Sapos y culebras

Yo debo ser una de las pocas personas que acude regularmente a la página de la Real Academia Española y consulta el diccionario de la lengua española que hay en la misma. Lo hago todos los días porque no hay uno en el que dude del significado de alguna palabra que el inglés y el holandés han arrinconado. Tras una década escuchando otros idiomas y teniendo el español como segunda o tercera lengua, hay cosas que ya no puedo decir y para las que en mi cabeza se forma un pensamiento claro y contundente solo que en otro idioma y cuando intento traducirlas, tropiezo con el muro del olvido tras el que se esconden esas palabras. Siempre que me sucede esto, acudo al diccionario y empiezo a saltar de término en término hasta que atrapo al que me elude, los rastreo como un avezado cazador que se mueve con soltura y sin dejar traza en el mundo virtual.

En la cacería de hoy me tropecé con la expresión sapos y culebras, la cual se define como “Cosas despreciables, revueltas, enmarañadas” y que no era lo que estaba buscando exactamente pero que me recordó otros asuntillos.

Aquellos que tengan una memoria más sofisticada que la de un pez y recuerden cosas durante más de tres minutos, algo para mí solo posible gracias a esta bitácora, recordarán que hace no mucho desbarraba mirando a la Izquierda, derecha, arriba, abajo. La semana pasada se produjo finalmente la auditoría en mi empresa. Yo hace un montón de tiempo que perdí la fe en los auditores y en su capacidad para proteger a la sociedad con su trabajo y lo hemos visto en repetidas ocasiones con las auditorías a bancos y similares y como no son capaces de ver agujeros escandalosamente grandes. La nuestra comenzó marcada por la sombra de la duda cuando alguien de mi empresa llamó a la compañía que la hace y les amenazó con dejar de usar sus servicios y cambiarnos a la competencia si enviaban al mismo tío que la última vez encontró un montón de mierda. Ya sabemos que el perro no debe morder la mano que le da de comer y la auditoría la hizo un equipo distinto, más tolerante y menos dado a hacer preguntas incómodas o a mirar en los lugares que no les hemos indicado previamente. A mí me dejaron totalmente de lado y un par de días antes de la fecha, el vicepresidente que me protege estaba convencido que yo sería parte del proceso y se quedó de piedra cuando le confirmé que no era así. Se emplearon todas las triquiñuelas de rigor y en el día de marras, la verdad seguramente brilló por su ausencia y algunos acabaron esa jornada con unas cuantas mentiras en su haber. A las cuatro de la tarde se informó a toda la empresa que superamos con honores la auditoría, lo cual demuestra que ni existe un Dios, ni los auditores hacen un trabajo competente.

Entre bambalinas sucedieron cosas muy interesantes. El vicepresidente que intentó de todas las formas y maneras posibles torpedearme recibió un mensaje claro: si la auditoría no tenía éxito, su cabeza sería la que caería. Me dicen que cuando salió de la reunión en la que se ligó su futuro a lo que podía pasar ese día estaba tan rojo que algunos temieron que fuera a sufrir un ataque al corazón. Unas horas más tarde envió instrucciones a todos los suyos para tapar agujeros, evadir la verdad, no enseñar aquello que no queremos que se vea y sobre todo, mantenerme lo más lejos posible del camino de los que venían a evaluarnos. Le tuvo que doler ver como todo su plan para endiñarme el mochuelo regresó como un bumerán y le golpeó en plena cara.

Como algunos no aprenden, dudo mucho que les haya servido de nada los días que pasaron entre sapos y culebras. Para mí, no es bueno dormirse en los laureles de la victoria y antes de que se me enfríe la sangre ya he comenzado una nueva guerra de la que quizás quede alguna constancia por aquí. Estos aprendices deberían tener siempre muy presente que yo no batallo para perder.

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