguas y después nos tuvieron quince minutos esperando en una especie de atasco automovilístico hasta que por fin llegamos a la terminal. En la zona en la que están las cintas de recogida de equipaje, obtuve mi billete de transporte gratuito y fui en tren hasta el centro de Ginebra, el cual está a tres kilómetros y el viaje en tren es de unos cinco o seis minutos. Desde la estación, caminé hasta mi hostal, que está a unos ochocientos metros de distancia, no sin antes flipar con lo inseguras que se ven las calles por la noche en aquel lugar. Aquello parecía el corazón de truscoluña, igual por eso ellos siempre nombran a los suizos como ejemplo a seguir. Un negro como casi desquiciado o quizás reposeido por algún julay de Raticulín se acercaba a los grupos de gente que salían de la estación y les gritaba y como que les amenazaba. Por suerte uno es espabilado y lo sorteé sin más problemas. Llegué a la recepción del hotel/hostal, me dieron mi tarjeta de acceso al cuarto y una vez instalado, disfruté de los baños compartidos y me metí en el catre ya que entre pitos y flautas, ya era la medianoche. Comentar que también me dieron una tarjeta de transporte válida por los dos días que iba a pasar en la ciudad y que me permitía usar todo el transporte público sin pagar un leuro.

Podría contar el primer día en Ginebra por aquí pero todos sabemos que no lo haré, que estas cosas hay que estirarlas como el chicle.

El relato continúa en Callejeando por Ginebra

6 opiniones en “Saltando a Ginebra”

  1. Al parecer se lo dan a todos los que se quedan en hoteles, hostales y lugares que estén legalmente registrados para acoger turistas. Dudo que los del airvenevé lo tengan. Con lo que te cobran por un cafelito, que es el equivalente al salario mínimo en Zimbabwe, no me extraña que te den de gratis el billete de guagua.

  2. Ayer mismo estuve viendo que los vuelos a Ginebra estaban muy baratos, pero al ver los hoteles me quedé de piedra, carísimos y además creo que todo es supercaro también, así que me volveré a Italia, que siempre apetece.

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